miércoles, 25 de enero de 2012

Japón...(2/2)

Salimos del hotel a la carrera, sintiéndonos auténticos prófugos de la soporífera imposición italiana. La chica en el fondo no estaba tan mal, pero había algo en ella que me sacaba de quicio. No se si era su mirada o su risa. Es la típica persona que te desconcierta cuando la miras a los ojos. Es complicado llegar a saber que está mirando. Es como si todo el esfuerzo se centrase en que los dos ojos mirasen en una misma dirección. Las mentes que hay detrás de esos ojos son mentes peligrosas. Una vez oí que la única diferencia entre el tonto y el malvado, es que el malvado a veces se toma un descanso. En cuanto a la risa es el ejemplo de risa boba por antonomasia. Esas risas que te ponen sobre aviso de que la persona que tienes enfrente es capaz en cualquier momento de atragantarse con la servilleta o meterse un tenedor por la oreja.  


Pues eso. Dejamos atrás a la italiana y nos lanzamos a la noche japonesa como Dios lo tenía intencionado. Nos dirigimos hacia el metro. El recorrer las calles con una compañía femenina era muy distinto a hacerlo solo. No por que yo me cortase en presencia de nadie, sino por que ellas si que lo hacían. En un momento nos convertimos en parte del producto de la noche. Todo estaba abierto a la compra venta en ese gran mercado que es la noche.


Según Jacob yo tengo un problema con las japonesas. Alega que me gustan todas. Yo discrepo, y puntualizo. Me encantan casi todas. No se que es lo que tienen pero lo tienen. Se puede llamar clase. Hay gente que lo llama maneras. Yo las llamo mujeres. Si. Saben lo que son, y se gustan, y se encantan, y saben que a ti te gustan. Hacen que te gusten. Hacen que te encanten. La manera de mirar, que incita deseo, lujuria y timidez. Esto último es fundamental. Es lo que hace que no te sientas en un burdel. Es lo que hace que sientas que detrás de todas esas minifaldas y botas altas, hay pequeñas historias deseando ser desveladas. Sin duda es estresante. Tantas historias y una sola vida para liberarlas a todas. Me recuerda al anillo de poder. 


El camino al metro no dio opción a mucho. Muchas miradas. Muchos cuellos que se giraban a nuestro paso, entre miradas de reojo, pero nada más. Era viernes y teníamos una ciudad por explorar. Decidimos empezar la noche por el bar donde habíamos conocido al grupo de gente internacional el día anterior. Era un bar normal, con gente normal, y buen ambiente. Nada sofisticado. Lo que se define como buen "flow".


Milagrosamente fuimos capaces de llegar. El milagrosamente ya no es solo por la complejidad del sistema de metro de Tokyo, sino por que la noche anterior nos habíamos recorrido media ciudad en busca de un garito animado. Sea como sea, lo encontramos. Estaba más animado que el día anterior. Nos pedimos una primera ronda, y nos metimos en costuras. Había un par de japonesas muy monas sentadas en una mesa cerca de donde la gente bailaba. De hecho la gente bailaba entre las mesas. Lo dicho, buen flow.


Un japones de traje se nos acercaba. Se veía que necesitaba socializar. Buscaba contacto visual. Debía haber salido de trabajar hacía poco. Olía a cubículo y soledad. Sin duda no era lo que necesitaba esta noche. Haciendo una maniobra de dispersión, Jacob fue a pedir otra ronda mientras yo me escabullía en el grupo que teníamos al lado. Al hacerlo choque contra un tipo bajito con coleta y americana. Habría jurado que era yo el que le empujaba, pero el se dio la vuelta pidiéndome perdón. Aprovechó para presentarse. No se porqué pero recuerdo su nombre. John.

John era de Sao Paulo, y lo que era más importante, John conocía a medio bar. Me presentó a las japonesas y a otro par de amigos que andaban por ahí. Al fondo del bar, vi a un americano del día anterior que también corrió a saludar. Para cuando Jacob volvió con las copas, aquello era una verbena. Al poco tiempo John decidió que era momento de cambiar de bar, y nos invitó a ir con él. Por el rabillo del ojo vi al japonés de traje más hundido aún en su propia miseria. De verás lo sentía. Cualquier otro día me habría tomado una copa con el, y le habría intentado meter en la onda, pero no hoy.

Ya en la calle, listos para migrar a otro bar, John nos presento a un amigo japones. Daíta. Las japonesas venían con nosotros. El japonés se mostro un poco rehacia de primeras, y insistio en volver al bar a tomarse una última copa antes de migrar. Según lo decía me dió la sensación de que lo que quería era perdenos de vista. Las cuentas salían mejor sin nosotros. Dos japonesas, el y John encajaba a la perfeción sin tener que llevar a dos españoles con ansias de noche. Me equivoqué.

Nada más entrar de nuevo al bar, Daita me recomendo invitar a las japonesas a una copa. La imagen global cambio. Por un momento me plantee si Daita era el chulo de las dos japonesitas. Me negué a invitarlas, alegando que apenas había cruzado dos palabras con ellas. El dijo que justamente por eso. Invitándolas a copas, eso se podría remediar. Agradecí la recomendación, pero me negué. Según estaba pidiendo las copas para Jacbo y para mi, Daita se acercó, pidió dos más, y le dijo al camarero que le cobrase las cuatro. Eso me terminó de descolocar. ¿Que clase de chulo te invita a una copa despues de negarte a invitar a sus chicas? Le agradecí el gesto a Daita, y me acerque a Jacob y para decirle que Daita nos había invitado a esa ronda. El tambien se sorprendio. Mientras tanto vi como Daita les daba las dos copas a sendas japonesas. No entendía nada. La única explicación era que Daita era un tío simpático.

Apartir de ese punto todo paso muy deprisa. Recuerdo que invite a Daita a la siguiente ronda, y cuando me quise dar cuenta estábamos ya en la calle. Le pregunte por John, y me dijo que no le esperásemos, que John iba a intentar terminar la noche pronto llevándose a alguna de las japonesas a casa. Un tipo listo el tal John. No se en que momento habíamos decidido cambiar a las dos japonesas, por un par de colombianos. También había una coreana. Tras una breve presentación, nos separamos para coger dos taxis. Jacob con los colombianos, yo con Daita y la coreana. Según me metía en el taxi, miré a Jacb, dudando sobre si nos volveríamos a ver alguna vez más. Otra vez pequé de desconfianza.

La noche fue sencillamente grandiosa. Estuvimos en 4 discotecas distintas. En todas y cada una de ellas, Daita me invito a la entrada. Yo intentaba abastecerle a copas una vez dentro, pero tenía la sensación de que la balanza seguía ostensiblemente vencida a su favor. Las discotecas estaban llenas de mujeres guapísimas. Tanto japonesas como occidentales. El gusto por las formas hacía de la noche japonesa un prontuario de bellezas exóticas. Daita no hacía más que presentarme a amigas. Estaba saturado. La manera de mirar de Daita cada vez que me presentaba a una, me decía que el ya había estado con todas. Le pregunte sobre sus gustos. Sentía curiosidad por conocer las reglas del juego allí. También quería estar seguro de que tanto invitación y tanta copa gratis no fuera dar pie a ningún mal entendido. Entre risas, me dijo que las japonesas ya le aburrían. Que prefería coreanas, por la sencilla razón de que lo tenían más apretado. Me pregunté para mis adentros, con cuantas japonesas habría tenido que estar el muy cabrón para haberse cansado de ellas.

Los colombianos por su parte resultaron ser unos tipos de lo más curiosos. Uno de ellos se sorprendió cuando le dijimos que éramos arquitectos.

-¿Si? Yo siempre tuve la duda de si ser arquitecto  o dedicarme al porno. - dijo entre risas. Todos nos reímos- Finalmente me acabé decantando por el porno. Es un negocio donde nunca faltará demanda. Por muy mal que vaya el mundo siempre habrá gente que se la machaque.- Yo no podía parar de reír. Al cabo de un rato, Jacob me contó que no era broma. El jodido colombiano era productor de cine porno en Japón.

Tras varios tanteos con la coreana, vi que no habría pelea. El terreno estaba listo para hacer de ella el colofón de una noche para el recuerdo. Pero llegado el momento de elegir, me decanté por seguir de fiesta con Jacob y Daita. Había sido una gran noche. Recuerdo en el camino de vuelta mirar a las vías del metro sin temor, pensando que lo único malo que había en esa ciudad era lo que pudiese salir de mi cabeza. Nada que no saliese de mi podría hacerme daño.

Llegamos a las 7 al hotel, con unos 10.000 yenes menos. Pese a los numerosos gestos de Daita, lo noche nos había salido por mas de 100 euros por barba.

Sobra decir que al día siguiente no estábamos a las 9 desayunados en recepción. Nos despertamos entorno a la 1, y a las 2 ya estábamos recorriendo las calles de Ginza. Era sábado y las calles de la zona estaban cortadas al tráfico. Algo parecido a la quinta avenida sin coches. Era impresionante la escala que adquiría la ciudad cuando ibas caminando por mitad de la calle. La ciudad era mía. A esas alturas yo ya estaba en pleno ataque de ansiedad. Quería volver, y todavía no me había ido.

Serian ya las 4 y decidimos acercarnos a la bahía andando. A eso de las 6, ya con el atardecer, conseguimos llegar a la bahía. En contraposición con el resto de la ciudad, el paseo marítimo estaba desierto. Recuerdo decir para mis adentros: Nota mental, cuando me mude a Tokyo, si necesito tranquilidad solo tengo que acercarme al paseo marítimo un sábado por la tarde...  Ingenuo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario