Este último mes ha sido bastante caótico. Otro viaje a Wuhan, visita de una espinita, mi cumpleannos, nuevo proyecto en el estudio, visita de mis padres, viaje a Japon y navidades. Podria hacer de cada una de ellas un mundo. Explayarme y enredarme con los detalles. Sin duda hay cosas que bien merecen ser contadas, pero no ahora. Sería de lo mas impersonal, al no tener, la cabeza donde la tengo que tener. La cabeza se quedó en Japón.
La vuelta ha sido dura. Prácticamente todo lo que hago y pienso, lo contrasto con como sería una vida ahí. Desde que entré en el avión con rumbo a Tokyo, el mundo cogió unos tintes más amables. Ya en el propio embarque una señora me cedió el paso. Yo no reaccioné. No tenía claro que pasaba. Una vez ya dentro del avión un señor que estaba terminando de meter su chaqueta en el compartimento superior, bloqueando el paso por unos instantes, se giro y me pidió perdon. Yo mire para atrás. No sabía que ocurría. No sabía a quien se lo decía. No entendía que había podido hacer mal. Luego comprendi que no era un reproche, sino una disculpa. Disculpa. Que palabra tan bonita. Todavia no se como se dice perdon en chino. Lo he preguntado en varias ocasiones. Se lo pregunté a Jacob a la semana de estar aquí y después de un año viviendo aquí no me lo supo decir. A los chinos que se lo he preguntado se han reido de mi. Para ellos es como si le preguntases como se dice escafandra. Tiene la misma utilidad.
En el asiento de al lado tenía sentada a una china-americana del estudio. Chica aparentemente simpática, con muchos prejuicios hacia la sociedad china. Muchos, si, pero no tantos como servidor. Pese a sus prejuicios, como buena china, se llevo para el viaje una bolsa llena de tuppers con comida, para paliar el hambre y atufar al vecino (en este caso, por desgracia, yo). Pese a todo, podia haber sido peor.
El grupo de viaje se dividia en dos. Por un lado los del estudio (unos 10 chinos, el jefe, la italiana, Jacob y yo) y por otro, unos 15 chinos que iban por libre. La razon de esto era por que en Japon no dejan entrar a chinos que no viajen en grupo y con guia, por miedo a que se queden. Todos los paises que rodean a China tienen unos extrictos controles de inmigracion para evitar la colonizacion silenciosa de la marea amarilla.
El grupo de viaje se dividia en dos. Por un lado los del estudio (unos 10 chinos, el jefe, la italiana, Jacob y yo) y por otro, unos 15 chinos que iban por libre. La razon de esto era por que en Japon no dejan entrar a chinos que no viajen en grupo y con guia, por miedo a que se queden. Todos los paises que rodean a China tienen unos extrictos controles de inmigracion para evitar la colonizacion silenciosa de la marea amarilla.
Aterrizamos en Narita, uno de los dos aeropuertos de Tokyo. De la puerta de embarque a la recogida de maletas me sonrió y me saludó mas gente que en los casi 3 meses que llevo en China. A Jacob, defensor aférrimo del estilo de vida que un espatriado puede llevar en China, casi se le saltaban las lágrimas. Yo estaba en trance. Todo era demasiado bonito. Una pareja de ancianitos terminaron de coger las maletas de la cinta trasportadora, y empezaron a despedirse del resto de su grupo de viaje. Después de reverenciarse hasta la saciedad entre ellos, siguieron haciendo lo mismo con nosotros, que estábamos al lado. Obviamente, me falto tiempo para devolver el saludo mediante golpes de cabeza. Todo me parecia de lo mas fascinante.
Hacía un día realmente gris. Gris plomo. Gris lluvia. Me gusta llegar a las ciudades en días así, casi tanto como irme de ellas lloviendo. Es como si la ciudad se estuviese preparando para darte su mejor cara, y luego llorase tu marcha.
Había algo extraño en el paisaje. Se veía como real. Demasiado real. Le había quitado esa pátina de mierda invisible que cubre todo Pekín. Incluso en el día gris, se percibía una luz distinta. Una luz no tamizada por el humo.
Tardamos una hora en llegar al hotel. La primera sensación que tuve al entrar en la capital, fue de agobio. La ciudad era un hervidero. No de coches, sino de vida. La autopista está metida con calzador, suspendida sobre el resto de la ciudad, y a escasos metros de los edificios. Todo está congestionado. Todo era distinto. Jacob y yo nos miramos, con una mirada entre el miedo y el asombro.El autobús por fin salió de la vía rápida y encontró su camino al hotel. Los chinos salieron en estampida.
Esperando a que nos dieran una habitación, la italiana se nos acopló. Le dijo a Jacob que contásemos con ella para los planes, y Jacob que es un poco blando y tiene una conciencia traicionera para estas cosas, cedió. Quedamos en llamarla para cenar y subimos a la habitación.
Era una habitación triste. No era solo porque fuera pequeña y apenas tuviera luz. Era una habitación triste en esencia. Sin embargo el baño aunque cutre y raquítico estaba provisto con uno de los grande adelantos de la tecnología nipona: el siempre mítico cagadero japonés. En cuerpo, es un cagadero convencional con un pequeño cuadro de mandos, pero en alma, es un claro ejemplo de la mentalidad japonesa. Lejos de contentarse con un aparato que se traga los deshechos, ¿porqué no terminar de hacer todo el trabajo sucio? Y ya puestos, ¿porqué no de la forma más calida y acogedora posible? En efecto. No solo está provisto de un chorrito con presión regulable, sino que el propio asiento es calefactable. Lo de cagar en caliente es todo una experiencia. Lo del chorrito ya es cuestión de gustos. Yo, pese a que soy reacio a cualquier tipo de contacto en el ojete, reconozco que el resultado es óptimo. A Jacob, obseso hasta límites enfermizos de los bidés, le terminaron de enamorar.
Una vez resueltas las necesidades escatológicas, nos dispusimos a salir. En un acto de buena fé, cometimos el error de llamar a la italiana, como habiamos acordado. Error que pagaríamos el resto de nuestra estancia. Ese día nos limitamos a dar una vuelta por las inmediaciones del hotel buscando un restaurante. Era miercoles, y nos sorprendió la cantidad de gente que recorría las calles. Pese al tamaño descomunal, Tokyo es una ciudad que invita a ser andada. La escala de la calle, y de la acera, eleva al peatón a lo más alto de la jerarquía urbana.
Sin duda lo que más me sorprendió de todo el viaje, y lo que más agradecí, es el respeto por el espacio de cada uno. Es espectacular estar en la primera fila de un semaforo y ver como con la luz verde, se te viene encima una riada de gente, que poco tienen que envidiar a las falanges romanas. La primera vez, instintivamente cerré los ojos, y tensioné los musculos, esperando el contacto. Cuando volví a abrir los ojos, japoneses pasaban raudos a mi lado sin apenas rozarme. Como un banco de peces ante un tiburón, fluian todos alrededor de todos sin un mínimo tropiezo. Me acordé de la escena de Dirty Dancing: "Este es mi espacio, este es el tuyo. Yo no entro en tu espacio, y tu no entras en el mío. Y ahora, bailemos el cha cha cha". Una filosofía a copiar.
Después de pasear calle arriba y calle abajo, nos decantamos por un restaurante bastante concurrido, basándonos en la regla fundamental de supervivencia en un pais extranjero: Ve siempre donde vayan los autóctonos. Hay que reconocer que en Asia eso te puede costar un disgusto. Por eso siempre hay que acompañar la primera regla con una segunda. Nunca preguntes que te estás comiendo. Desde que migre a China, que yo sepa he comido tortuga, anguila y burro. Hago especial hincapié en el "que yo sepa".
Esa noche no hicimos mucho más. Salimos del restaurante entorno a las 11 de la noche, y la ciudad seguía llena de movimiento. No veía claro que hubiera una hora punta. Aquello parecía un movimiento continuo e inagotable. Entramos en un edifico de recreativos. El sonido de monedas y bolas cayendo era ensordecedor. Respiré el mismo ambiente de vidas decadentes que ya había respirado en las Vegas. Pese a todo la estética era distinta. Todo lo era. Desde las operarios de las obras, hasta los que repartían panfletos de publicidad. Demasiado que asimilar.
Al día siguiente habíamos quedado a las 9 para salir a ver el parque Ueno con el jefe. Llegamos a menos cinco, y para mi sorpresa, no había ni un solo chino del estudio. Solo estábamos el sector internacional, y el jefe. A las 9:05 se canso de esperar y nos dispusimos a ver la ciudad. El jefe iba bastante a su bola, y parecía que era él el que tenía más intención de perdernos de vista. Nos separamos pronto.
La arquitectura en Japón sigue los mismos patrones que el resto de su cultura. Minimalismo, sencillez, pureza, respeto, calidad y gusto por el detalle. Cada arbol una elogio a la naturaleza. A la libertad y al pasado. Supongo que la palabra que prima es la de respeto. Respeto a las formas, al gusto y a la vida.
Nos pasamos el día recorriendo la ciudad. Andándola. Haciéndola nuestra. El tiempo nos acompañaba y todo cuanto veíamos acompañaba a nuestro ánimo. Me sorprendió una vez más la complejidad de la escala. Como una ciudad tan grande, podía trasmitir la sensación de pequeño pueblo. Niños de 6 y 8 años volvían del colegio solos, recorriendo la gran urbe. La ciudad más poblada de la tierra.
Después de todo el día fuera, volvimos al hotel a descansar. Era jueves y nos faltaba por conocer la otra mitad de la ciudad. Su faceta nocturna. Tras una siesta en condiciones bajamos al super que había dentro del propio hotel a abastecernos. Compramos hielo y mezcla. Todo dispuesto para unas copas previas en la habitación. La pedorra de la italiana, decidió no comprarse alcohol y gorronear del nuestro, pese a mi mirada reticente. Se me estaba cruzando por momentos.
Salimos por una zona que nos había recomendado un espat de Pekín. La ciudad seguía con su habitual trajín, pero los sitios de fiesta estaban bastante vacíos, en uno de ellos conocimos a un grupo de gente que estaba de paso. Nos unimos (o mejor dicho, se unieron a nosotros)formando un grupo bastante variopinto. Había una irlandesa, un francés, un americano, la italiana y cerrando filas, Jacob y yo. Nadie tenia claro donde ir, así que nos siguieron. Después de un par de fracasos, conseguimos encontrar una discoteca decente.
La discoteca estaba animada. Casi todo japos, salvo un grupo de británicos. Estos últimos, todos con camisa de rayas. Distintos colores, distintos tamaños, pero todos con la misma facha de tontos. Mirándose los unos a otros buscando en su parecido la seguridad que obviamente ninguno tenía. No pude evitar hacer un comentario sobre la pena que me daba la gente que carecía de gusto propio a Jacob. Se ofendió. Se ofendió mucho. Quizás porque entendió mis palabras como una crítica a hacia la gente que se encuentra más cómoda en grandes grupos, entre los cuales el se incluye, o quizás por que los consideró compañeros expatriados. No lo sé. La cuestión es que la mierda empezó a volar entre el y yo. Decidí dejarle con el grupito con el que estábamos, visto que él los valoraba más que yo.
Fui a por otra copa, y me subí al piso de arriba, que era una zona más tranquila. Al poco se me acerco un japonés, gordito y entrañable. Su inglés era paupérrimo, pero lo intentaba con todas sus ansias. Tras ser capaz de decirle que era español, y que no era un loco del fútbol me volví a bajar abajo. Me pedí otra copa y mientras oteaba lo que había de valor en la discoteca noté como alguien me abrazaba suavemente por detrás. Rápidamente, miré a mi tripa, donde las manos se acababan de entrelazar. Afortunadamente eran femeninas. Me intenté dar la vuelta para verle la cara a la criatura. No era fácil. Es como intentar mirarse la mochila sin quitársela. Con un escorzo, entreví a una japonesita con los ojos medio entornados y con una amplia sonrisa. Calculé que llevaba unas 2 o 3 copas de más. Su amiga me miro con cara de angustia e intento hacer que me soltara. La sonreí y le hice un gesto de que no se preocupase. Un poco más aliviada, me devolvió la sonrisa, y inclinó la cabeza a modo de reverencia. Me gustaban las formas. Me volví a girar, aún abrazado por su amiga, y al cabo de un rato sentí como apoyaba su cabeza contra mi espalda. Yo seguí bebiendo y mirando como los japoneses socializaban, mientras una de ellas dormía a mi vera. Si. Sin duda me podía acostumbrar a esto.
Al día siguiente, muy en contra de mis formas, no hablé de nada de lo ocurrido el día anterior con Jacob. Supuse que el lo prefería así. A lo largo del día la situación volvió a la normalidad, mientras seguíamos recorriendo otros barrios de Tokyo. Hoy se nos habían unido dos chinas del estudio, y habíamos perdido a la americana.
La ciudad y su gente me seguía sorprendiendo. En un momento dado, preguntamos por indicaciones sobre un edificio y la mujer se fue corriendo, solo para volver unos minutos mas tarde con un plano impreso en su casa. La gente dice que nunca sabe lo que puede estar pensado un japones detrás de tantas reverencias, y que es gente de la que desconfiar. No estoy de acuerdo, y aunque así lo fuera, benditos sean.
Las maniobras de evasión esa noche para escabullirnos de la italiana fueron dignas de película de espías. Jacob en un alarde de facultades, la lío para que se quedase con las chinas viendo un último edificio mientras nosotros nos íbamos al hotel a dormir la siesta. Más tarde me toco a mi disuadir a Jacob, para que no cogiese el teléfono ni abriera la puerta tras numerosos intentos. No nos quedó mas remedio que acabarnos la botella del día anterior en un silencio mortecino, ya que su habitación estaba contigua a la nuestra. En cuanto desistió de llamarnos más, y se bajo a cenar, nos apresuramos a ducharnos, cambiarnos y salir echando leches. Así empezó la noche del viernes.
(por continuar...)
Había algo extraño en el paisaje. Se veía como real. Demasiado real. Le había quitado esa pátina de mierda invisible que cubre todo Pekín. Incluso en el día gris, se percibía una luz distinta. Una luz no tamizada por el humo.
Tardamos una hora en llegar al hotel. La primera sensación que tuve al entrar en la capital, fue de agobio. La ciudad era un hervidero. No de coches, sino de vida. La autopista está metida con calzador, suspendida sobre el resto de la ciudad, y a escasos metros de los edificios. Todo está congestionado. Todo era distinto. Jacob y yo nos miramos, con una mirada entre el miedo y el asombro.El autobús por fin salió de la vía rápida y encontró su camino al hotel. Los chinos salieron en estampida.
Esperando a que nos dieran una habitación, la italiana se nos acopló. Le dijo a Jacob que contásemos con ella para los planes, y Jacob que es un poco blando y tiene una conciencia traicionera para estas cosas, cedió. Quedamos en llamarla para cenar y subimos a la habitación.
Era una habitación triste. No era solo porque fuera pequeña y apenas tuviera luz. Era una habitación triste en esencia. Sin embargo el baño aunque cutre y raquítico estaba provisto con uno de los grande adelantos de la tecnología nipona: el siempre mítico cagadero japonés. En cuerpo, es un cagadero convencional con un pequeño cuadro de mandos, pero en alma, es un claro ejemplo de la mentalidad japonesa. Lejos de contentarse con un aparato que se traga los deshechos, ¿porqué no terminar de hacer todo el trabajo sucio? Y ya puestos, ¿porqué no de la forma más calida y acogedora posible? En efecto. No solo está provisto de un chorrito con presión regulable, sino que el propio asiento es calefactable. Lo de cagar en caliente es todo una experiencia. Lo del chorrito ya es cuestión de gustos. Yo, pese a que soy reacio a cualquier tipo de contacto en el ojete, reconozco que el resultado es óptimo. A Jacob, obseso hasta límites enfermizos de los bidés, le terminaron de enamorar.
Una vez resueltas las necesidades escatológicas, nos dispusimos a salir. En un acto de buena fé, cometimos el error de llamar a la italiana, como habiamos acordado. Error que pagaríamos el resto de nuestra estancia. Ese día nos limitamos a dar una vuelta por las inmediaciones del hotel buscando un restaurante. Era miercoles, y nos sorprendió la cantidad de gente que recorría las calles. Pese al tamaño descomunal, Tokyo es una ciudad que invita a ser andada. La escala de la calle, y de la acera, eleva al peatón a lo más alto de la jerarquía urbana.
Sin duda lo que más me sorprendió de todo el viaje, y lo que más agradecí, es el respeto por el espacio de cada uno. Es espectacular estar en la primera fila de un semaforo y ver como con la luz verde, se te viene encima una riada de gente, que poco tienen que envidiar a las falanges romanas. La primera vez, instintivamente cerré los ojos, y tensioné los musculos, esperando el contacto. Cuando volví a abrir los ojos, japoneses pasaban raudos a mi lado sin apenas rozarme. Como un banco de peces ante un tiburón, fluian todos alrededor de todos sin un mínimo tropiezo. Me acordé de la escena de Dirty Dancing: "Este es mi espacio, este es el tuyo. Yo no entro en tu espacio, y tu no entras en el mío. Y ahora, bailemos el cha cha cha". Una filosofía a copiar.
Después de pasear calle arriba y calle abajo, nos decantamos por un restaurante bastante concurrido, basándonos en la regla fundamental de supervivencia en un pais extranjero: Ve siempre donde vayan los autóctonos. Hay que reconocer que en Asia eso te puede costar un disgusto. Por eso siempre hay que acompañar la primera regla con una segunda. Nunca preguntes que te estás comiendo. Desde que migre a China, que yo sepa he comido tortuga, anguila y burro. Hago especial hincapié en el "que yo sepa".
Esa noche no hicimos mucho más. Salimos del restaurante entorno a las 11 de la noche, y la ciudad seguía llena de movimiento. No veía claro que hubiera una hora punta. Aquello parecía un movimiento continuo e inagotable. Entramos en un edifico de recreativos. El sonido de monedas y bolas cayendo era ensordecedor. Respiré el mismo ambiente de vidas decadentes que ya había respirado en las Vegas. Pese a todo la estética era distinta. Todo lo era. Desde las operarios de las obras, hasta los que repartían panfletos de publicidad. Demasiado que asimilar.
Al día siguiente habíamos quedado a las 9 para salir a ver el parque Ueno con el jefe. Llegamos a menos cinco, y para mi sorpresa, no había ni un solo chino del estudio. Solo estábamos el sector internacional, y el jefe. A las 9:05 se canso de esperar y nos dispusimos a ver la ciudad. El jefe iba bastante a su bola, y parecía que era él el que tenía más intención de perdernos de vista. Nos separamos pronto.
La arquitectura en Japón sigue los mismos patrones que el resto de su cultura. Minimalismo, sencillez, pureza, respeto, calidad y gusto por el detalle. Cada arbol una elogio a la naturaleza. A la libertad y al pasado. Supongo que la palabra que prima es la de respeto. Respeto a las formas, al gusto y a la vida.
Nos pasamos el día recorriendo la ciudad. Andándola. Haciéndola nuestra. El tiempo nos acompañaba y todo cuanto veíamos acompañaba a nuestro ánimo. Me sorprendió una vez más la complejidad de la escala. Como una ciudad tan grande, podía trasmitir la sensación de pequeño pueblo. Niños de 6 y 8 años volvían del colegio solos, recorriendo la gran urbe. La ciudad más poblada de la tierra.
Después de todo el día fuera, volvimos al hotel a descansar. Era jueves y nos faltaba por conocer la otra mitad de la ciudad. Su faceta nocturna. Tras una siesta en condiciones bajamos al super que había dentro del propio hotel a abastecernos. Compramos hielo y mezcla. Todo dispuesto para unas copas previas en la habitación. La pedorra de la italiana, decidió no comprarse alcohol y gorronear del nuestro, pese a mi mirada reticente. Se me estaba cruzando por momentos.
Salimos por una zona que nos había recomendado un espat de Pekín. La ciudad seguía con su habitual trajín, pero los sitios de fiesta estaban bastante vacíos, en uno de ellos conocimos a un grupo de gente que estaba de paso. Nos unimos (o mejor dicho, se unieron a nosotros)formando un grupo bastante variopinto. Había una irlandesa, un francés, un americano, la italiana y cerrando filas, Jacob y yo. Nadie tenia claro donde ir, así que nos siguieron. Después de un par de fracasos, conseguimos encontrar una discoteca decente.
La discoteca estaba animada. Casi todo japos, salvo un grupo de británicos. Estos últimos, todos con camisa de rayas. Distintos colores, distintos tamaños, pero todos con la misma facha de tontos. Mirándose los unos a otros buscando en su parecido la seguridad que obviamente ninguno tenía. No pude evitar hacer un comentario sobre la pena que me daba la gente que carecía de gusto propio a Jacob. Se ofendió. Se ofendió mucho. Quizás porque entendió mis palabras como una crítica a hacia la gente que se encuentra más cómoda en grandes grupos, entre los cuales el se incluye, o quizás por que los consideró compañeros expatriados. No lo sé. La cuestión es que la mierda empezó a volar entre el y yo. Decidí dejarle con el grupito con el que estábamos, visto que él los valoraba más que yo.
Fui a por otra copa, y me subí al piso de arriba, que era una zona más tranquila. Al poco se me acerco un japonés, gordito y entrañable. Su inglés era paupérrimo, pero lo intentaba con todas sus ansias. Tras ser capaz de decirle que era español, y que no era un loco del fútbol me volví a bajar abajo. Me pedí otra copa y mientras oteaba lo que había de valor en la discoteca noté como alguien me abrazaba suavemente por detrás. Rápidamente, miré a mi tripa, donde las manos se acababan de entrelazar. Afortunadamente eran femeninas. Me intenté dar la vuelta para verle la cara a la criatura. No era fácil. Es como intentar mirarse la mochila sin quitársela. Con un escorzo, entreví a una japonesita con los ojos medio entornados y con una amplia sonrisa. Calculé que llevaba unas 2 o 3 copas de más. Su amiga me miro con cara de angustia e intento hacer que me soltara. La sonreí y le hice un gesto de que no se preocupase. Un poco más aliviada, me devolvió la sonrisa, y inclinó la cabeza a modo de reverencia. Me gustaban las formas. Me volví a girar, aún abrazado por su amiga, y al cabo de un rato sentí como apoyaba su cabeza contra mi espalda. Yo seguí bebiendo y mirando como los japoneses socializaban, mientras una de ellas dormía a mi vera. Si. Sin duda me podía acostumbrar a esto.
Al día siguiente, muy en contra de mis formas, no hablé de nada de lo ocurrido el día anterior con Jacob. Supuse que el lo prefería así. A lo largo del día la situación volvió a la normalidad, mientras seguíamos recorriendo otros barrios de Tokyo. Hoy se nos habían unido dos chinas del estudio, y habíamos perdido a la americana.
La ciudad y su gente me seguía sorprendiendo. En un momento dado, preguntamos por indicaciones sobre un edificio y la mujer se fue corriendo, solo para volver unos minutos mas tarde con un plano impreso en su casa. La gente dice que nunca sabe lo que puede estar pensado un japones detrás de tantas reverencias, y que es gente de la que desconfiar. No estoy de acuerdo, y aunque así lo fuera, benditos sean.
Las maniobras de evasión esa noche para escabullirnos de la italiana fueron dignas de película de espías. Jacob en un alarde de facultades, la lío para que se quedase con las chinas viendo un último edificio mientras nosotros nos íbamos al hotel a dormir la siesta. Más tarde me toco a mi disuadir a Jacob, para que no cogiese el teléfono ni abriera la puerta tras numerosos intentos. No nos quedó mas remedio que acabarnos la botella del día anterior en un silencio mortecino, ya que su habitación estaba contigua a la nuestra. En cuanto desistió de llamarnos más, y se bajo a cenar, nos apresuramos a ducharnos, cambiarnos y salir echando leches. Así empezó la noche del viernes.
(por continuar...)
Vengaaaaa no seas vago, acaba esto que se pone interesante, ahhh y deja la escritura y dedícate a escribir mas.
ResponderEliminarSA
Gracias por los animos. Descuida, que en cuanto tenga tiempo seguire escribiendo. Feliz anno...
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