miércoles, 24 de octubre de 2012

Entrevistas en Japón...



Septiembre se acercaba, y mi salida de China era inminente.  Había vuelto de las vacaciones de verano con ansias de cambio. No más escupitajos en el suelo, ni gruñidos de taxistas. No. Pensaba cumplir el año y migrar.

A la vuelta de las vacaciones, había pasado por Singapur con la intención de hacer un par de entrevistas. Todo fue sobre la marcha, improvisado y decepcionante. Quizás falló el margen de tiempo (escribir con tres días de antelación exigiendo audiencia, no es una estrategia muy recomendable). Quizás fue el que no hubiese actualizado el curriculum desde que salí de la carrera, o quizás, simplemente no di la talla. Sea como fuese, me pasé dos días recorriéndome Singapur, sin conseguir una sola entrevista.

Admito que la ciudad me dejó un poco más frío que la primera vez que había estado. Si. Sigue siendo una ciudad que ralla en la utopía, pero le falta carácter  Todo funciona, todo está limpio y todo es... Demasiado snob. Descafeinado. Un tío asocial y borracho, con aspiraciones de poeta no encaja en una ciudad así.

De modo que una vez en Pekín, y rehecho mi portfolio, centré toda mi atención a ese viejo conocido, que tanto me había entusiasmado. Apreté los dientes y me dispuse a enviar. En dos semanas mandé más de cien curriculums a  Japón. Sabía que era complicado. En la mayoría de sitios no contratan a extranjeros, y en los que lo hacen, suelen pedir que hables japonés. Además con la espantada general de arquitectos por el mundo debido a las diversas crisis, estamos en superávit.

Me contestaron unos 15, diciéndome que gracias por el interés mostrado, pero que sin ser fluente en japonés, bien podía peinarme. Algunos incluso me dijeron que si aprendía japones, que les volviese a contactar. Pues gracias.

Afortunadamente, tres me contestaron diciendo que estaban interesados. El primero consistía en 2 semanas de prácticas no pagadas, en base a las cuales, optabas a un puesto en el estudio. Hicieron especial hincapié en que las prácticas no garantizaban un puesto al final de las mismas.

Los otros dos se tomaron en serio la parte de mi mail donde decía que me iba a mudar a Japón a final de mes, y me contestaron, interesados en una entrevista. A la semana siguiente estaba volando rumbo a Japón.

Hay algo mágico en volar de China a Japón. Percibes la hostilidad y la envidia. Percibes como la gente se va volviendo más educada y ves como los chinos se van retrayendo, conscientes de que el suelo que pisan ya no es la madre patria. Se vuelven más callados. Menos grotescos. Disfruto viendo como se encogen.

Llegué al aeropuerto de Haneda pasado el medio día, y mi primera entrevista era a las 4 de la tarde. Quería pasar por el hotel primero, y  para no andar apurado de tiempo decidí coger el taxi. En Japón el transporte es prohibitivo, por lo que aunque me dolió pagar los 56 euros de taxi, por un trayecto de 20 minutos, no me terminó de sorprender.

Tras surtirme de mapas me lancé a la calle en busca de una entrevista. Salvando las dificultades del metro de Tokyo llegué a la entrevista , media hora antes. Aproveché para dar un paseo por el barrio. Era un barrio residencial de casas bajas, con comercios a pie de calle. Parecía agradable, y algo venido a menos. Pero se respiraba autenticidad a borbotones.

El jefe del estudio era un japones de unos cincuenta años. Me pareció un tipo simpático y correcto. La entrevista fue bien. Estuvimos hablando de mi trabajo en China, ya que para mi desgracia, la mitad de los proyectos del estudio eran allá. Mostró gran interés por mis proyectos, y tras media hora de charla, me dijo abiertamente que estaba interesado en contratarme, y que esperaba tener noticias mías la semana siguiente. Antes de despedirse me sugirió que hablase con un arquitecto americano y otro de Singapur, para ver como funcionaban las cosas en el estudio.

No voy mentir. Desde el minuto tres de la conversación me cayó francamente mal el americano.  Parecía esforzarse en pintármelo todo negro. Me dijo que pese a trabajar al lado de un buen amigo suyo, el ritmo en la oficina le impedía verle más de una vez cada dos meses. Me contó numerosas batallitas de días en los que apenas podía comer de la cantidad de trabajo que tenía. Cuanto más hablaba mas jilipollas me parecía.

Mi ceja izquierda se paso toda la conversación levantada como muestra de escepticismo  Me habría gustado poder levantar la derecha para darle descanso a la izquierda, pero tristemente solo lo sé hacer con una. El seguía narrándome batallas de las injusticias del mundo japonés para con los arquitectos. Era increíble lo variedad tan surtida de infortunios que se sabía. Yo con educación y sin el conocimiento suficiente para cuestionarle, escuchaba en silencio.

Su forma de hablar era nerviosa y destartalada, y sus ojos, saltones iban al ritmo de sus palabras, mirándolo todo de una manera frenética. De vez en cuanto echaba las pupilas para atrás, como si el ojo no quisiera seguir en aquella cara, solo para volver a mirar adelante, al tiempo que se arrancaba con alguna frase fuera de lugar.
  
 El tiempo seguía pasando y las historias seguían llegando. Ya cuando intentó convencerme de lo fácil que era la vida en China comparada a lo que me iba a encontrar en Japón, le acabé de hacer la cruz. Le interrumpí. Eso le puso aún más nervioso. Aproveché el espasmo que esto le produjo para empezar a contarle yo mis vivencias en China. El hecho de que no hablase hacía que moviese los ojos aún más. Con cada historia que le contaba, se sentía cada vez más contrariado. Sus ojos entraron en un estado de epilepsia, y decidí que era mejor no seguir. Si explotaban, salpicaría.

Debería haberme quedado con las pocas frases que conseguí enlazar con el singapurense, antes de que ojos locos nos interrumpiara con alguna historia con final fatidico. Debería, pero por más que lo intenté no pude. Salí de la entrevista ya de noche. Chispeaba, y el barrio que antes me habia parecido una zona agradable y autentica ahora tenia un cariz siniestro. Maldije a ojos locos por sembrar dudas donde antes había ilusión.  Aquella noche cai rendido nada más llegar al hotel.

Me desperté al día siguiente aún con sueño. La otra entrevista la tenía a las 3 de la tarde, cerca de la estación de Shibuya, a unos 15 minutos  andando desde mi hotel. Paseé por el barrio hasta que se hizo la hora. 

La segunda entrevista, fue mucho más informal. El estudio era un cuarto de no más de 30 metros cuadrados, regentado por un arquitecto alemán. Cuando le dije que el día anterior había hecho otra entrevista pareció molesto. Me dijo que estaban esperando la aprobación de dos proyectos grandes, y de ser así, necesitaría contratar a alguien. Su mirada inquisidora me sacó de quicio. Me miraba como si no creyera nada de cuanto le decía, y tuviese que urgar en el interior de mi retina para sacar la verdad. 

Me sentí aliviado al salir de ese cuartucho, pero al instante se cernió sobre mi el vacío. Ya había hecho las entrevistas, y estaba en mi mano el venir a trabajar a Tokyo. Me quedé parado en mitad de la acera.  Mil voces susurraban en mi cabeza. Sorprendentemente la más audible de todas era la del miedo.

“Esperabas otra cosa, ¿verdad? ¿Esperabas la voz de la alegría? ¿Tal vez la de la superación? Pues no. Claro que están ahí, pero ahora mismo soy yo la que ocupa tus pensamientos. Esto es solo el principio, y tu lo sabes. Dentro de poco te enfrentarás a lo que más temes. La insatisfacción. Has conseguido lo que tanto querías. Que insensato eras si pensabas que no me ibas a encontrar aquí, esperándote. Ahora es cuando más tienes que perder. Si tus expectativas son más fuertes que tus ilusiones, llegará el vacío...

El hilo de voz se perdió, y me encontré de nuevo, quieto, en la acera. La gente pasaba a mi lado en ambas direcciones. Miré al cielo y su azul me iluminó. Había nubes de viento, de esas que se alargan y se difuminan en los días de calor. Suspiré.

sábado, 6 de octubre de 2012

Viaje a Changchun...

Llegamos al hotel pasada ya la media noche. Mi jefe estaba pidiendo las habitaciones, mientras el coordinador del proyecto analizaba el hall de entrada. Decía que la estructura era muy poco típica para una recepción de hotel. Parecía buscar algún tipo de reafirmación por mi parte. No se la di. Estaba demasiado cansado. Asqueado del vuelo, el taxi y el viaje. No terminaba de entender como había vuelto a esa situación. Perdido en la China profunda, haciendo de arquitecto florero ante unos clientes que no hablaban ni una palabra de inglés.

Mi jefe volvió y tras unas palabras en chino con el coordinador, me dijo que ellos compartirían habitación y que yo tendría la mía propia. Me hice el sorprendido ante la mirada escéptica del coordinador del proyecto. Aún seguía esperando aque yo que dijera algo de la jodida recepción.

De los tres socios de mi estudio, el que había venido a ese viaje es sin duda el mas chino. Es todo lo chino que puede ser alguien de una condición social alta, y que ha estudiado y trabajado en USA. El inglés y algunas maneras se han refinado, pero si rascas, sale todo lo demás. Es tan chino como el que más. No le trago. Uno de esos arquitectos que cree que en el momento que eres arquitecto solo se puede hablar sobre, por y para la arquitectura. Sentí algo de lástima por el coordinador. El también estudio en estados unidos, pero es todo lo contrario a mi jefe. Es la personificación de chino americanizado. Mira a China con la pena y la vergüenza del que ha visto lo que hay mas allá de la gran muralla. Es el primero que esta en contra de como se hacen las cosas en China, pero no le queda otro remedio que aceptarlo. Quizás sea esa resignación lo que le mueve a defender China ante mis criticas. Realmente es un pobrecillo. Esta a caballo entre dos mundos. Inadaptado aquí, inadaptado allá. Su única salida es el trabajo, el cual también le acaba quemando. No es mal tipo. Me da lástima a veces, hasta que le sale su vena de cumplimiento del deber a toda costa, y se convierte en un capullo. Yo le llamo Graimito. A sus 40 y pico abriles, es el estereotipo de trabajador de cubículo amargado. Algún día vendrá a la oficina con 2 kilos de c4 y reducirá el edifico a polvo. Todos al carajo.

La habitación del hotel no estaba mal. Me metí en la cama y dormí como un bebe. Al día siguiente me avisaron para bajar a desayunar cuando estaba en la ducha. Salí rápidamente, y apenas sin secarme me enfunde en una camisa blanca purísima, unos vaqueros y unos zapatos negros. Para eso me habían traído al fin y al cabo. Baje a desayunar.

Intente terminar de tomarme mi yogur, pero los sorbidos de mi jefe comiendo tallarines pudieron más. Graimito consciente de ello, me miraba con una sonrisa malévola, que venia a decía algo así como: "Yo le he tenido que soportar toda la noche".

Nos vinieron a recoger y nos llevaron al solar. Nuestro parte del proyecto era la fase 3 y 4 de un complejo residencial que ya se había empezado a construir. Era enorme. Había restos de antiguas fabricas de la época soviética. Tenia su encanto. Una pena. Sabia que cualquier intento de conservar o intentar integrar nuestro proyecto con aquello iba a ser en vano, y en el hipotético caso de que lo consiguiera, lograrían de alguna forma de quitarle toda la gracia al asunto. Son expertos en eso.

En el solar también había dos hileras de abedules magníficos. Mientras mi jefe hablaba con el encargado de la promotora yo hacia bocetos mentales, intentando situar los arboles en el plan que se había aprobado. No soy ecologista, pero quería salvarlos. Aquellos arboles tenían mas humanidad que los chinos que iban a habitar esas casas.

Recorrimos las fases 1 y 2. Habían tenido el detalle de conservar la estructura de la fabrica central, y reconvertirla en punto de ventas del resto del complejo. Era mejor de lo que cabía esperar. Me sorprendió para bien. Los edificios residenciales sin embargo era una aberración. Haciendo un guiño a la vieja fabrica de ladrillo, habian pintado las monstruosas torres residenciales de granate, con las terrazas en rojo. Yo miraba de reojo a los abedules de nuestro solar con misericordia y resignación.

A la salida del complejo, mientras esperábamos a que mi jefe terminase de hacer fotos, Graimito se acercó a una pared de cemento donde habían pintado unas lineas negras en retícula, con el fin de que aquello de lejos pareciera ladrillo."Fake is the only thing its real. Everything else its fake" dijo mientras dejaba escapar un suspiro. Aquella frase me marco. El se refería al complejo residencial, pero para mi iba mucho más allá. En 11 meses que llevaba en China, intentando explicar lo que allí pasaba, nada había estado tan cerca de la realidad como aquella breve frase. Eso era China. Lo falso es lo único real; todo lo demás es falso.

De ahí fuimos a ver otros proyectos que la promotora había desarrollado en esa misma ciudad, para ver tipologías y calidades. Aquello no podía ser mas absurdo. La primera parada fue a otro complejo en desarrollo. La única diferencia con el nuestro es que este era aún más grande. La maqueta que mostraba la planimetría general daba miedo. Debía de tener unos 7x7 metros. La escala era ínfima. Aquello estaba lleno de torres en miniaturas. Todas parpadeaban con sus bombillas dentro. Era una colmena. No se cuantos chinos podían caber ahí dentro, pero muchos más que almas tiene este mundo. Me sentí pequeño. Enano. Insignificante. Era imposible que dentro de cada una de esas casas hubiera personas de verdad, con sentimientos de verdad. Era imposible que se proyectaran ciudades de nueva planta de ese tamaño en mitad de ningún sitio. No hay trabajo para tantos, ni comida para todos.

Una vez mas volví a ver esa China no humana, imparable y hambrienta de recursos. Esa China parasitaria, que no respeta nada. Esa bestia insaciable que avanza hacia la extinción, consumiendo todo cuanto sale a su paso y dejando tras de si un reguero de muerte.

 En un primer momento sentí pena por su falta de sensibilidad y cultura, pero no duro. No hay nada de humano en sentir lastima por ellos. Da igual que sea desconocimiento o insensibilidad lo que los mueva, son el verdugo del mundo, y yo otro esbirro mas, que les ayuda a sembrar mediocridad.

Me sentí a morir. Me acerque a Graimito que también miraba con horror la maqueta: ¿Acaso se espera un crecimiento tal? ¿Realmente hay demanda como para hacer esto? Encogió los hombros y me dijo con toda sinceridad: "No lo sé". Habría preferido una mentira.


El siguiente complejo que visitamos, estaba basado en poblado canadiense de Whistler. Quizás "basado" no sea la palabra. Lo que quiero decir es que habían copiado la fachada de los 4 edificios mas característicos de Whistler, los habían rodeado con un lago artificial, y en un radio de 4 kilómetros a la redonda, habían sembrado apareados con aspecto de "cabaña canadiense". Allá donde mirases solo veías falsas fachadas de madera.

 Entramos en una de las grandes casas que hacia cerca del lago. Si mal no recuerdo tendría unos 650 m2 y costaba entorno a los 4 millones de dolares. La decoración interior era de quitar el sueño. No le faltaba de nada. La cabeza de alce encima de la chimenea, las perdices disecadas en la mesa, los sillones orejones... Todo el set de lo que un chino rico pensaba que era la vida en occidente, estaba ahí. Mi jefe iba escupiendo fotos a todos los detalles de los acabados. Parecía un niño en una juguetería. Graimito y yo le mirábamos con escepticismo. Podía ver en Graimito el rencor y la pena, que en el despertaban la nueva clase adinerada china. Mi jefe seguía haciendo fotos con una amplia sonrisa de gilipollas.

 A la salida de este último complejo, mientras nos dirigíamos a las oficinas de la promotora para la reunión, vi a un campesino sentado en su carreta. Estaba al lado de la rotonda que unía el complejo con la carretera general. Escéptico, miraba las torres que ya se empezaban a erguir por encima de las plantaciones. Lejos del dinero, lejos de las aspiraciones de crecimiento, y lejos de cualquier pretensión el y su burro dejaban escapar las horas en un bonita tarde de agosto.

Mis pensamientos aún estaba en la carreta cuando el conductor soltó un chillido, y freno en seco. Acostumbrado a la forma de conducir en China, levanté la mirada buscando un taxista atravesado, o algo parecido, pero lo que había esta vez era una señora con un jersey rosa pálido, tumbada en un paso de cebra en la otra dirección. Al lado había un todoterreno blanco de ultimo modelo, del que se estaban bajando sus dos ocupantes. El conductor de nuestro coche también hizo ademán de bajarse, pero nuestro jefe le pidió que siguiéramos. Mientras nos alejabamos vi como el pie de la señora se movía con espasmos, igual que los conejos tras recibir una ráfaga de perdigones. Otro número más para la lista de atropellos en China.

La reunión entera me la pasé mirando por la ventana. El campesino y la frase de Graimito se repetían una y otra vez en mi cabeza. ¿Que demonios hago yo en China?