domingo, 26 de febrero de 2012

Gargajos y otras exquisiteces...

Hoy el metro olia especialmente mal. Una mezcla de maiz hervido con sudor rancio. Quiero pensar que era un solo chino el que estaba condenando a todo el vagon con su tufo, pero era mucha peste para un solo responsable. Al cabo de un par de paradas, la peste me ha cambiado, literalmente de vagon.

Suerte la mia, que en el vagon donde he ido a parar, habia un chino haciendo sus lavativas matutinas. El recital ha comenzado con unos elegantes chasquidos con la lengua, que tenian por finalidad quitarse algo de entre los dientes. Al decimocuarto chasquido, la mierda que tenia entre los dientes seguia ahi. Ha parado? No, eso jamas. No solo no ha paradosino que ademas, en una arrebato de genialidad ha decidido annadir sustancia al asunto, por aquello de que cambiando la densidad de la baba, pudiese lubricar mejor. Con un fuerte garraspeo ha regurgitado babas, flema y parte de la cena del dia anterior. He estado tentado a dejar de leer y unirme a el dando palmas.

Al salir del metro y ver el color del cielo uno casi agradece los minutos que pasa bajo tierra. Respirar ese aire saciado, copado de aliento, garraspeos y estornudos, casi parece una bendicion si lo comparas con el aire de la superficie, donde la mierbla se mastica y cada garraspeo va siempre seguido del gargajo. Si. La superficie es una gran circo donde los chinos solidarizan sus intestinos con la acera. Ellos lo hacen. Ellas lo hacen.

De camino al trabajo mi vista solo se fijaba en las bocas con las que comparto el aire cada mannana. Me he puesto vizco, mirando esas comisuras donde brilla una patina de sebo, que relamen a todas horas. Me guste o no, estoy ligado a todos ellos. Compartimos el mismo aire. Me veo obligado a respirar su aliento. No hay mascara ni braga que te salve.

Hoy, no se muy bien porque, pero he llegado al trabajo con el estomago revuelto.

Primavera prematura...

Pekín ha empezado a deshelarse. Después de tres largos meses, el termómetro vuelve a marcar positivos en algunos momentos del día, y los gorros y guantes se muestran como accesorios adecuados, pero no imprescindibles. En el calor que el sol arroja a media mañana, ya se intuye el advenimiento de la primavera. Advenimiento... Realmente tengo que dejar de usar palabras tan rocambolescas. Rocambolescas. Joder, como estamos.

Pues eso, que el frio dice adios y llega el buen tiempo. El buen timepo y la luz. Es increible el efecto que tiene en mi la penumbra desde aquel invierno que pasé en Finlandia. Creo que es algo que me persigará de por vida. El solo hecho de salir de trabajar y percibir como los últimos rayos de sol, luchan por atravesar la mierda, es motivo suficiente para hacerme sonreír. Pese a todo mi blanco lechoso, me acompañará mientras siga aquí. Ni sol, ni luz, ni leches. No hay nada que traspase la mierda. Los americanos tienen escudos antimisiles. Los chinos tienen la mierda en suspensión. Mucho más práctica.

Llevo semanas soñando con pantalones cortos y chanclas (no todo iban a ser ranas en cocción). Semanas deseando enterrar el jodido anorak finés, que lejos de parecer un abrigo, parece una casa portátil. Y sobretodo, llevo semanas esperando a ver los primeros escotes. La primavera me altera. Me altera muchisimo. Me vuelve más bipolar, si cabe.

Sea como sea la llegada de la primavera, me hace ser positivo. Me hace tener ilusion por el futuro más inmediato. Los chinos, seguirán siendo chinos, pero el verano los hará ser chinos de verano. La diferencia de un chino de verano a un chino de invierno, la desconozco. Probablemente no la haya. Quien sabe. Puede que huelan peor, o que estén un poco más pegajosos, pero de lo que no me cabe duda es de que mi percepción cambiará, porque el Ian de verano poco tiene que ver con el Ian de invierno, y si algo he aprendido es que una misma realidad alberga distintos mundos, en función del cristal con el que se mire.

China se abre a mi, o yo me abro a ella. ¿Que más da? Tendremos que volver a hablar de tetas...

jueves, 16 de febrero de 2012

Historia de una rana...

Hace días que sueño con una rana. Es una rana simpática, de dibujos animados. Aparecía en el documental de Al Gore sobre el calentamiento global (ahora mismo no recuerdo como se llamaba). La rana era solo una ilustración para mostrar de una forma gráfica y sencilla, el poder de adecuación del ser humano. En mi caso, la adecuación a la mierda. 


En la película metían a la rana en una olla con agua hirviendo. Según la rana entraba, saltaba fuera (algo lógico). Ante un estimulo desagradable el acto reflejo entra en acción  A continuación repetían el experimento metiendo a la rana en agua fría, y la ponían la olla al fuego. La rana se mostraba placida en al agua, y aunque notaba que la temperatura iba aumentando, se quedaba dentro. Con esto intentaban explicar que aunque el resultado final fuera el mismo, al hacerlo de una forma mas espaciada en el tiempo, no respondemos igual ante un mismo estimulo. Obviamente eran dibujos animados. Nadie quiere ver como una rana se cuece viva.

De alguna forma u otra me he dado cuenta de que tengo que excusar a China. Apenas hago otra cosa que arremeter contra ella, y contra los principios de su sociedad. Es momento de asumir gran parte de la culpa. Mi vida en China es mierda porque yo, cual rana, me he dejado comer por ella, lenta y gradualmente. He dejado que la vida me arropase con ese manto de comodidad que tanto desprecio, y en vez de saltar de la cazuela de primeras, me he ido acostumbrándome a el calorcito, a la mierda. 


 China es un pais dificil. Nadie lo niega. Pero hacer lo mismo que el resto de expatriados no me está aportando ningún consuelo. Cada uno saca fuerzas a su manera, y lo que he hecho hasta ahora solo me ha debilitado. Salí de España huyendo de la comodidad y me he refugiado en algo mucho peor. Una comodidad que ni siquiera me pertenece. Que no es mía. No me complementa y me hace sentir un extraño de mi propia vida. Una comodidad que nada me aporta. Solo hay facilidad. Barata y sucia. Es momento de excusar a China, porque la he criticado sin llegar a hacerla mía. La he visto con ojos prestados. La he vivido sin ser yo.


Es momento de hacerme mi propio hueco. Es momento de saltar de la cazuela...

miércoles, 15 de febrero de 2012

Yo te perdono...

Cerca ya del quinto mes en China, los días iban cogiendo inercia. No me atrevería a hablar de rutina ya que mi estado mental impedía mantener algo constante en el tiempo. Si, cada día mi animo salía disparado en cualquier dirección, solo para caer y rebotar de nuevo. Había días que parecía volver el antiguo yo, pero solo era un espejismo, porque sin las pautas y la seguridad que da una estabilidad mental, solo queda fachada.

Quizás las palabras estabilidad mental suenen un poco mal. No os asustéis, no iba lamiendo los retrovisores de los coches por la calle. Simplemente no estaba bien. Había días que conseguía engañarme y pensar que todo estaba superado, aún sin entender que había que superar.


Luego estaban los otros días. Días en los que una noticia de un oso panda en un zoo hacía que se me saltaran las lágrimas, y donde la matanza de 200 refugiados me daba risa. Nada estaba sujeto a la lógica, y detrás de la risa y el llanto, era cada vez mas consciente de mi demencia. Aún y con todo, mi demencia era de lo único que conservaba de mi antiguo yo, solo que a un nivel bastante mas alarmante. Así paso, que ciertos arrebatos de locura, se convirtieran en un hábito fijo.


Hablaba con los chinos por la calle y en el metro (en perfecto castellano claro está). Les exponía las razones por las que su cultura me daba pena. Quizás lo que mas me entristeciese, fuera el saber que acabarían dominando el mundo a base de copiar y desvirtuar nuestros valores,  mancillando su propia historia. Les argumentaba que su gran nación era una metáfora perfecta del triunfo de los valores modernos sobre la ambivalencia de la diversidad. Sobre como la evolución de este mundo globalizado, les habia llevado a olvidar sus tradiciones y costumbres mas puras, y a malcopiar la estructura exterior de las culturas en alza, perdiendo en el camino cosas tan importantes como el respeto a la vida, la educción o la igualdad. Ellos me respondían con caras de desconcierto. Tampoco creo que de haberlo dicho en chino, su reacción hubiese cambiado mucho.


No tenia la menor duda de que el día que me cruzase con un chino que hablase español, me iba a dar de leches, y lo peor de todo es que yo no podría decir nada al respecto. Estaría totalmente justificado, ya que había veces que mis soliloquios no eran tan transcendentales y lejos de hablar de su mala educación o de la falta de principios, les llamaba abiertamente feos. Así dicho puede sonar cruel, pero no lo era. Me salia del corazón. Sin darme cuenta, me encontraba a menudo delante de algún chino, diciéndole cosas como: "Pobrecito mio, que feo eres", o "Eres un dolor". Cada rasgo facial me fascinaba y era motivo de largos estudios, en voz alta. Las orejas por lo general me asombraban, más incluso que los ojos y las narices. Además, la cara de pasmo que ponían al ver que les hablaba, solo agudizaba el nivel de los comentarios.


Desde que vi en mi demencia la vía de escape a mi cárcel de todos los días, las cosas han mejorado notablemente. Todo esto, no ha sido más, que otro paso de la evolución de mi estancia en China. Ya no les odio. Me apiado de ellos con una misericordia que nunca es recíproca. No importa. Eso solo recalca mi compasión. Desde que asumí este enfoque sigo teniendo altibajos, pero todo es más llevadero. No puedo decir que no tenga ganas de estrangularlos a todos de vez en cuando, pero sin duda el índice de chinocidio ha ido a menos.


El otro día sin ir más lejos, al salir del trabajo, me atropelló un chino en el parking de al lado del metro. Estuve atento y gracias a eso salve mis rodillas del parachoques con un ligero salto hacia atrás, no sin antes golpear con ambos puños el capo del coche. Lo golpee con toda mi alma, no tanto para coger el impulso del salto, sino para ver si con un poco de suerte se disparaba el airbag del flamante Cadillac. Por desgracia no salto, pero al menos conseguí que frenase de golpe. Con las manos aún sobre el capo y  los ojos inyectados en sangre, me quedé delante del coche, como un rinoceronte antes de cargar. El chino con cara de susto levanto las manos del volante y hundió la cabeza a modo de ruego. Se quedó así el tiempo que yo tarde en serenarme, que no fue poco. Con lentitud me incorpore, mientras le miraba a través del parabrisas, y de la misma manera que Amon Göth habla frente al espejo en La lista de Schindler, alce una mano y susurre: "I pardon you". Desgraciadamente, yo no tenia el fusil a mano.