Eran las 9:30 de la mañana, y yo me preguntaba si sabría encontrar mi paradero en un mapa mundi. Estaba preso en una la sala de conferencias del club social de un complejo de investigación de paneles fotovoltaicos, entre Changzhou y Nanjing. A mi izquierda, sentado en el lado largo de la gran mesa de conferencias, mi jefe. A mi derecha la nada. Enfrente, el director, el jefe de arquitectos, y el encargado del proyecto de la constructora local. A todos los efectos: tres jodidos chinos. Presidiendo la mesa, el dueño del club social, director y presidente del complejo de investigación de desarrollo fotovaltaico. Un tipo bastante feo, pero imponente.
En la habitación también había dos chinos del servicio técnico intentando arreglar el proyector. Todo un clásico de las reuniones en China. Todavía no he estado en una reunión en la que hayamos conectado el ordenador y la cosa haya ido fluida. Cuando se consigue ver la imagen, sale teñida o partida. Es un ritual. Ellos empiezan a traer cables y mas cables. Reinician ordenador y proyector diecisiete veces. Nada.
El yo de antes habría hecho algo por enterarme o ayudar. Ahora solo me limitaba a ver las caras del jefe. Tiene que ser realmente desesperante, ser dueño de un emporio multimillonario que acaba de empezar a cotizar en bolsa, y que en tu centro social, específicamente diseñado para días tan contados como ese, no funcione el puto proyector. Pero eso es China, y el lo sabía. Sabía que es ley de vida. Ley de vida china. Por eso no estaba gritando, ni pidiendo explicaciones. Callado, serio y aburrido, todo lo que podía hacer era resignarse. Era casi orgásmico.
Normalmente estas cosas me entusiasman y me habrían dado ánimo para el resto del día, pero como ya he dicho, eran las 9:30 de la mañana, en un punto perdido de China. Además del sueño, había otro factor importante. Hacía frío. Mucho. El club social lo habían abierto expresamente para esa reunión, y obviamente a nadie se le ocurrió poner la calefacción un ratito antes. Para terminar de rematar la función, tenía la rejilla de la calefacción diametralmente enfrente, escupiéndome aire frío a la cara.
De ahí mi estado de letargo, de ahí que todo me la picase un poco. De ahí que todavía tuviese la bufanda puesta con dos vueltas alrededor del cuello, hasta la nariz. El estado de torpor invernal, me afecta cual mosca. Es algo que me pasa a menudo.
A mi derecha la pantalla seguía luciendo el logotipo del proyector. Ni rastro de la presentación. Quince minutos antes, al menos se podía ver la presentación embebida en un amarillo mostaza. El amarillo le daba un toque de lo más apocalíptico a los fotomontajes de mi proyecto. Solo faltaba Robert Duvall diciendo: Me gusta el olor a napalm por la mañana. Si, pero eso había sido hacía 15 minutos, y eso era China. En 15 minutos había dado tiempo a que llegase otro chino del servicio técnico con otro cable. Otro cable traído con la promesa de quitar el napalm del cielo. El resultado: un fondo negro con el nombre del proyector en rojo. Meiyo napalm, meiyo proyecto. (nota para la gente de bien; Meiyo: trancripción al español de la particula de negación china).
Mentiría si dijera que sé como se arregló el problema. Mi estado no lo permitía. Solo sé que empezó la presentación. Una mirada inquisitiva de mi jefe hizo que me intentase incorporar en la silla. Quiero pensar que lo logré.
Todo a punto, mi jefe empezó a hablar sobre mi proyecto, el primero de las cuatro propuestas que habíamos traído. La segunda era la de Vomitito, la tercera la del indio y la cuarta la había hecho mi jefe, a raíz de lo que le había dicho el director de la constructora local, la noche anterior. Mi cabeza voló a aquel encuentro.
Era medianoche, y mi jefe y yo estábamos repasando la presentación en su habitación del hotel, cuando llego el director de la constructora local. Mi jefe me lo presentó. Cuando abrió la boca para saludar, pude percibir un olor que hasta el momento desconocía. Ahora sé que era Baijo, licor chino. Matarratas con etiqueta.
Entre los tres repasamos la presentación. Bueno, yo me limitaba a ver como pasaban diapositivas. El chino de la constructora interrumpía a mi jefe, en lo que a mis ojos parecía un gran delirio alcohólico. Cogiendo las dos tarjetas del hotel que había en la mesa se enzarzo en una pelea personal por hacerse entender. “Nos” explico lo que el gran magnate le había dicho que quería. Una idea que nada tenía que ver con ninguna de nuestras propuestas. Pese a mi falta de chino pude ver como mi jefe contestaba con evasivas, y hacía por dar por terminada la reunión. Así fue. Cinco minutos más tarde los dos escoltamos al chino de la constructora hasta la puerta de la habitación. Yo me despedí, todo lo educado que pude, y mi jefe hizo lo mismo. Lo que ocurrió después fue lo tengo grabado a cámara lenta en mi cabeza.
Nada más cerrarse la puerta mi jefe se volvió a mi, y acto seguido se volvió a girar hacia la puerta con un gesto violento, haciendo un corte de mangas de lo mas grotesco al chino que acababa de abandonar la habitación. Por un momento me quedé helado, pero al rato no pude evitar empezar a reír. Luego a modo de escusa me dijo que el muy “capullo” le llamaba cada noche, borracho perdido, para hacerle saber lo muy agradecido que estaba de compartir este proyecto con nosotros.
Volvimos a la mesa donde todavía estaban las tarjetas del hotel a modo de edificios, y me explico lo que quería el capullo le había dicho que quería el cliente. Me dijo que haría rápidamente una propuesta de lo que querían, para demostrar que era mucho peor que cualquiera de las nuestra. Le ofrecí mi ayuda, y me dijo que no. Que la haría mal adrede para enfatizar los errores que esta tenía de base. Me dijo que teníamos que intentar disuadir al cliente para que cogiese mi propuesta. Contento y aliviado me despedí y me dirigí a mi cuarto. En cuanto se cerró la puerta a mi espalda, imaginé a mi jefe haciendo lo mismo que unos minutos antes había hecho con el de la constructora. Pese a todo sonreí.
Si, mi jefe me caía bien. Salí del estado de trance y le vi a mi lado, hablando ya sobre el proyecto de Vomitito. Algo me decía que iba a ser el proyecto que iban a elegir. El mío era demasiado complejo. Demasiado ambicioso. Demasiado caro. Empecé a pensar en lo insoportable que podría ser la convivencia con el si eligiesen su proyecto sobre el de cualquiera de los otros. Me resigne, de la misma forma que el gran jefazo se había tenido que resignar con el proyector.
La presentación avanzaba, pero el frío no cesaba. Notaba como poco a poco me iba anquilosando en el gran sillón. Mi cuello desparecía alrededor de la bufanda y el torpor se adueñaba de mi. Los tres chinos de la constructora no habían parado de fumar desde la primera diapostiva, y la masa de humo se iba solidificando en contraste con la luz mortecina que envolvía la gran sala.
En un estado ya de congelación máxima, con el aire gélido soplándome en la cara, de repente lo vi. Entre el humo en suspensión, un dragón sobrevolaba la habitación. Mis ojos se quedaron clavados en él, mientras este se revolvía en su parsimonia. Al cabo de un largo rato entre el miedo y el asombro, conseguí mirar de reojo a los presentes. En efecto. Ninguno lo veía. Yo me rehundí más en el sillón, intentando pasar desapercibido.
Con cada calada de los cigarrillos el humo hacía que el dragón ganase consistencia y peso. Con cada calada, se aproximaba más. Absorto mi jefe se dirigió a mi. Yo me incorporé e incliné la cabeza hacía el sin dejar de mirar a esa serpiente con cabeza de león.
- El proyecto que hice ayer para disuadirles les ha encantado- mascullo- El de la torre -el del indio- no les ha gustado. Y de los otros dos prefieren el tuyo. Voy a intentar disuadirles para que lo escojan sobre el que hice ayer, aunque va a ser complicado. Dicen que es demasiado complejo, y no entienden el concepto de edificio "eco-friendly".
-Aja...- asentí, mientras bajaba la cabeza para evitar que el dragón me tocase.
Miré a mi jefe una vez más, para cerciorarme si el no era consciente de que un dragón sobrevolaba nuestras cabezas. Nada. Ni siquiera me sorprendió como un tío que cotizaba en bolsa gracias a los paneles fotovoltaicos no supiera lo que es un edificio verde. A fin de cuentas, era China. Yo tenía la mente en otras cosas. No lo podía entender. ¿Como no lo podían ver? El humo era ya un solido que volaba en círculos sobre todos nosotros, alimentándose con cada calada que ellos despreciaban. A no ser...
Entonces lo entendí. El humo salia de ellos, no de los cigarrillos. El humo eran ellos, y el dragón era ese espíritu que todos tenían dentro. El dragón era China. No lo veían porque todos pertenecían a él, del mismo modo que el les pertenecía a ellos. Una gota de sudor frío resbalo por mi nuca. Solo faltaba un cabo por atar: ¿Que hacía ahí el dragón? Por mucho que me resistía a contestarme, hacía tiempo que todo encajaba en mi cabeza. El dragón estaba ahí para hacerme uno de ellos. Uno de los suyos.
Con terror vi como el humo cambiaba su recorrido. En vez de trazar círculos, empezó a trazar ochos. Cada vez mas rápido. Se estaba perfilando. Me terminé de hundir en la silla, sabiendo que cualquier grito sería despreciado por todos los presentes. Ellos ya lo tenían dentro, y ahora me tocaba a mi. Sin más aviso, el dragón descendió como una flecha hacia mi. Aprovecho mi exhalación de terror para entrar, todo lo largo que era, por mi boca. Los músculos se agarrotaron mientras un fogonazo dorado salía de mis ojos.
En ese preciso momento, mi jefe se volvió a mi y con una media sonrisa de complicidad me dijo en un perfecto chino:
-Vamos a coger la opción cuatro. ¿Alguna objeción?
-Ninguna – conteste devolviendo la sonrisa mientras que de mis ojos rasgados aún salían hilos de oro...
Fantástico! Me ha encantado.CmenCtg
ResponderEliminarGracias...
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