Babas limpias, y pensamientos sucios. Este mundo es así. Contrastes que duelen a los sensibles, mientras cientos de flashes iluminan la mórbida escena. La política hoy no funciona, porque todos nos hemos vuelto tan corruptos como ellos. Podridos. Mentes corruptas bajo sonrisas que se envenenan al morderse la lengua.
El tren se retrasa porque hay trozos de un japonés en las vías. A ninguno de los presentes parece importarle el difunto. Solo se preocupan por como ello va a condicionar sus vidas. Como les hará llegar tarde, allá donde les esperen. A lo sumo al que le ha salpicado, se preocupará de como quitarse las manchas de la chaqueta. Que faena.
Se fue. Me dejo. Puede que la echara, pero eso poco importa. La cuestión es que se fue, y me dejo a vueltas con una soledad nueva. Una que no conozco. La de antes era amiga. Esta es extraña y todavía huele a ella.
Se fue. Y el armario esta lleno de un vacío que ocupa la casa entera. Hay calcetines sin pares en la cesta de la ropa sucia, y una pila de libros nada apetecibles. Hay pelos aquí y allá. Pelos que antes pertenecieron a una cabeza. Champús y acondicionadores de frutas en la ducha.
Me estoy planteando si alguna vez esta fue mi casa, porque ahora desde luego no lo es. Lo mío ya no es mío. Es un reducto de lo que antes era nuestro. La cocina esta llena de muesli y porquerías. ¿Que hago yo con 5 pares de huevos? Tortillas. Muchas tortillas...
Pero no. Lo peor no es eso. Lo peor quizás sea el aire. El aire viciado que empieza a oler solo a mi. Tengo su armario cerrado para intentar conservar ese olor, pero sin duda el polvo lo acabará consumiendo.
El hueco que hay en mi lado de la cama también es un incordio. He empezado a dormir en el suyo. Y el tiempo. El tiempo se ha multiplicado. Esta ahí. Impertérrito, mirándome con cara de guasa. Desafiándome a usarlo, a sabiendas de que no puedo. Como un loco ofreciéndote un revolver para que le vuele la tapa de los sesos mientras se burla de tu impotencia.
-Hoy no me apetece usarte, pero ven mañana si te atreves. Mañana te usare- le digo con desprecio mientras intento encontrar la postura en el nuevo lado de la cama. Y el se ríe. Se ríe de mi. Se ríe porque sabe que el estará ahí mañana. Y yo también.
Relatos de un expatriado en Pekín...
miércoles, 28 de agosto de 2013
martes, 26 de marzo de 2013
Entrevistas en Japón (segunda parte)
Con mis pensamientos
perdidos entre las propias calles por las que caminaba, me dí cuenta de que no
era momento de pensar en mañanas. Era el momento de hacer mio todo aquello. Dos días no eran suficiente para hacer todo lo que querría, pero sin duda eran
mejor que nada. Tenía que aprovecharlos. Estrujarlos y sacar de ellos toda la
ilusión perdida. Tenía que volver a soñar con Japón.
Andando por Shibuya, te
sientes antiguo. Sus gentes, y su maneras te hacen sentir como un animal
primitivo que acaba de aprender a andar. Tus ropas quedan obsoletas y
probablemente tu manera de pensar también. Aquello es el corazón de una ciudad.
Late y circula más rápido de lo que ninguno entiende. Es increíble pararse a
pensar que aquello es solo la unión de individuos, que son ajenos al resultado
final. Juntos crean algo mucho mayor que todos, y aún así, no es de ninguno.
Eso es la sociedad. Eso es Shibuya. Un sito de todos, y lugar de ninguno.
Recorrí sus calles de
camino al hotel, y me metí en la cama. Hacía calor y tenía que reponer fuerzas
si quería darle una opción a la noche.
Por mucho que me guste más el día, Tokyo es más Tokyo de noche. Aunque
parezca que sus ritmo lo marcan el plástico y el plasma, todavía se puede
disfrutar a ritmo de Jazz.
Me desperté gracias a la
alarma. Diez. La ciudad ya era neón. Suspiré, pero antes de que el miedo
pudiese encontrarme, me metí en la ducha. Cogí carrerilla, y en escasos 15
minutos ya estaba recorriendo las calles en una calurosa noche en Tokyo.
Decidí ir a Roppongi, y
saltarme los primeros escarceos por Shibuya. Como era de suponer, a mi llegada,
Roppongi aún estaba muerto, y tras vagar por media docena de garitos, encontré
uno con billar.
No conozco a mucha gente
que se hubiese quedado en aquel bar. Aquello estaba desierto salvo por el barman,
pero yo no necesitaba más. Me sentí agusto lejos de toda la insinuación de la
calle. Estuve jugando con
aquel personaje, cuyo aspecto era de lo más sibilino. Pelo largo y grasiento, cara chupada
y blanca. Recorría la mesa completamente encorvado, y con cada bola que metía
dejaba escapar un risita hueca, que hacía que se le entornasen los ojos.
Me iba ganando dos a uno
cuando llego otro cliente. Me habría gustado poder darle la vuelta a la
partida, pero no hubo opción. El barman le cedió el taco al recién llegado y se
metió detrás de la barra. Mientras
jugaba, el sitio se empezó a llenar de
una gente de lo más extraña. Ellos iban vestidos, de ejecutivos mafiosos, y
ellas apenas iban vestidas. Aquel ambiente de cabaret chocaba con la decoración
del local, pero de alguna manera todo respondía a una extraña combinación de estéticas tan dispares como cuidadas. El único que sobraba en aquella ecuación
era yo. Aproveché a que un tipo negro con bombín y traje a rallas se acercaba
interesado por el resultado, para cederle el sitio.
Me decidí a ir a una de las
discotecas a las que me había llevado Daita, la primera vez que salí por Tokyo,
pero el ambiente me pareció mucho más flojo aquella noche. ¿Donde estaban las despampanantes modelos rusas, y las japonesas con glamour? Quizás no estaba tan
embriagado de ilusión y de ginebra como la ultima vez. Por si acaso la culpa era de la
segunda me encalomé a la barra. Todo puede pasar cuando uno se abraza a las
bienaventuranzas de una barra. Lo que pasó aquella noche fue que acabé bebiendo tequila con dos rusos hasta que
el sentido común entró en escena. Una retirada a tiempo siempre vale mucho. ¿Pero a quién quiero engañar? Mi problema suele ser que me retiro demasiado pronto. Si. La paciencia no ha sido nunca mi fuerte. Ni siquiera se si me despedí. Si lo hice no
lo recuerdo.
Con el calor de la noche y del alcohol, decidí andar hasta el
hotel. Mientras paseaba en busca
de mi hotel, absorto en los típicos pensamientos de borracho, un hilo musical
me sacó de mi burbuja . Me guié por el oído hasta encontrar una puerta en un
callejón. Aquello no podía ser más lúgubre Mi corazón se despertó de la cogorza, ansioso de ver las delicias del agujero que acaba de encontrar. Con la poca luz que entraba por la puerta conseguí abrirme paso entre
cajas y bidones. Por encima de todo aquello, una música funky lo envolvía todo
con un toque de glamour. Me pareció fántastico. Mi corazón palpitaba al ritmo
de la música y yo apenas podía esperar a encontrarme con alguien para compartir mi
admiración por aquella discoteca tan peculiar. Me sentía descubridor del garito
más estrambótico de toda la noche tokiota. Pero como es bien sabido, las cosas
buenas no duran. De la nada apareció un tipo con aspecto de matón, y con un
perfecto japonés me dijo que mi
presencia no era grata. Es increíble lo bien que puedes llegar a entender idiomas completamente ajenos, gracias al lenguaje corporal, el sentido común, el alcohol y la imaginación . Aún hoy tengo dudas de si realmente aquello no me lo dijo en castellano. En fin, sea como sea, todas mis cabalas mentales sobre lo que ocurría allí dentro y porque me
habrían echado, llegaron a su fin, nada más salir y torcer la esquina. Al hacerlo, me di de
bruces con lo que sin duda era la entrada principal del club, que al fin y al
cabo, no era tan siniestro. Supongo que todas
las discotecas tienen un encanto especial si entras por la salida de
emergencia.
Dado el chasco no pude por
menos que entrar y ver como era la
discoteca de verdad. Al fin y al cabo la música era buena. Para mi admiración,
la planta de arriba, no era muy distinta al cuartucho de fregonas donde hacía
unos momentos había estado, salvo por el hecho de que estaba atestado con gente
guapa sentada al rededor de mesas bajas. Los cuartos se sucedían.
La planta sótano sin
embargo tenía otra estética. Pese a que las salas seguían siendo muy pequeños
la decoración era completamente distinta. Había una luz verde criptonita, con
un suelo blanco. Recuerdo un DJ en la pista central, y gente con sombreros de lo mas estrafalarios
bailando.
Para aquel entonces, yo había alcanzado ese fantástico estado en el que
dejas de ser consciente de nada de lo que te rodea, y toda tu capacidad visual
solo se centra en ubicar puntos de apoyo para no acabar en el suelo. Ese momento
en el que tienes que irte mientras tu dignidad te lo permita. Como dirían en ingles: with the remainings.
Desperté al día siguiente a
eso de las dos y media. Las vueltas que pude dar por el distrito de Shibuya
hasta dar con mi hotel, las desconozco. Lo único que recordaba después de la
luz verde criptonita era trastabillarme ya en la entrada del hotel e intentar
disimularlo haciendo un saludo digno de la corte de Luis XVI a la
recepcionista.
Hice un ademán para
incorporarme y todas las copas del la noche anterior me golpearon como un
martillo. Eso, unido a los 30 grados que hacia en la calle, fue suficiente
excusa para tardar mas de una hora en arrastrarme a la ducha. Sentado en la placa de la ducha dejé que
el agua hiciera su magia y se llevara consigo el cansancio, vergüenzas y demás molestias.
Todo es más llevadero con un chorro de agua en la nuca. Aquella fue, de lejos, la ducha
más larga que me he dado en mi vida.
Completamente repuesto me
dirigí a Ginza. Sus calles me gustaron casi tanto como la primera vez que las había recorrido. Viendo que los jardines del palacio imperial no quedaban
lejos, me dispuse a acercarme.
Paseaba por la calle del
Hotel Imperial cuando vi a una muchachita andando hacía mi. La razón por lo que
me llamó la atención no fue por su belleza, ni su físico. Ni siquiera fue por
su forma de vestir. Me fije porque iba haciendo unas eses que la llevaban de acera a acera. El
chico que la acompañaba, ya harto de intentar ayudarla, retomo el paso, y la
dejó ligeramente atrás. Aquel gesto no le sentó nada bien, y afinando las eses,
intentó recuperar distancias para pegarle un golpe en la espalda, pero aquello
requería mucha mas coordinación de la que ella tenía en esos momentos, y golpeo el aire.
Esto la hizo perder el equilibrio, justo cuando yo pasaba a su lado, cayendo
literalmente en mis brazos. Con el
revuelo, el chico se dio la vuelta y rápidamente me la quito de los brazos con múltiples reverencias y perdones. Yo me reí, quitándole importancia al asunto y
me aleje pensando en como aquella chica podía ir etílica a las 4:30 de la
tarde. La respuesta la encontré una vez más a los pocos metros, en el parque
Hibiya.
Unos carteles enormes anunciaban
en la entrada del parque: Hibiya Octoberfest. Admito que no faltaba de nada.
Había cerveza, perritos calientes, rubias pechugonas con vestidos
tradicionales, alemanes gordos soplando la tuba (también ataviados con unos ridículos vestidos tiroleses) y
japoneses dando palmas sin ningún sentido del ritmo. El ambiente era cuanto
menos dantesco, pero no pude resistirme a tomarme una cerveza viendo el espectáculo Los japoneses me miraban y sonreían a modo de “¿a que esto es
típico?”, mientras que los alemanes me miraban y sonreían a modo de” estos
japoneses no han visto una feria en su vida”. De una forma u otra era un espectáculo digno de ver.
El resto de la tarde estuve
andando por los jardines del palacio imperial y por el centro financiero de
Tokyo, buscando una papelera para tirar el vaso de cerveza de la feria Estuve
más de dos horas con el dichoso vaso. Consejo para caminantes en Japón: sino te puedes comer o beber la
totalidad de lo que te den (eso también incluye el vaso), tómatelo en el sitio y devuelve el envoltorio al
cretino del dependiente.
Volví al hotel entorno a
las 6 de la tarde, y me desplomé en la cama. Estaba cansado pero me costó
dormir. Sabía que el sueño esperaba a la hora de salir para hacerme suyo. Pese
a todo lo conseguí engañar y fui capaz de dormir una hora escasa. Tras la ducha
de rigor salí para rencontrarme por segundo día consecutivo, con la noche tokyota.
Me acerqué paseando por el
primer bar al que fui, la primera vez que estuve en Tokyo. Había sido 9 meses
antes, en compañía de Jacob. Fue fácil de localizar, estaba bajo un paso de
trenes. Se podía ver casi todo el
interior desde la calle atraves de los grandes ventanales que tenía. La música era
la típica bazofia Pop que marcan las modas. Había zona de mesas bajas, zona con
mesas altas, zona de taburetes, y entre medias, la gente bailaba. Era un bar
normal y corriente. De lo más común. De esos bares que por su propia sencillez
son difíciles de encontrar. Era un bar
donde el buen ambiente fluía. No había nada que lo hiciera especial.
Simplemente, funcionaba.
Llegue en lo que debía de
ser la hora punta de un sábado Aquello estaba hasta arriba, pero pese a todo
conseguí hacerme con una copa. Recorrí el bar como buenamente pude, y por el
bien de la copa y el mío propio decidí terminármela fuera. Al salir me fijé en
una chiquita rubia que estaba fuera, hablando con un grupo de gente
internacional. Tenía pinta de alemana, y me pareció una opción fantástica para
empezar a perder la vergüenza. Si se tarda demasiado en elegir a quien pedir
indicaciones, las expectativas crecen, y acaban jugando en tu contra. Es de
todos conocido que estás cosas hay que hacerlas a mata-caballo.
Trás una brevísima
introducción, le pregunte si conocía algún sitio animado donde ir después. Me
dijo que ella y sus amigos iban a ir a un club cerca. Había poco que rascar en
el grupo con el que iba. Tres franceses con pinta de ingenieros informáticos ,
y un japonés que parecía que se acababa de acoplar al grupo. Mientras discutían
sobre que club estaba mejor a esas horas, yo me aparte discretamente,
consciente de que no tenía ni voz ni voto. Me apoyé en la barandilla que
separaba la acera de la calle a esperar el veredicto y a disfrutar del momento.
La noche era agradable y el
aire me embriagaba. Puede que también fuese la copa. La miré en busca de
respuestas, de la manera que solo los borrachos miran las cosas. Consciente de la imagen tan
desalentadora que estaba dando, mire alrededor a ver si alguien se había percatado
de aquello. Por suerte o por desgracia encontré unos ojos dignos de comic
mirándome.
A mi lado, apoyadas en la
barandilla había una muchachita japonesa, de grandes ojos, ataviada con un
gorro de lana. También llevaba una especie de minifalda-tutú negro, una
camiseta que pretendía dar el aspecto de roída, unas botas de cuero 3 tallas
mas grandes, y unos guantes rotos. Su aspecto era fantástico. Era una mezcla de
barbie se vuelve rockera en Japón.
-Hola- dijo ella en un tono infantil y desenfadado.
-Te tienes que estar asando
debajo de ese gorro- dije yo sin pensar que aquello no era la
mejor forma de cortejo.
-Si, bueno... Aqui es muy
popular llevar gorro incluso en verano,
y muchas veces la moda no es lo más cómodo... –Su inglés era bastante
potable, y en su voz había una mezcla de timidez formal y seguridad, que me
desconcertaba.
-Ya veo. Sea como sea te
queda muy bien.- dije intentando no soltar mas impertinencias de las mías. No
debí de sonar muy convincente, porque se empezó a reir. Le expliqué que había
venido a hacer entrevistas, y que muy probablemente volviese a Tokyo en un mes
con intención de quedarme. Me observaba en silencio, muy pensativa, y espero a
que terminase de hablar para decirme:
-¿Quieres ser mi amigo? –ante
mi cara de perplejidad, se apresuró a añadir- Puedo ser tu amiga japonesa- como
si eso lo explicase todo.
-Eh... Si... Claro! Suena
bien- dije con la más absoluta sorpresa, levantando las manos mientras dejaba
escapar una ligera risa.
-Si, conozco a mucha gente
internacional y te puedo presentar a gente que hablé inglés para que tengas más
amigos.
-De veras? Vaya... Eso
sería genial- aquello me estaba pareciendo surrealista por todas partes.
Realmente era así de fácil hacer amistades en Japón? Donde estaba el hermetismo
nipón de miradas al suelo y cabeza gacha?
Seguimos hablando y me
presentó a dos amigas, también japonesas, pero que a diferencia de ella, no
hablaban inglés. Una autentica lastima, porque una de ellas me parecía
realmente sugerente. No. Sugerente no es la palabra, pero a día de hoy todavía
no se como definirla Como diría una amiga, tenia un halo. Algo que te inspiraba pureza y que te hacia querer ser mejor persona.
Mientras tanto,
el grupo de franceses se habían ido ya. De aquel grupo solo quedaba el chico
japonés que seguía esperando a otros amigos. Me dio la sensación de que el grupo anterior
le había dado esquinazo, y que su otro
grupo de amigos no iban a aparecer. Le pregunte que que plan tenía, y me
volvió a decir que estaba esperando a unos amigos. Sin duda no era el mas listo
de su clase, pero parecía buen tipo, y yo estaba necesitado de apoyo logístico.
Le invite a que se viniera con nosotros, y le falto tiempo para decir que si.
Me presenté, y el hizo lo propio. Su nombre, Takuto, se pronunciaba de tal
manera que la “u” apenas se percibía, por lo que se me quedó grabado al
momento. Le pregunte si se apellidaba Rectal, pero obviamente no entendio la gracia.
Tras presentarlo
a mis nuevas amigas japonesas, nos pusimos en movimiento. Takuto, Yuki ,sus dos
amigas y yo. Yuki nos llevo a una discoteca de rap y rN´b. Recuerdo que el
ambiente me pareció de broma. Aquello estaba lleno de japos, vestidos como si
fueran Eminem. Andaban, se movían, y bailaban como si fueran del guetto mas
turbio de Detroit. Yo también tuve una época en la que me dio por escuchar rap,
pero elloshabian hecho de eso una forma de vida. Me dieron ganas de gritar que el rap
había muerto hacía una década (sino antes), pero me contuve. Bien pensado,
tampoco me habrían entendido.
La noche fue
divertida. Yuki era graciosa y respondía bien al quite, pero a mi me había
hecho gracia su amiga. Pese a todo le seguí el juego, o ella me lo siguió a mi.
Aún hoy por hoy sigo sin tener claro quien buscaba a quien. Me jugue con ella
una copa a que adivinaba su edad, sabiendo que era una apuesta perdida. Sabía que iba a fallar, pero nunca
pensé que por tanto. Le calculé 23. Tenía 32. La invité a un par de copas,
mientras ella me llamaba borracho en un castellano bastante decente. Había tenido
un exnovio peruano, y sabía chapurrear algo de castellano. Lo cierto es que me
lo estaba pasé muy bien.
En un momento
dado, ella siguió bebiendo, mientras yo intentaba hablar con la amiga que me
gustaba. Se llamaba Natsuko, y era un imposible en mayúsculas. Aparte de no
entender una palabra de inglés, detrás de su sonrisa educada, había un
autentico telón de acero. Tenía aura.
Una bondad natural, que te hacía sentir que personas como yo arderíamos en el
infierno mil veces, antes de que por aquella cabeza pasase un mal pensamiento.
Para cuando me quise dar cuenta, ya estaba completamente prendido de Natsuko, y
Yuki iba como las maracas de Machín. Demasiado borracha la una, demasiado
sobria de alma la otra.
Quizás sea lo
mejor, pensé. Era mi ultima noche en Tokyo, o podía ser la primera. Preferí
hacer las cosas bien y asentar unas buenas raíces. Yuki dijo que se iba, y con
ella, Natsuko, y la otra pobre desgraciada de la que nunca me acordaré de su
nombre. Lo cierto es que yo también estaba cansado. Le dije a Taku que iba a acompañar a las chicas a por un taxi e irme al hotel. El
me dijo que también estaba cansado del sitio y que no le apetecía quedarse más.
Así pues, salimos todos, igual que entramos. Juntos. Me parecía de lo más
curioso que el punto de unión de aquel grupo fuera yo.
Una vez fuera la
sin nombre se despidió, entre reverencias y besos y se marcho en un taxi. Apenas
había cruzado una sola palabra con ella. No era fea, pero lo cierto es que
tanto Yuki como Natsuko tenían mucha mas gracia.
Yuki insistió en
irse sola a su casa. Yo me ofrecí a acompañarla,
pero me dijo que no. Miré a Natsuko y a Taku buscando algo de apoyo, pero los dos se mostraron más que conformes con el hecho de
que se fuese sola.
Nada más irse
Yuki, Natsuko, con las maneras de una geisha, también hizo lo propio y tras una
despedida escueta y elegante, despareció en la noche tokyota. Yo miré a Taku de
reojo. A aquella escena solo le faltaban los grillos. El ambiente se había quedado de lo mas mermado, y las posibilidades de
triunfo, se habían muerto. Me contó
que el tenía que esperar hasta las 5 para el primer tren en dirección a su
casa. Eran las 3. Pese a que no me apeteciera nada, le dije que nos acercásemos a comprar unas cervezas a
algún seven eleven, para hacer algo de tiempo antes de que yo me fuera para el
hotel. El me dijo que le parecía bien, pero para cuando llegamos a
la tienda ninguno de los dos tenia ningunas gana de seguir bebiendo. Pese a todo
me sabía mal dejarlo tirado.
Me había caído
bien. Mirando de cara a mi posible traslado a Tokyo, era un contacto a
mantener. Le dije que aunque mi cuarto fuera minúsculo, tenía un sillón, donde
podía pasar lo que quedaba de noche. Por lo que tardo en decir que si, creo que
le habría servido el suelo.
Y así fue como
pasé la última noche de mi segunda visita a Japón. Durmiendo en la habitación de mi hotel, con un japonés que había conocido 5 horas antes en un
bar.
Antes de quedarme
dormido hice un breve repaso al viaje y a la noche. Había llegado con nada más
que dos entrevistas en el horizonte, y me iba con una oferta de
trabajo apalabrada y tres nuevos contactos.
Una semana más tarde me enteré de que Yuki estaba casada. El bueno de Taku, se convertiría, en mi mejor amigo en Tokyo. Y Natsuko... Natsuko es otra historia.
Una semana más tarde me enteré de que Yuki estaba casada. El bueno de Taku, se convertiría, en mi mejor amigo en Tokyo. Y Natsuko... Natsuko es otra historia.
lunes, 14 de enero de 2013
Hijos de Mao...
En aquella ciudad todo estaba
imbuido por la podredumbre y la suciedad. Daban ganas de sacar la fregona y
limpiar las calles. La ciudad y sus gentes. Si. Sobre todo a sus gentes...
Había flores y primaveras,
pero nadie las miraba. A nadie le importaban. Nadie las miraba, y ellas se
morían en su agonía. Y es que las cosas bonitas tienen que ser observadas para
sobrevivir. Si nadie las disfruta, desaparecen.
miércoles, 24 de octubre de 2012
Entrevistas en Japón...
Septiembre se acercaba, y
mi salida de China era inminente. Había vuelto de las vacaciones de verano con ansias de cambio. No más escupitajos en
el suelo, ni gruñidos de taxistas. No. Pensaba cumplir el año y migrar.
A la vuelta de las
vacaciones, había pasado por Singapur con la
intención de hacer un par de entrevistas. Todo fue sobre la marcha, improvisado y decepcionante.
Quizás falló el margen de tiempo (escribir con tres días de antelación
exigiendo audiencia, no es una estrategia muy recomendable). Quizás fue el que
no hubiese actualizado el curriculum desde que salí de la carrera, o quizás,
simplemente no di la talla. Sea como fuese, me pasé dos días recorriéndome Singapur, sin conseguir una sola entrevista.
Admito que la ciudad me dejó
un poco más frío que la primera vez que había estado. Si. Sigue siendo una ciudad
que ralla en la utopía, pero le falta carácter Todo funciona,
todo está limpio y todo es... Demasiado snob.
Descafeinado. Un tío asocial y borracho, con aspiraciones de poeta no encaja en
una ciudad así.
De modo que una vez en
Pekín, y rehecho mi portfolio, centré toda mi atención a ese viejo conocido,
que tanto me había entusiasmado. Apreté los dientes y me dispuse a enviar. En
dos semanas mandé más de cien curriculums a Japón. Sabía que era complicado. En la mayoría
de sitios no contratan a extranjeros, y en los que lo hacen, suelen pedir que
hables japonés. Además con la espantada general de arquitectos por el mundo
debido a las diversas crisis, estamos en superávit.
Me contestaron unos 15, diciéndome que gracias por el interés mostrado, pero que sin ser fluente en
japonés, bien podía peinarme. Algunos incluso me dijeron que si aprendía japones,
que les volviese a contactar. Pues gracias.
Afortunadamente, tres me contestaron diciendo
que estaban interesados. El primero consistía en 2 semanas de prácticas no
pagadas, en base a las cuales, optabas a un puesto en el estudio. Hicieron especial hincapié en
que las prácticas no garantizaban un puesto al final de las
mismas.
Los otros dos se tomaron en
serio la parte de mi mail donde decía que me iba a mudar a Japón a final de
mes, y me contestaron, interesados en una entrevista. A la
semana siguiente estaba volando rumbo a Japón.
Hay algo mágico en volar de
China a Japón. Percibes la hostilidad y la envidia. Percibes como la gente se
va volviendo más educada y ves como los chinos se van retrayendo, conscientes
de que el suelo que pisan ya no es la madre patria. Se vuelven más callados.
Menos grotescos. Disfruto viendo como se encogen.
Llegué al aeropuerto de
Haneda pasado el medio día, y mi primera entrevista era a las 4 de la tarde.
Quería pasar por el hotel primero, y para no andar apurado de tiempo decidí coger
el taxi. En Japón el transporte es prohibitivo, por lo que aunque me dolió pagar
los 56 euros de taxi, por un trayecto de 20 minutos, no me terminó de
sorprender.
Tras surtirme de mapas me
lancé a la calle en busca de una entrevista. Salvando las dificultades del
metro de Tokyo llegué a la entrevista , media hora antes. Aproveché para dar un
paseo por el barrio. Era un barrio residencial de casas bajas, con comercios
a pie de calle. Parecía agradable, y algo venido a menos. Pero se respiraba
autenticidad a borbotones.
El jefe del estudio era un
japones de unos cincuenta años. Me pareció un tipo simpático y correcto. La
entrevista fue bien. Estuvimos hablando de mi trabajo en China, ya que para mi desgracia, la mitad
de los proyectos del estudio eran allá. Mostró gran interés
por mis proyectos, y tras media hora de charla, me dijo abiertamente que estaba interesado en contratarme, y que esperaba tener noticias mías la semana siguiente. Antes de
despedirse me sugirió que hablase con
un arquitecto americano y otro de Singapur, para ver como funcionaban las cosas
en el estudio.
No voy mentir. Desde el
minuto tres de la conversación me cayó francamente mal el americano. Parecía esforzarse en pintármelo todo negro.
Me dijo que pese a trabajar al lado de un buen amigo suyo, el ritmo en la
oficina le impedía verle más de una vez cada dos meses. Me contó numerosas
batallitas de días en los que apenas podía comer de la cantidad de trabajo que
tenía. Cuanto más hablaba mas jilipollas me parecía.
Mi ceja izquierda se paso
toda la conversación levantada como muestra de escepticismo Me habría gustado
poder levantar la derecha para darle descanso a la izquierda, pero tristemente
solo lo sé hacer con una. El seguía narrándome batallas de las injusticias del
mundo japonés para con los arquitectos. Era increíble lo variedad tan surtida
de infortunios que se sabía. Yo con educación y sin el conocimiento suficiente
para cuestionarle, escuchaba en silencio.
Su forma de hablar era
nerviosa y destartalada, y sus ojos, saltones iban al ritmo de sus palabras,
mirándolo todo de una manera frenética. De vez en cuanto echaba las
pupilas para atrás, como si el ojo no quisiera seguir en aquella cara, solo para
volver a mirar adelante, al tiempo que se arrancaba con alguna frase fuera de lugar.
El tiempo seguía pasando y las historias
seguían llegando. Ya cuando intentó convencerme de lo fácil que era la vida en
China comparada a lo que me iba a encontrar en Japón, le acabé de hacer la
cruz. Le interrumpí. Eso le puso aún más nervioso. Aproveché el espasmo que esto le produjo para empezar a contarle yo mis vivencias en China. El hecho de
que no hablase hacía que moviese los ojos aún más. Con cada historia que le
contaba, se sentía cada vez más contrariado. Sus ojos entraron en un estado de
epilepsia, y decidí que era mejor no seguir. Si explotaban, salpicaría.
Debería haberme quedado con
las pocas frases que conseguí enlazar con el singapurense, antes de que ojos
locos nos interrumpiara con alguna historia con final fatidico. Debería, pero
por más que lo intenté no pude. Salí de la entrevista ya de noche. Chispeaba, y
el barrio que antes me habia parecido una zona agradable y autentica ahora
tenia un cariz siniestro. Maldije a ojos locos por sembrar dudas donde antes
había ilusión. Aquella noche cai rendido
nada más llegar al hotel.
Me desperté al día
siguiente aún con sueño. La otra entrevista la tenía a las 3 de la tarde, cerca
de la estación de Shibuya, a unos 15 minutos andando desde mi hotel. Paseé por el
barrio hasta que se hizo la hora.
La segunda entrevista, fue mucho más
informal. El estudio era un cuarto de no más de 30 metros cuadrados, regentado
por un arquitecto alemán. Cuando le dije que el día anterior había hecho otra entrevista pareció molesto. Me dijo que estaban
esperando la aprobación de dos proyectos grandes, y de ser así, necesitaría
contratar a alguien. Su mirada inquisidora me sacó de quicio. Me miraba como si
no creyera nada de cuanto le decía, y tuviese que urgar en el interior de mi
retina para sacar la verdad.
Me sentí aliviado al salir
de ese cuartucho, pero al instante se cernió sobre mi el vacío. Ya
había hecho las entrevistas, y estaba en mi mano el venir a trabajar a Tokyo. Me
quedé parado en mitad de la acera. Mil
voces susurraban en mi cabeza. Sorprendentemente la más audible de todas era la
del miedo.
“Esperabas otra cosa, ¿verdad?
¿Esperabas la voz de la alegría? ¿Tal vez la de la superación? Pues no. Claro
que están ahí, pero ahora mismo soy yo la que ocupa tus
pensamientos. Esto es solo el principio, y tu lo sabes. Dentro de poco te
enfrentarás a lo que más temes. La insatisfacción. Has conseguido lo que tanto querías. Que insensato eras si pensabas que no me ibas a encontrar aquí, esperándote. Ahora es cuando más tienes que perder. Si tus expectativas
son más fuertes que tus ilusiones, llegará el vacío...
El hilo de voz se perdió, y
me encontré de nuevo, quieto, en la acera. La gente pasaba a mi lado en ambas direcciones. Miré al cielo y su azul me iluminó. Había
nubes de viento, de esas que se alargan y se difuminan en los días de calor. Suspiré.
sábado, 6 de octubre de 2012
Viaje a Changchun...
Llegamos al hotel pasada ya la media noche. Mi jefe estaba pidiendo las habitaciones, mientras el coordinador del proyecto analizaba el hall de entrada. Decía que la estructura era muy poco típica para una recepción de hotel. Parecía buscar algún tipo de reafirmación por mi parte. No se la di. Estaba demasiado cansado. Asqueado del vuelo, el taxi y el viaje. No terminaba de entender como había vuelto a esa situación. Perdido en la China profunda, haciendo de arquitecto florero ante unos clientes que no hablaban ni una palabra de inglés.
Mi jefe volvió y tras unas palabras en chino con el coordinador, me dijo que ellos compartirían habitación y que yo tendría la mía propia. Me hice el sorprendido ante la mirada escéptica del coordinador del proyecto. Aún seguía esperando aque yo que dijera algo de la jodida recepción.
De los tres socios de mi estudio, el que había venido a ese viaje es sin duda el mas chino. Es todo lo chino que puede ser alguien de una condición social alta, y que ha estudiado y trabajado en USA. El inglés y algunas maneras se han refinado, pero si rascas, sale todo lo demás. Es tan chino como el que más. No le trago. Uno de esos arquitectos que cree que en el momento que eres arquitecto solo se puede hablar sobre, por y para la arquitectura. Sentí algo de lástima por el coordinador. El también estudio en estados unidos, pero es todo lo contrario a mi jefe. Es la personificación de chino americanizado. Mira a China con la pena y la vergüenza del que ha visto lo que hay mas allá de la gran muralla. Es el primero que esta en contra de como se hacen las cosas en China, pero no le queda otro remedio que aceptarlo. Quizás sea esa resignación lo que le mueve a defender China ante mis criticas. Realmente es un pobrecillo. Esta a caballo entre dos mundos. Inadaptado aquí, inadaptado allá. Su única salida es el trabajo, el cual también le acaba quemando. No es mal tipo. Me da lástima a veces, hasta que le sale su vena de cumplimiento del deber a toda costa, y se convierte en un capullo. Yo le llamo Graimito. A sus 40 y pico abriles, es el estereotipo de trabajador de cubículo amargado. Algún día vendrá a la oficina con 2 kilos de c4 y reducirá el edifico a polvo. Todos al carajo.
La habitación del hotel no estaba mal. Me metí en la cama y dormí como un bebe. Al día siguiente me avisaron para bajar a desayunar cuando estaba en la ducha. Salí rápidamente, y apenas sin secarme me enfunde en una camisa blanca purísima, unos vaqueros y unos zapatos negros. Para eso me habían traído al fin y al cabo. Baje a desayunar.
Intente terminar de tomarme mi yogur, pero los sorbidos de mi jefe comiendo tallarines pudieron más. Graimito consciente de ello, me miraba con una sonrisa malévola, que venia a decía algo así como: "Yo le he tenido que soportar toda la noche".
Nos vinieron a recoger y nos llevaron al solar. Nuestro parte del proyecto era la fase 3 y 4 de un complejo residencial que ya se había empezado a construir. Era enorme. Había restos de antiguas fabricas de la época soviética. Tenia su encanto. Una pena. Sabia que cualquier intento de conservar o intentar integrar nuestro proyecto con aquello iba a ser en vano, y en el hipotético caso de que lo consiguiera, lograrían de alguna forma de quitarle toda la gracia al asunto. Son expertos en eso.
En el solar también había dos hileras de abedules magníficos. Mientras mi jefe hablaba con el encargado de la promotora yo hacia bocetos mentales, intentando situar los arboles en el plan que se había aprobado. No soy ecologista, pero quería salvarlos. Aquellos arboles tenían mas humanidad que los chinos que iban a habitar esas casas.
Recorrimos las fases 1 y 2. Habían tenido el detalle de conservar la estructura de la fabrica central, y reconvertirla en punto de ventas del resto del complejo. Era mejor de lo que cabía esperar. Me sorprendió para bien. Los edificios residenciales sin embargo era una aberración. Haciendo un guiño a la vieja fabrica de ladrillo, habian pintado las monstruosas torres residenciales de granate, con las terrazas en rojo. Yo miraba de reojo a los abedules de nuestro solar con misericordia y resignación.
A la salida del complejo, mientras esperábamos a que mi jefe terminase de hacer fotos, Graimito se acercó a una pared de cemento donde habían pintado unas lineas negras en retícula, con el fin de que aquello de lejos pareciera ladrillo."Fake is the only thing its real. Everything else its fake" dijo mientras dejaba escapar un suspiro. Aquella frase me marco. El se refería al complejo residencial, pero para mi iba mucho más allá. En 11 meses que llevaba en China, intentando explicar lo que allí pasaba, nada había estado tan cerca de la realidad como aquella breve frase. Eso era China. Lo falso es lo único real; todo lo demás es falso.
De ahí fuimos a ver otros proyectos que la promotora había desarrollado en esa misma ciudad, para ver tipologías y calidades. Aquello no podía ser mas absurdo. La primera parada fue a otro complejo en desarrollo. La única diferencia con el nuestro es que este era aún más grande. La maqueta que mostraba la planimetría general daba miedo. Debía de tener unos 7x7 metros. La escala era ínfima. Aquello estaba lleno de torres en miniaturas. Todas parpadeaban con sus bombillas dentro. Era una colmena. No se cuantos chinos podían caber ahí dentro, pero muchos más que almas tiene este mundo. Me sentí pequeño. Enano. Insignificante. Era imposible que dentro de cada una de esas casas hubiera personas de verdad, con sentimientos de verdad. Era imposible que se proyectaran ciudades de nueva planta de ese tamaño en mitad de ningún sitio. No hay trabajo para tantos, ni comida para todos.
Una vez mas volví a ver esa China no humana, imparable y hambrienta de recursos. Esa China parasitaria, que no respeta nada. Esa bestia insaciable que avanza hacia la extinción, consumiendo todo cuanto sale a su paso y dejando tras de si un reguero de muerte.
En un primer momento sentí pena por su falta de sensibilidad y cultura, pero no duro. No hay nada de humano en sentir lastima por ellos. Da igual que sea desconocimiento o insensibilidad lo que los mueva, son el verdugo del mundo, y yo otro esbirro mas, que les ayuda a sembrar mediocridad.
Me sentí a morir. Me acerque a Graimito que también miraba con horror la maqueta: ¿Acaso se espera un crecimiento tal? ¿Realmente hay demanda como para hacer esto? Encogió los hombros y me dijo con toda sinceridad: "No lo sé". Habría preferido una mentira.
El siguiente complejo que visitamos, estaba basado en poblado canadiense de Whistler. Quizás "basado" no sea la palabra. Lo que quiero decir es que habían copiado la fachada de los 4 edificios mas característicos de Whistler, los habían rodeado con un lago artificial, y en un radio de 4 kilómetros a la redonda, habían sembrado apareados con aspecto de "cabaña canadiense". Allá donde mirases solo veías falsas fachadas de madera.
Entramos en una de las grandes casas que hacia cerca del lago. Si mal no recuerdo tendría unos 650 m2 y costaba entorno a los 4 millones de dolares. La decoración interior era de quitar el sueño. No le faltaba de nada. La cabeza de alce encima de la chimenea, las perdices disecadas en la mesa, los sillones orejones... Todo el set de lo que un chino rico pensaba que era la vida en occidente, estaba ahí. Mi jefe iba escupiendo fotos a todos los detalles de los acabados. Parecía un niño en una juguetería. Graimito y yo le mirábamos con escepticismo. Podía ver en Graimito el rencor y la pena, que en el despertaban la nueva clase adinerada china. Mi jefe seguía haciendo fotos con una amplia sonrisa de gilipollas.
A la salida de este último complejo, mientras nos dirigíamos a las oficinas de la promotora para la reunión, vi a un campesino sentado en su carreta. Estaba al lado de la rotonda que unía el complejo con la carretera general. Escéptico, miraba las torres que ya se empezaban a erguir por encima de las plantaciones. Lejos del dinero, lejos de las aspiraciones de crecimiento, y lejos de cualquier pretensión el y su burro dejaban escapar las horas en un bonita tarde de agosto.
Mis pensamientos aún estaba en la carreta cuando el conductor soltó un chillido, y freno en seco. Acostumbrado a la forma de conducir en China, levanté la mirada buscando un taxista atravesado, o algo parecido, pero lo que había esta vez era una señora con un jersey rosa pálido, tumbada en un paso de cebra en la otra dirección. Al lado había un todoterreno blanco de ultimo modelo, del que se estaban bajando sus dos ocupantes. El conductor de nuestro coche también hizo ademán de bajarse, pero nuestro jefe le pidió que siguiéramos. Mientras nos alejabamos vi como el pie de la señora se movía con espasmos, igual que los conejos tras recibir una ráfaga de perdigones. Otro número más para la lista de atropellos en China.
La reunión entera me la pasé mirando por la ventana. El campesino y la frase de Graimito se repetían una y otra vez en mi cabeza. ¿Que demonios hago yo en China?
Mi jefe volvió y tras unas palabras en chino con el coordinador, me dijo que ellos compartirían habitación y que yo tendría la mía propia. Me hice el sorprendido ante la mirada escéptica del coordinador del proyecto. Aún seguía esperando aque yo que dijera algo de la jodida recepción.
De los tres socios de mi estudio, el que había venido a ese viaje es sin duda el mas chino. Es todo lo chino que puede ser alguien de una condición social alta, y que ha estudiado y trabajado en USA. El inglés y algunas maneras se han refinado, pero si rascas, sale todo lo demás. Es tan chino como el que más. No le trago. Uno de esos arquitectos que cree que en el momento que eres arquitecto solo se puede hablar sobre, por y para la arquitectura. Sentí algo de lástima por el coordinador. El también estudio en estados unidos, pero es todo lo contrario a mi jefe. Es la personificación de chino americanizado. Mira a China con la pena y la vergüenza del que ha visto lo que hay mas allá de la gran muralla. Es el primero que esta en contra de como se hacen las cosas en China, pero no le queda otro remedio que aceptarlo. Quizás sea esa resignación lo que le mueve a defender China ante mis criticas. Realmente es un pobrecillo. Esta a caballo entre dos mundos. Inadaptado aquí, inadaptado allá. Su única salida es el trabajo, el cual también le acaba quemando. No es mal tipo. Me da lástima a veces, hasta que le sale su vena de cumplimiento del deber a toda costa, y se convierte en un capullo. Yo le llamo Graimito. A sus 40 y pico abriles, es el estereotipo de trabajador de cubículo amargado. Algún día vendrá a la oficina con 2 kilos de c4 y reducirá el edifico a polvo. Todos al carajo.
La habitación del hotel no estaba mal. Me metí en la cama y dormí como un bebe. Al día siguiente me avisaron para bajar a desayunar cuando estaba en la ducha. Salí rápidamente, y apenas sin secarme me enfunde en una camisa blanca purísima, unos vaqueros y unos zapatos negros. Para eso me habían traído al fin y al cabo. Baje a desayunar.
Intente terminar de tomarme mi yogur, pero los sorbidos de mi jefe comiendo tallarines pudieron más. Graimito consciente de ello, me miraba con una sonrisa malévola, que venia a decía algo así como: "Yo le he tenido que soportar toda la noche".
Nos vinieron a recoger y nos llevaron al solar. Nuestro parte del proyecto era la fase 3 y 4 de un complejo residencial que ya se había empezado a construir. Era enorme. Había restos de antiguas fabricas de la época soviética. Tenia su encanto. Una pena. Sabia que cualquier intento de conservar o intentar integrar nuestro proyecto con aquello iba a ser en vano, y en el hipotético caso de que lo consiguiera, lograrían de alguna forma de quitarle toda la gracia al asunto. Son expertos en eso.
En el solar también había dos hileras de abedules magníficos. Mientras mi jefe hablaba con el encargado de la promotora yo hacia bocetos mentales, intentando situar los arboles en el plan que se había aprobado. No soy ecologista, pero quería salvarlos. Aquellos arboles tenían mas humanidad que los chinos que iban a habitar esas casas.
Recorrimos las fases 1 y 2. Habían tenido el detalle de conservar la estructura de la fabrica central, y reconvertirla en punto de ventas del resto del complejo. Era mejor de lo que cabía esperar. Me sorprendió para bien. Los edificios residenciales sin embargo era una aberración. Haciendo un guiño a la vieja fabrica de ladrillo, habian pintado las monstruosas torres residenciales de granate, con las terrazas en rojo. Yo miraba de reojo a los abedules de nuestro solar con misericordia y resignación.
A la salida del complejo, mientras esperábamos a que mi jefe terminase de hacer fotos, Graimito se acercó a una pared de cemento donde habían pintado unas lineas negras en retícula, con el fin de que aquello de lejos pareciera ladrillo."Fake is the only thing its real. Everything else its fake" dijo mientras dejaba escapar un suspiro. Aquella frase me marco. El se refería al complejo residencial, pero para mi iba mucho más allá. En 11 meses que llevaba en China, intentando explicar lo que allí pasaba, nada había estado tan cerca de la realidad como aquella breve frase. Eso era China. Lo falso es lo único real; todo lo demás es falso.
De ahí fuimos a ver otros proyectos que la promotora había desarrollado en esa misma ciudad, para ver tipologías y calidades. Aquello no podía ser mas absurdo. La primera parada fue a otro complejo en desarrollo. La única diferencia con el nuestro es que este era aún más grande. La maqueta que mostraba la planimetría general daba miedo. Debía de tener unos 7x7 metros. La escala era ínfima. Aquello estaba lleno de torres en miniaturas. Todas parpadeaban con sus bombillas dentro. Era una colmena. No se cuantos chinos podían caber ahí dentro, pero muchos más que almas tiene este mundo. Me sentí pequeño. Enano. Insignificante. Era imposible que dentro de cada una de esas casas hubiera personas de verdad, con sentimientos de verdad. Era imposible que se proyectaran ciudades de nueva planta de ese tamaño en mitad de ningún sitio. No hay trabajo para tantos, ni comida para todos.
Una vez mas volví a ver esa China no humana, imparable y hambrienta de recursos. Esa China parasitaria, que no respeta nada. Esa bestia insaciable que avanza hacia la extinción, consumiendo todo cuanto sale a su paso y dejando tras de si un reguero de muerte.
En un primer momento sentí pena por su falta de sensibilidad y cultura, pero no duro. No hay nada de humano en sentir lastima por ellos. Da igual que sea desconocimiento o insensibilidad lo que los mueva, son el verdugo del mundo, y yo otro esbirro mas, que les ayuda a sembrar mediocridad.
Me sentí a morir. Me acerque a Graimito que también miraba con horror la maqueta: ¿Acaso se espera un crecimiento tal? ¿Realmente hay demanda como para hacer esto? Encogió los hombros y me dijo con toda sinceridad: "No lo sé". Habría preferido una mentira.
El siguiente complejo que visitamos, estaba basado en poblado canadiense de Whistler. Quizás "basado" no sea la palabra. Lo que quiero decir es que habían copiado la fachada de los 4 edificios mas característicos de Whistler, los habían rodeado con un lago artificial, y en un radio de 4 kilómetros a la redonda, habían sembrado apareados con aspecto de "cabaña canadiense". Allá donde mirases solo veías falsas fachadas de madera.
Entramos en una de las grandes casas que hacia cerca del lago. Si mal no recuerdo tendría unos 650 m2 y costaba entorno a los 4 millones de dolares. La decoración interior era de quitar el sueño. No le faltaba de nada. La cabeza de alce encima de la chimenea, las perdices disecadas en la mesa, los sillones orejones... Todo el set de lo que un chino rico pensaba que era la vida en occidente, estaba ahí. Mi jefe iba escupiendo fotos a todos los detalles de los acabados. Parecía un niño en una juguetería. Graimito y yo le mirábamos con escepticismo. Podía ver en Graimito el rencor y la pena, que en el despertaban la nueva clase adinerada china. Mi jefe seguía haciendo fotos con una amplia sonrisa de gilipollas.
A la salida de este último complejo, mientras nos dirigíamos a las oficinas de la promotora para la reunión, vi a un campesino sentado en su carreta. Estaba al lado de la rotonda que unía el complejo con la carretera general. Escéptico, miraba las torres que ya se empezaban a erguir por encima de las plantaciones. Lejos del dinero, lejos de las aspiraciones de crecimiento, y lejos de cualquier pretensión el y su burro dejaban escapar las horas en un bonita tarde de agosto.
Mis pensamientos aún estaba en la carreta cuando el conductor soltó un chillido, y freno en seco. Acostumbrado a la forma de conducir en China, levanté la mirada buscando un taxista atravesado, o algo parecido, pero lo que había esta vez era una señora con un jersey rosa pálido, tumbada en un paso de cebra en la otra dirección. Al lado había un todoterreno blanco de ultimo modelo, del que se estaban bajando sus dos ocupantes. El conductor de nuestro coche también hizo ademán de bajarse, pero nuestro jefe le pidió que siguiéramos. Mientras nos alejabamos vi como el pie de la señora se movía con espasmos, igual que los conejos tras recibir una ráfaga de perdigones. Otro número más para la lista de atropellos en China.
La reunión entera me la pasé mirando por la ventana. El campesino y la frase de Graimito se repetían una y otra vez en mi cabeza. ¿Que demonios hago yo en China?
sábado, 28 de julio de 2012
Una tarde en los billares...
Eran ya las siete cuando Jacob y yo salimos del garaje del trabajo
con el rugir de nuestras pequeñas motos eléctricas. Nos dirigíamos a los
billares del Yashow, un salón de juego al que van todos los vendedores después de cerrar sus
puestos de imitaciones. Era un antro, pero las mesas estaban bien, y por un módico
precio tenias a un par de chinos que te colocaban las bolas (no en el sentido
figurado). Iba a ser una gran tarde.
La distancia de la oficina a los billares es de unos 15 kilómetros. Tardábamos unos 40 minutos de puerta a puerta. Según el cuentakilómetros, nuestras motos alcanzaban los 40 por hora. Dudo mucho que aquello pasase de 30. Eso, sin poner las luces, ni tocar el claxon en exceso. Todo los “extras” diezmaban la limitada potencia de nuestras fierecillas. Si ponías las luces, bien podías bajarte de la moto y empujar.
La distancia de la oficina a los billares es de unos 15 kilómetros. Tardábamos unos 40 minutos de puerta a puerta. Según el cuentakilómetros, nuestras motos alcanzaban los 40 por hora. Dudo mucho que aquello pasase de 30. Eso, sin poner las luces, ni tocar el claxon en exceso. Todo los “extras” diezmaban la limitada potencia de nuestras fierecillas. Si ponías las luces, bien podías bajarte de la moto y empujar.
Pese a que el modelo de
moto de los dos era el mismo, y que ambas estaban compradas en la misma tienda,
mi moto corría ligeramente más que la de Jacob. Me gustaba mi moto. Solo
necesitaba oír aquel alegre zumbido de ventilador a pilas que producía cuando
aceleraba, para que se me dibujara una sonrisa en la cara.
Surcábamos las calles cediéndonos el paso de tanto en cuanto. Cada
moto tenia sus peculiaridades. La moto de Jacob lucia un hermoso agujero en la
carcasa frontal, fruto de la ira de algún borracho. La mía con el eje delantero
ligeramente desviado, gracias a la embestida de la bici de un abuelo chino.
También el muelle de la pata de cabra había pasado a mejor vida, por lo que
esta iba sujeta con dos abrazaderas. Nada importaba. Eramos eternos.
La noche iba cayendo sobre Pekín, sin apenas dar muestra de ello. Las
sombras corrían a esconderse de una gran
mancha anaranjada que descendía en el horizonte. En algún lugar, detrás
de la capa de mierda, el sol se estaba poniendo.
El tráfico era llevadero, la temperatura agradable, y la
contaminación entraba a raudales en los pulmones haciéndote sentir un poco más chino.
Si, iba a ser una gran tarde.
Apenas quedaban 300 metros
para los billares, cuando el sol se termino de poner. La mancha naranja había
dado paso a unos colores ocre, que se
fundían con el marrón del cielo pekinés, mientras que yo ajeno a todo, volaba
sobre mi corcel eléctrico. Todo ocurrió muy deprisa.
Me sorprendí a mi mismo intentando distinguir sombras a mi paso. Comprendí
demasiado tarde, que no se veía tanto como yo creía. A decir verdad, no se veía un coscojo. Mientras mi astigmatismo se
esforzaba por intuir que había al fondo de la calle, un motorista apareció de
entre las sombras. Estaba a escasos 5 metros de mi, y en rumbo de colisión. En un momento de
estupidez, me alivie al oír su grito de sorpresa (por aquello de mal de muchos
consuelo de tontos), pero no tarde en darme cuenta de lo que aquello
significaba. Si tan solo uno de los dos
hubiese visto al otro... Si tan solo hubiésemos intentado esquivarnos en
distintas direcciones...
Fue extraño. Tengo la sensación de haberme despertado en ese
preciso momento. Como si estuviese viviendo dormido . Como si toda la vida la
hubiese dormido, y por fin se desvelase la verdadera percepción de las cosas.
Fueron momentos del más crudo realismo, y sin embargo, todo lo que ocurrió después
se me antoja que fue un sueño.
Apenas frené. De poco habría servido. Los dos íbamos a todo lo que
daban nuestras motos. La única opción era tratar de esquivarnos. Recuerdo que
la histeria del momento despareció, cuando vi que los dos girábamos para el
mismo lado, dando paso a la resignación.
La más absoluta resignación. No había nada ya que pudiese impedir el
choque. Solo quedaba asumirlo. Tal fue mi sangre fría en el momento del choque,
que intente saltar por encima, impulsándome con el manillar.
Con el crujido del hierro y el plástico salí volando. Fue un
sonido seco, pero yo solo oía el grito
de sorpresa del chino. Aquel grito se repetía en mi cabeza una y otra vez, como
una banda sonora que auguraba un siniestro final. Lo estuve escuchando todo el
tiempo que tarde en caer. No debió de ser más de un segundo, pero me pareció
una eternidad.
Mi hombro fue lo primero en tocar el suelo.Lo sé porque fue el que
se llevo la peor parte. Lo siguiente fue el casco de refilón, seguido de
espalda,culo y piernas. La inercia de la voltereta, me incorporó, casi pidiéndome que me levantase, pero mi cuerpo ya no era mío. Cual muñeco me
desplomé de nuevo de espaldas. No fue hasta que mi casco retumbo una vez mas
contra el suelo, que yo recupere mi presencia de ánimo. No son todos los días
que uno se despierta dos veces en menos de 4 segundos.
Consciente de que estaba tirado en algún lugar del carril
bici, hice por levantarme. En el momento
comprendí que algo no estaba bien con mi hombro. No estaba en su sitio. A decir
verdad no estaba. Me levanté sujentándomelo con el brazo sano, y el dolor hizo
que me tuviera que encuclillar. No terminaba de entender como había salido
ileso del accidente. Me acaba de desgraciar el hombro contra el suelo, pero la
moto apenas me había rozado.¿Realmente mi intento de salto, había funcionado?
¿Y donde estaba el chino?
Lleno de cólera, y con un brazo tirando del otro, me dispuse a
matar al chino. Lo encontré más lejos de lo que pensaba, a unos 5 metros de
donde yo había aterrizado. Estaba debajo de lo que había quedado de las dos
motos. Parecía desorientado. Mientras yo soltaba improperios y la tomaba a
patadas con la farola mas cercana el, encontró fuerzas para arrancar a llorar.
Su llanto me trajo a la cabeza el grito de sorpresa que escasos segundos antes
se le había escapado. Ese grito que me
había helado. Viéndole llorar en el suelo, recuperé el juicio.
Era un repartidor. Vestía todo de negro. Pantalones, cazadora,
botas y casco negro. La moto era negra. Así, espectral, se empezó a incorporar,
entre gimoteos. Era mi fantasma. Mi muerte. Y yo era la suya. Mientras el se iba levantando, yo empecé a caer. El dolor del brazo se empezaba a ser
insoportable. Mi cabeza empezó a dar vueltas, y sentí que me iba a caer. Aun, sujetándome el brazo cruce la calle, y me deje caer contra una farola. La muy cabrona
seguía apagada...
Jacob no tardo en llegar. Le intenté tranquilizar. No hizo falta.
Es como si todos los días socorriera a alguien que se ha siniestrado con la
moto. Siempre me ha sorprendido lo bien que se maneja en estas circunstancias. Le
pedí que me ayudase a quitarme la cazadora. Le conté que me había desgraciado
el hombro. Al verlo me dijo que lo tenia fuera. Usamos mi fular a modo de
cabestrillo. Insistió en que me volviese a sentar para que no me marease, pero
al ver que cada vez venía más y más gente de los alrededores, y que la moto
estaba inservible, los dos coincidimos en que lo mejor era irnos y evitar
papeleos. Si puedes evitar a la policía china, hazlo. Mientras nos alejábamos
vi al repartidor viendo lo que quedaba de su moto. Parecía bastante entero.
Quizás no debí de haber saltado.
Jacob fue a aparcar su moto, mientras yo me dirigía a la calle
paralela para coger un taxi. Aquellos
metros fueron los peores. Lejos de remitir, el dolor iba a más. Una vez pasado el nerviosismo del momento, el dolor
se volvió más punzante, más intenso. Intenté en vano encontrar una postura
buena, pero cada movimiento era una agonía. Notaba como músculos y huesos se
montaban unos sobre otros. Sabía que haciendo determinados movimientos un
hombro dislocado puede volver a colocarse. Me acorde de arma letal, y me vi más
que tentado a darme un golpe contra un coche. Afortunadamente el miedo a
terminar de desgraciarme, pudo más que el estado de histeria al que el dolor me
estaba llevando. Otro golpe desacertado era probablemente lo último que
necesitaba en ese momento.
No se lo que tardo Jacob en volver, pero hacía rato que yo ya me
había desquiciado. En mi estado de enajenación mental le pedí que me ayudase a
colocarme el hombro. Lo miro durante un segundo con buen juicio me dijo que me
esperase a llegar al hospital.
Ahí empezó el periplo. Llegamos al hospital pasada las ocho, solo
para que nos dijeran que el técnico de rayos, se acaba de marchar. Mientras
esperábamos a que viniera el de urgencias, conseguí que me dieran un
analgésico. Yo solo quería que me colocaran el brazo en su sitio.
Por fin llego el radiólogo. Me hicieron dos radiografías, y me
dieron el diagnostico. Tenía roto la “AC joint”. Ahora se que es eso, antes no.
Me dijeron que me tenían que operar de emergencias, pero que me tenía que
cambiar de hospital ya que aquello era sola una clínica. No contento con las
buenas noticias, también me adelantaron que en el hospital donde me mandaban a
operarme, no me iban a operar, porque el medico de guardia, al oír el
diagnostico, no consideraba que eso fuera una emergencia. Yo solo quería que
alguien me sacara el hombro del pulmón.
El bueno de Andrés, que había venido nada más enterarse, me
acompaño al hospital, mientras Jacob iba a casa a recoger mi pasaporte y mi
cepillo de dientes. La idea de que me fueran a abrir en canal en China, no era
de las más agradables. Llamé a mis padres para darles las buenas noticias.
El medico de guardia del otro hospital, tardo en atenderme. Cuando lo hizo, me explico que cojones tenía.
Me había roto los ligamentos que unen la caja del hombro al trapecio, por lo
que tenía desplazado hombro, omóplato y demás, para dentro. Le pedí que por
favor me lo sacase. Se rió. A mi no me hizo ni pizca de gracia. Me explico que
ahora que ya no tenia ligamentos, lo único que sujetaba el hombro y el
omóplato, eran los músculos, y con el traumatismo, estos tiraban para adentro.
Si tiraba del hombro para fuera, en el momento que soltase se iba a volver a
meter. Yo seguía sin verle la gracia.
Me dijo que en China eso se opera, pero que en USA y en Canadá no.
La operación (aparte de costar unos 30.000 euros) daba mas problemas que otra
cosa. Lo único malo de no operar era la
estética. El hombro, nunca volvería a estar a su altura. Sería un poquito más
Quasimodo. Asimétrico. Amorfo de por vida.
Mientras tanto, mis padres habían hablado con el jefe de traumatología
de un hospital en España; una amiga me había puesto en contacto con un médico
indio que le había operado la rodilla en Pekín, y otro medico chino del
hospital me estaba dando su diagnóstico. Fue media hora de estrés hasta que
conseguí cierta unanimidad en los diagnósticos. La operación de emergencia ya
estaba descartada.. Todos acordaron que con un cabestrillo decente y
asegurándose que no tuviese ninguna vena o nervio afectado, podía volar.
Esa misma noche salí para España, haciendo escala en Bruselas. De
equipaje llevaba un libro, unos analgésicos, un cepillo de dientes, y unas chanclas. El
cuello de la camiseta estaba cortado hasta la manga, ya que el primer medico no
se había atrevido a quitármela. El fular que había usado de cabestrillo me
servía ahora para tapar el hombro desnudo y el cabestrillo. Para poder pasar el
control de seguridad, Jacob me quito el cinturón, ya que yo solo no podía. Los
vaqueros, rotos del accidente se me caían. Me daba vergüenza ajena. Me sentía un perdedor.
Un perdedor estúpido. China me había ganado. Ahora que las cosas empezaban a
funcionar, ahora que había bajado mínimamente la guardia, China me había dejado
K.O. Y es que todo puede pasar, una tarde en los billares.
Tarde 10 días en volver a Pekín. Los diagnósticos en España,
coincidieron con los del americano, y me libre de la operación. A cambio,
luciría de por vida un hombro caído. Un bonito recuerdo de China. Marca de la
casa. Daba igual lo lejos que me fuera después, mi hombro, contrahecho, me seguiría.
A veces lo miro, y me da pena. Mi hombro no tenía la culpa de mi estupidez. Mi
hombro no es el que sufre astigmatismo, ni de ese retraso mental que va ligado
al amor por la velocidad. Tampoco tiene voz para quejarse y llamarme idiota,
por lo que me lo tengo que llamar yo. Si, yo no me doy pena, pero mi hombro si.
El no se merecía esto.
Aún todavía miro el asfalto y veo en el mucho mas que grava y
alquitrán. Mucho más que una calle. Veo un realismo frío. Veo la dualidad. Luz
y sombras. Me recuerda lo que es una vida.
Su fragilidad. La física que nos rodea. La física que nos conforma. El falso
sentido de seguridad que tenemos bajo el sol.
jueves, 12 de abril de 2012
Navidad china...
Corría diciembre. Acababa de volver de Japón, y Japón estaba presente en cada acto y pensamiento. Era más real, estaba más vivo, que todo cuanto me rodeaba. Fuera de ese recuerdo, todo era mediocre.
En un abrir y cerrar de ojos la navidades se me echaron encima. Jacob, como buen expatriado, hijo y nieto, volvió a España. Yo no. Quiero pensar que no soy mal hijo, pero sin duda no soy un buen expatriado.
Al margen de las dificultades que suponía el visado, la opción de quedarme solo en China en navidades, me intrigaba. Una experiencia, que sin duda recordaría a lo largo de los años. La opción de vivir una China fuera de la tutela de Jacob me seducía. Iba a ser la primera vez que tuviese que vérmelas solo frente a la ciudad. Una oportunidad única para medirme, y hacerla un poco más mía. Pese a todo, lo sentía por mis padres, para los que esas fechas son un momento de unión familiar.
Además de todos estos pros y contras, estaba el factor chinas. Iba a hacer tres meses que había llegado a China, y seguía sin haber probado el producto nacional. Después de haber criticado tanto a Jacob por no haber estado nunca con un china la crítica se volvía contra mi. Decidí que era un buen momento para empezar a hacer los deberes.
Los contactos los tenía. Gracias a una web que Jacob me había recomendado un mes antes, me había puesto en contacto con chinas que sabían hablar ingles, o al menos escribirlo. Aquello era una red social de gente que vivía en Pekín. Había expatriados y había chinas. Básicamente un punto de encuentro para salvar las dificultades que se daban a la hora de mezclarte con la gente de aquí. Como en casi todas las redes sociales, tu colgabas una foto de perfil y esperabas a ver si despertaba interés. Aquello era un gran putiferio.
Dentro todas las chinas que dieron señales de vida, me hacía especial gracia, una de 27 años. Me gustaban sus aires prepotentes y su punto irónico (una novedad para ser autóctona). Iba de diva, y no me quedó otro remedio que bajarle los humos. Compensando la indiferencia con las pullas y el mamoneo, se convirtió en una persona casi normal.
La primera vez que nos vimos fue la semana antes de irme a Japón. Vivía cerca de mi trabajo, y quedamos a tomar una copa por la zona, un día entre semana. Cogí un taxi y ella le dijo por teléfono al taxista, como llegar al bar donde habíamos quedado. Esa sensación de dependencia, es una constante en China. No solo dependes de la buena voluntad del taxista en cuestion. Tambien dependes de la persona que le da la dirección. Te la juegas a ser objeto de bromas pesadas y que el taxista, acatando ordenes, te lleve a un descampado en las afueras deVillachinos de Arriba.
De una forma u otra conseguí llegar donde habíamos quedado. Estaba nerviosa, pero intentaba ocultarlo con determinación. Tras una brevisima introducción en la cual, me reprocho no se que, se encamino al bar. Andaba un metro por delante de mi. Yo la seguía con una sonrisa de maldad. Esto iba a ser divertido.
El bar resulto ser un restaurante, donde llovieron las puyas. Cada puya que me tiraba, hacia que me sintiera más cómodo. Dejaban ver más interés que otra cosa. Sin embargo las mías, la desarbolaban. Se paso mas de la mitad del tiempo indignada. Era gracioso ver como pese a sus 27 inviernos, y su aparente seguridad, con solo rascar un poco, salía la niña que nunca había dejado de ser. Demasiado fácil.
Soy un animal de costumbres. Y como toma de contacto aquello me pareció más que suficiente. Insistí en acompañarla a su casa, y una vez allí me despedí. Ella estaba de lo más desconcertada y así tenía que ser.
Como ya he dicho, no fue hasta que Jacob se fue en navidades a España, que no volví a quedar con ella. Recuerdo la fecha, 25 de diciembre, fun fun fun...
El plan era el de cocinar enmi casa, y ver una película. El hecho de pasar el día de navidades con una china, me parecía de lo más apetecible. Compartir un día que para mi normalmente significaba tan poco, con una persona para la que no significaba absolutamente nada, albergaba una sutileza de lo más morbosa para mi. Había caído sobre mi la responsabilidad de hacer que aquel día tuviese alguna reminiscencia de lo navidad debería de ser. Fue un fracaso. Ni siquiera lo intenté. Me pareció mas interesante el ver como son las navidades en un mundo no cristiano. Como era de suponer, el día no contó con ningún cariz distinto a cualquier otro, en cuanto a celebraciones se refiere.
La supuesta comida, se aplazo a la cena, ya que la susodicha en un arrebato de inseguridad decicido ir a cortarse el pelo antes de quedar. Tras una demora de más de dos horas, me llamo diciendo que estaba en la parada de metro cercana. Me acerqué a recogerla en mi moto eléctrica.
Si, tengo una moto eléctrica. Mientras que una moto suele ir acompañada de unas connotaciones sexys, de rebeldía y de morbo, la mía produce risa. Tampoco os penséis que es la típica bici con una batería incorporada, y pegatinas de margaritas y símbolos de la paz. No. Es una scooter negra, simplona y cutre. Al menos no pretende ostentar. Es lo que es. Una moto eléctrica de fabricación china que me costo unos 250 euros (casco incluido).
rebosante de simpatía navideña, se subió, y con el inconfundible ruido de la batería eléctrica nos dirigimos hacia mi casa.
De camino, nos paramos a comprar comiditas para que ella cocinase. Entre el humor que tenia y viendo lo que quería preparar intente disuadirla para dejar las cocinitas para otro día. Eso, obviamente me costo otro disgusto. Sus enfados, aunque graciosos a primeras, empezaban a hacer mella en mi frágil paciencia. Una vez arriba nos serenamos. Deje que escogiese película, y eligió una de hombres lobo. Podía funcionar o podía ser un desastre.
A lo largo de los años, he experimentado el efecto que tienen las películas con el desenlace de la noche. Llegue a hacer la prueba con una misma chica y películas distintas, para poder descartar incógnitas de la ecuación. El resultado no pudo ser mas claro. El primer día vimos mi película fetiche. Una, con la que nunca ha habido error.No diré el titulo, por temor a que se pierda la magia. Una vez mas, no hubo fallo. A los pocos días repetimos. Mismo escenario, misma hora, misma chica, distinta película. El ambiente, incluso antes de empezar la película, era mas propicio que la noche anterior. Todo apuntaba a ser otra noche para el recuerdo. Película elegida: Holocausto Caníbal. Pues eso. Según acabo la película, los dos, todavía con nauseas, nos miramos bien, y sin necesidad de decir mas, cada uno se fuera a su cama..
La película, de una forma u otra cumplió su cometido. Además, era bastante mala, y a mi no me importo no verla en condiciones. A media película, no recuerdo quien busco a quien, pero de lo que estoy seguro es de que nos encontramos. Toda la mala leche, y toda esa determinación se perdió en un haz de suavidad y parsimonia. Hacia con ella lo que quería, y ella se dejaba llevar de un lado para otro. Estaba entregada. Sin embargo en un momento dado en la película hubo un gran alboroto (un hombre lobo se había comido a alguien, o vete tu a saber que), e hizo que recuperase su presencia de espíritu, se incorporase e intentase seguir viendo la película. Pese a que yo por aquel entonces ya estaba inmerso en otra dinámica muy distinta a la de la puñetera película, le concedi una tregua.
Intente recuperar el hilo, pero aquello era infumable. Afortunadamente, al rato, fue ella la que se me echo encima buscando mimos. Al hacerlo, no solo me encontró a mi. También encontró el resultado del magreo previo.
Uno siempre que lee la palabra pene se escandaliza un poco. Es un termino que además de sobresaltarnos, genera en nosotros un sentimiento de desapego. Pene no es un termino común. No es algo que identifiquemos como algo cotidiano. Suena a algo lejano. A lo que podía tener tu abuelo o Humphrey Boggart. Siempre me he dicho que si alguna vez tuviese que escribir acerca de este tipo de cosas lo haría con determinación, y sin tapujos, pero admito que no sale de una manera tan natural como cabe pensar. Pene, polla, cola, cipote, nardo... Volvamos al punto en cuestión.
-Que es esto? -Dijo mientras pasaba la mano por encima de los vaqueros, palpándome el pene.
-El cinturón- bromee yo.
-Ya claro. Esto no es el cinturón- Apunto ella con una voz seria.
Me dieron ganas de darme una palmada en la frente. De todas las chinas que había ahí fuera, realmente esta era la mas inteligente con la que me había topado? Tendría que haberle dicho: "Tienes razón. No es el cinturón. Es lo que te ha traído Papa Noel". Sabe Dios como habría respondido a eso.
Me serene. Muchas chicas, no captan ironías cuando hay pollas de por medio.
- Claro que lo es. Sino, míralo tu misma- Me apresure a decir riendo.
- Puedo?
-Eh... Si claro - dije titubeante. Realmente no sabía hasta que punto ella lo estaba diciendo en serio o no, hasta que me bajo los pantalones.
Por mucha naturalidad con la que lo cuente, aquel fue un momento extraño. Me reía, pero no puedo decir que estuviese del todo cómodo. Era una risa más bien nerviosa. La jodida película seguía, y yo con los pantalones bajados y la polla fuera, era objeto de inspección de una china curiosa. Me lo intente tomar con normalidad, como si esto me pasase todos los días. No resulto. Pasaron minutos y ella seguía observando y urgando como si intentase descifrar el misterio de la piedra roseta. Lo analizo desde todos los ángulos posible. Al cabo de un buen rato, y sin dejar de mirarme la entrepierna, dijo:
- Es muy grande.
- Bueno, no sé- Dije incomodo. Realmente la situación me estaba desquiciando.
-¿Como que no sabes? Es muy grande. Nunca había visto una así. ¿Esto es normal en Europa?
- Pues... Supongo. Desde luego no es algo descabellado. ¿Pero no me habías dicho que tu exnovio era australiano? - Recordé, mientras intentaba volver a tomar las riendas de la situación - Entendería el asombro si solo hubieras estado con chinos, pero habiendo salido con un extranjero, no acabo de entender de que te sorprendes...
-Si, pero no tenía nada que ver con eso- Dijo señalando casi de forma despectiva mi pene. Hacia tiempo que la situación había dejado de hacerme gracia. El tratar a mi pene como un ente extraño, aunque fuera algo que a la mayoría les hubiese enorgullecido, no me estaba sentado nada bien. Me recompuse como pude, e intente volver a ver la película como si no hubiese pasado nada.
Imposible. No había manera. Mi pene y yo estábamos incómodos. Estábamos molestos por esa inspección digna de un urólogo. Ella parecía haber disfrutado con todo aquello, y yo no me podía sentir mas idiota. Había conseguido incomodarme en mi propia casa. Solo había algo que podía hacer. Vendetta...
De una forma sutil volví al ataque, ganando posiciones centímetro a centímetro. Cada vez que cogía aire, yo ejercía presión con mis manos, solo para dejarlas resbalar cuando lo soltaba. Acompañando cada movimiento hice su cuerpo mio. Exploré cada rincón de este, mientras ella se perdía en murmullos incomprensibles. La vergüenza inicial dejo paso al mayor de los desenfrenos. Estaba poseída. Respondía a cada estimulo con espasmos y sollozos. Además, resultó que mi china era una de las pocas excepciones a la creencia popular de que las asiáticas no tienen pecho. Ella sola levantaba la media del país. Estaba desbordado. Daba igual donde mirase, yo solo veía tetas. Tenia que salir a coger aire entre zambullida y zambullida.
Me vengué del agravio que había sufrido previamente. Empece a urgar, tocar y besar su sexo. Pero a diferencia de ella, yo no la dejé con las ganas. A decir verdad no se quién disfrutaba más si ella sintiendo, o yo viendo como se perdía en el placer. Chilló. Chilló mucho. Nada más irse, me pidió más. Por segunda vez se corrió. Quedó rendida. Tumbada en la cama, apenas podía mantener los ojos abiertos. La miré con malicia. Había llegado el momento de desquitarme.
Fue divertido. Se quejaba, pero era incapaz de decirme que parara. Su propia curiosidad no la dejaba. Estaba descubriendo nuevos limites. Podia ver el miedo en sus ojos. Tan nitido. Tan real.
Me lo pase realmente bien aquella noche. La cena nunca llego, pero creo que a ninguno de los dos nos importó demasiado. Después de una segunda manga, miró la hora y me dijo que quería intentar coger el ultimo metro, porque en los taxis se mareaba. Es la peor excusa que me han puesto nunca para no quedarse a dormir, pero no me importo. Si no se queria quedar, yo tampoco iba a insistir. Había completado uno de mis objetivos en China. Es cierto que distaba mucho de mi concepto de china idílica, pero ese ideal había muerto la primera vez que vi escupir a una. Era momento de valorar la experiencia. Había pasado la tradicional noche de navidades haciendo cochinadas en la otra parte del mundo con una china pechugona. Algo me decía que estas navidades si las recordaría. La noche estaba salvada.
Volví a llevar a mi princesa a la parada de metro con mi raudo corcel. Y allí nos despedimos. Cuando ya estaba llegando a casa, me escribió un mensaje diciendo que había perdido el ultimo metro. Yo, que ya estaba mas dormido que despierto, le contesté con el típico mensaje de rigor. Le dije que sentía que hubiese perdido el ultimo tren; que había pasado una noche fantástica con ella; que esperaba volver a verla, y que durmiera bien. Mandé el mensaje y me metí en mi cama, con la sonrisa de un trabajo bien hecho.
Ella por su parte, nada más llegar a casa, me borro de la lista de contactos. Tanto del móvil, como de Skype. Me retiró la palabra.
No volví a saber de ella en dos semanas, y tardé otra semana más en convencerla para volver a quedar. Todo, porque en el mensaje, no me había preocupado por si llegaba bien a casa.
Cuanto me quedaba por aprender de este país...
En un abrir y cerrar de ojos la navidades se me echaron encima. Jacob, como buen expatriado, hijo y nieto, volvió a España. Yo no. Quiero pensar que no soy mal hijo, pero sin duda no soy un buen expatriado.
Al margen de las dificultades que suponía el visado, la opción de quedarme solo en China en navidades, me intrigaba. Una experiencia, que sin duda recordaría a lo largo de los años. La opción de vivir una China fuera de la tutela de Jacob me seducía. Iba a ser la primera vez que tuviese que vérmelas solo frente a la ciudad. Una oportunidad única para medirme, y hacerla un poco más mía. Pese a todo, lo sentía por mis padres, para los que esas fechas son un momento de unión familiar.
Además de todos estos pros y contras, estaba el factor chinas. Iba a hacer tres meses que había llegado a China, y seguía sin haber probado el producto nacional. Después de haber criticado tanto a Jacob por no haber estado nunca con un china la crítica se volvía contra mi. Decidí que era un buen momento para empezar a hacer los deberes.
Los contactos los tenía. Gracias a una web que Jacob me había recomendado un mes antes, me había puesto en contacto con chinas que sabían hablar ingles, o al menos escribirlo. Aquello era una red social de gente que vivía en Pekín. Había expatriados y había chinas. Básicamente un punto de encuentro para salvar las dificultades que se daban a la hora de mezclarte con la gente de aquí. Como en casi todas las redes sociales, tu colgabas una foto de perfil y esperabas a ver si despertaba interés. Aquello era un gran putiferio.
Dentro todas las chinas que dieron señales de vida, me hacía especial gracia, una de 27 años. Me gustaban sus aires prepotentes y su punto irónico (una novedad para ser autóctona). Iba de diva, y no me quedó otro remedio que bajarle los humos. Compensando la indiferencia con las pullas y el mamoneo, se convirtió en una persona casi normal.
La primera vez que nos vimos fue la semana antes de irme a Japón. Vivía cerca de mi trabajo, y quedamos a tomar una copa por la zona, un día entre semana. Cogí un taxi y ella le dijo por teléfono al taxista, como llegar al bar donde habíamos quedado. Esa sensación de dependencia, es una constante en China. No solo dependes de la buena voluntad del taxista en cuestion. Tambien dependes de la persona que le da la dirección. Te la juegas a ser objeto de bromas pesadas y que el taxista, acatando ordenes, te lleve a un descampado en las afueras deVillachinos de Arriba.
De una forma u otra conseguí llegar donde habíamos quedado. Estaba nerviosa, pero intentaba ocultarlo con determinación. Tras una brevisima introducción en la cual, me reprocho no se que, se encamino al bar. Andaba un metro por delante de mi. Yo la seguía con una sonrisa de maldad. Esto iba a ser divertido.
El bar resulto ser un restaurante, donde llovieron las puyas. Cada puya que me tiraba, hacia que me sintiera más cómodo. Dejaban ver más interés que otra cosa. Sin embargo las mías, la desarbolaban. Se paso mas de la mitad del tiempo indignada. Era gracioso ver como pese a sus 27 inviernos, y su aparente seguridad, con solo rascar un poco, salía la niña que nunca había dejado de ser. Demasiado fácil.
Soy un animal de costumbres. Y como toma de contacto aquello me pareció más que suficiente. Insistí en acompañarla a su casa, y una vez allí me despedí. Ella estaba de lo más desconcertada y así tenía que ser.
Como ya he dicho, no fue hasta que Jacob se fue en navidades a España, que no volví a quedar con ella. Recuerdo la fecha, 25 de diciembre, fun fun fun...
El plan era el de cocinar enmi casa, y ver una película. El hecho de pasar el día de navidades con una china, me parecía de lo más apetecible. Compartir un día que para mi normalmente significaba tan poco, con una persona para la que no significaba absolutamente nada, albergaba una sutileza de lo más morbosa para mi. Había caído sobre mi la responsabilidad de hacer que aquel día tuviese alguna reminiscencia de lo navidad debería de ser. Fue un fracaso. Ni siquiera lo intenté. Me pareció mas interesante el ver como son las navidades en un mundo no cristiano. Como era de suponer, el día no contó con ningún cariz distinto a cualquier otro, en cuanto a celebraciones se refiere.
La supuesta comida, se aplazo a la cena, ya que la susodicha en un arrebato de inseguridad decicido ir a cortarse el pelo antes de quedar. Tras una demora de más de dos horas, me llamo diciendo que estaba en la parada de metro cercana. Me acerqué a recogerla en mi moto eléctrica.
Si, tengo una moto eléctrica. Mientras que una moto suele ir acompañada de unas connotaciones sexys, de rebeldía y de morbo, la mía produce risa. Tampoco os penséis que es la típica bici con una batería incorporada, y pegatinas de margaritas y símbolos de la paz. No. Es una scooter negra, simplona y cutre. Al menos no pretende ostentar. Es lo que es. Una moto eléctrica de fabricación china que me costo unos 250 euros (casco incluido).
rebosante de simpatía navideña, se subió, y con el inconfundible ruido de la batería eléctrica nos dirigimos hacia mi casa.
De camino, nos paramos a comprar comiditas para que ella cocinase. Entre el humor que tenia y viendo lo que quería preparar intente disuadirla para dejar las cocinitas para otro día. Eso, obviamente me costo otro disgusto. Sus enfados, aunque graciosos a primeras, empezaban a hacer mella en mi frágil paciencia. Una vez arriba nos serenamos. Deje que escogiese película, y eligió una de hombres lobo. Podía funcionar o podía ser un desastre.
A lo largo de los años, he experimentado el efecto que tienen las películas con el desenlace de la noche. Llegue a hacer la prueba con una misma chica y películas distintas, para poder descartar incógnitas de la ecuación. El resultado no pudo ser mas claro. El primer día vimos mi película fetiche. Una, con la que nunca ha habido error.No diré el titulo, por temor a que se pierda la magia. Una vez mas, no hubo fallo. A los pocos días repetimos. Mismo escenario, misma hora, misma chica, distinta película. El ambiente, incluso antes de empezar la película, era mas propicio que la noche anterior. Todo apuntaba a ser otra noche para el recuerdo. Película elegida: Holocausto Caníbal. Pues eso. Según acabo la película, los dos, todavía con nauseas, nos miramos bien, y sin necesidad de decir mas, cada uno se fuera a su cama..
La película, de una forma u otra cumplió su cometido. Además, era bastante mala, y a mi no me importo no verla en condiciones. A media película, no recuerdo quien busco a quien, pero de lo que estoy seguro es de que nos encontramos. Toda la mala leche, y toda esa determinación se perdió en un haz de suavidad y parsimonia. Hacia con ella lo que quería, y ella se dejaba llevar de un lado para otro. Estaba entregada. Sin embargo en un momento dado en la película hubo un gran alboroto (un hombre lobo se había comido a alguien, o vete tu a saber que), e hizo que recuperase su presencia de espíritu, se incorporase e intentase seguir viendo la película. Pese a que yo por aquel entonces ya estaba inmerso en otra dinámica muy distinta a la de la puñetera película, le concedi una tregua.
Intente recuperar el hilo, pero aquello era infumable. Afortunadamente, al rato, fue ella la que se me echo encima buscando mimos. Al hacerlo, no solo me encontró a mi. También encontró el resultado del magreo previo.
Uno siempre que lee la palabra pene se escandaliza un poco. Es un termino que además de sobresaltarnos, genera en nosotros un sentimiento de desapego. Pene no es un termino común. No es algo que identifiquemos como algo cotidiano. Suena a algo lejano. A lo que podía tener tu abuelo o Humphrey Boggart. Siempre me he dicho que si alguna vez tuviese que escribir acerca de este tipo de cosas lo haría con determinación, y sin tapujos, pero admito que no sale de una manera tan natural como cabe pensar. Pene, polla, cola, cipote, nardo... Volvamos al punto en cuestión.
-Que es esto? -Dijo mientras pasaba la mano por encima de los vaqueros, palpándome el pene.
-El cinturón- bromee yo.
-Ya claro. Esto no es el cinturón- Apunto ella con una voz seria.
Me dieron ganas de darme una palmada en la frente. De todas las chinas que había ahí fuera, realmente esta era la mas inteligente con la que me había topado? Tendría que haberle dicho: "Tienes razón. No es el cinturón. Es lo que te ha traído Papa Noel". Sabe Dios como habría respondido a eso.
Me serene. Muchas chicas, no captan ironías cuando hay pollas de por medio.
- Claro que lo es. Sino, míralo tu misma- Me apresure a decir riendo.
- Puedo?
-Eh... Si claro - dije titubeante. Realmente no sabía hasta que punto ella lo estaba diciendo en serio o no, hasta que me bajo los pantalones.
Por mucha naturalidad con la que lo cuente, aquel fue un momento extraño. Me reía, pero no puedo decir que estuviese del todo cómodo. Era una risa más bien nerviosa. La jodida película seguía, y yo con los pantalones bajados y la polla fuera, era objeto de inspección de una china curiosa. Me lo intente tomar con normalidad, como si esto me pasase todos los días. No resulto. Pasaron minutos y ella seguía observando y urgando como si intentase descifrar el misterio de la piedra roseta. Lo analizo desde todos los ángulos posible. Al cabo de un buen rato, y sin dejar de mirarme la entrepierna, dijo:
- Es muy grande.
- Bueno, no sé- Dije incomodo. Realmente la situación me estaba desquiciando.
-¿Como que no sabes? Es muy grande. Nunca había visto una así. ¿Esto es normal en Europa?
- Pues... Supongo. Desde luego no es algo descabellado. ¿Pero no me habías dicho que tu exnovio era australiano? - Recordé, mientras intentaba volver a tomar las riendas de la situación - Entendería el asombro si solo hubieras estado con chinos, pero habiendo salido con un extranjero, no acabo de entender de que te sorprendes...
-Si, pero no tenía nada que ver con eso- Dijo señalando casi de forma despectiva mi pene. Hacia tiempo que la situación había dejado de hacerme gracia. El tratar a mi pene como un ente extraño, aunque fuera algo que a la mayoría les hubiese enorgullecido, no me estaba sentado nada bien. Me recompuse como pude, e intente volver a ver la película como si no hubiese pasado nada.
Imposible. No había manera. Mi pene y yo estábamos incómodos. Estábamos molestos por esa inspección digna de un urólogo. Ella parecía haber disfrutado con todo aquello, y yo no me podía sentir mas idiota. Había conseguido incomodarme en mi propia casa. Solo había algo que podía hacer. Vendetta...
De una forma sutil volví al ataque, ganando posiciones centímetro a centímetro. Cada vez que cogía aire, yo ejercía presión con mis manos, solo para dejarlas resbalar cuando lo soltaba. Acompañando cada movimiento hice su cuerpo mio. Exploré cada rincón de este, mientras ella se perdía en murmullos incomprensibles. La vergüenza inicial dejo paso al mayor de los desenfrenos. Estaba poseída. Respondía a cada estimulo con espasmos y sollozos. Además, resultó que mi china era una de las pocas excepciones a la creencia popular de que las asiáticas no tienen pecho. Ella sola levantaba la media del país. Estaba desbordado. Daba igual donde mirase, yo solo veía tetas. Tenia que salir a coger aire entre zambullida y zambullida.
Me vengué del agravio que había sufrido previamente. Empece a urgar, tocar y besar su sexo. Pero a diferencia de ella, yo no la dejé con las ganas. A decir verdad no se quién disfrutaba más si ella sintiendo, o yo viendo como se perdía en el placer. Chilló. Chilló mucho. Nada más irse, me pidió más. Por segunda vez se corrió. Quedó rendida. Tumbada en la cama, apenas podía mantener los ojos abiertos. La miré con malicia. Había llegado el momento de desquitarme.
Fue divertido. Se quejaba, pero era incapaz de decirme que parara. Su propia curiosidad no la dejaba. Estaba descubriendo nuevos limites. Podia ver el miedo en sus ojos. Tan nitido. Tan real.
Me lo pase realmente bien aquella noche. La cena nunca llego, pero creo que a ninguno de los dos nos importó demasiado. Después de una segunda manga, miró la hora y me dijo que quería intentar coger el ultimo metro, porque en los taxis se mareaba. Es la peor excusa que me han puesto nunca para no quedarse a dormir, pero no me importo. Si no se queria quedar, yo tampoco iba a insistir. Había completado uno de mis objetivos en China. Es cierto que distaba mucho de mi concepto de china idílica, pero ese ideal había muerto la primera vez que vi escupir a una. Era momento de valorar la experiencia. Había pasado la tradicional noche de navidades haciendo cochinadas en la otra parte del mundo con una china pechugona. Algo me decía que estas navidades si las recordaría. La noche estaba salvada.
Volví a llevar a mi princesa a la parada de metro con mi raudo corcel. Y allí nos despedimos. Cuando ya estaba llegando a casa, me escribió un mensaje diciendo que había perdido el ultimo metro. Yo, que ya estaba mas dormido que despierto, le contesté con el típico mensaje de rigor. Le dije que sentía que hubiese perdido el ultimo tren; que había pasado una noche fantástica con ella; que esperaba volver a verla, y que durmiera bien. Mandé el mensaje y me metí en mi cama, con la sonrisa de un trabajo bien hecho.
Ella por su parte, nada más llegar a casa, me borro de la lista de contactos. Tanto del móvil, como de Skype. Me retiró la palabra.
No volví a saber de ella en dos semanas, y tardé otra semana más en convencerla para volver a quedar. Todo, porque en el mensaje, no me había preocupado por si llegaba bien a casa.
Cuanto me quedaba por aprender de este país...
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