Corría diciembre. Acababa de volver de Japón, y Japón estaba presente en cada acto y pensamiento. Era más real, estaba más vivo, que todo cuanto me rodeaba. Fuera de ese recuerdo, todo era mediocre.
En un abrir y cerrar de ojos la navidades se me echaron encima. Jacob, como buen expatriado, hijo y nieto, volvió a España. Yo no. Quiero pensar que no soy mal hijo, pero sin duda no soy un buen expatriado.
Al margen de las dificultades que suponía el visado, la opción de quedarme solo en China en navidades, me intrigaba. Una experiencia, que sin duda recordaría a lo largo de los años. La opción de vivir una China fuera de la tutela de Jacob me seducía. Iba a ser la primera vez que tuviese que vérmelas solo frente a la ciudad. Una oportunidad única para medirme, y hacerla un poco más mía. Pese a todo, lo sentía por mis padres, para los que esas fechas son un momento de unión familiar.
Además de todos estos pros y contras, estaba el factor chinas. Iba a hacer tres meses que había llegado a China, y seguía sin haber probado el producto nacional. Después de haber criticado tanto a Jacob por no haber estado nunca con un china la crítica se volvía contra mi. Decidí que era un buen momento para empezar a hacer los deberes.
Los contactos los tenía. Gracias a una web que Jacob me había recomendado un mes antes, me había puesto en contacto con chinas que sabían hablar ingles, o al menos escribirlo. Aquello era una red social de gente que vivía en Pekín. Había expatriados y había chinas. Básicamente un punto de encuentro para salvar las dificultades que se daban a la hora de mezclarte con la gente de aquí. Como en casi todas las redes sociales, tu colgabas una foto de perfil y esperabas a ver si despertaba interés. Aquello era un gran putiferio.
Dentro todas las chinas que dieron señales de vida, me hacía especial gracia, una de 27 años. Me gustaban sus aires prepotentes y su punto irónico (una novedad para ser autóctona). Iba de diva, y no me quedó otro remedio que bajarle los humos. Compensando la indiferencia con las pullas y el mamoneo, se convirtió en una persona casi normal.
La primera vez que nos vimos fue la semana antes de irme a Japón. Vivía cerca de mi trabajo, y quedamos a tomar una copa por la zona, un día entre semana. Cogí un taxi y ella le dijo por teléfono al taxista, como llegar al bar donde habíamos quedado. Esa sensación de dependencia, es una constante en China. No solo dependes de la buena voluntad del taxista en cuestion. Tambien dependes de la persona que le da la dirección. Te la juegas a ser objeto de bromas pesadas y que el taxista, acatando ordenes, te lleve a un descampado en las afueras deVillachinos de Arriba.
De una forma u otra conseguí llegar donde habíamos quedado. Estaba nerviosa, pero intentaba ocultarlo con determinación. Tras una brevisima introducción en la cual, me reprocho no se que, se encamino al bar. Andaba un metro por delante de mi. Yo la seguía con una sonrisa de maldad. Esto iba a ser divertido.
El bar resulto ser un restaurante, donde llovieron las puyas. Cada puya que me tiraba, hacia que me sintiera más cómodo. Dejaban ver más interés que otra cosa. Sin embargo las mías, la desarbolaban. Se paso mas de la mitad del tiempo indignada. Era gracioso ver como pese a sus 27 inviernos, y su aparente seguridad, con solo rascar un poco, salía la niña que nunca había dejado de ser. Demasiado fácil.
Soy un animal de costumbres. Y como toma de contacto aquello me pareció más que suficiente. Insistí en acompañarla a su casa, y una vez allí me despedí. Ella estaba de lo más desconcertada y así tenía que ser.
Como ya he dicho, no fue hasta que Jacob se fue en navidades a España, que no volví a quedar con ella. Recuerdo la fecha, 25 de diciembre, fun fun fun...
El plan era el de cocinar enmi casa, y ver una película. El hecho de pasar el día de navidades con una china, me parecía de lo más apetecible. Compartir un día que para mi normalmente significaba tan poco, con una persona para la que no significaba absolutamente nada, albergaba una sutileza de lo más morbosa para mi. Había caído sobre mi la responsabilidad de hacer que aquel día tuviese alguna reminiscencia de lo navidad debería de ser. Fue un fracaso. Ni siquiera lo intenté. Me pareció mas interesante el ver como son las navidades en un mundo no cristiano. Como era de suponer, el día no contó con ningún cariz distinto a cualquier otro, en cuanto a celebraciones se refiere.
La supuesta comida, se aplazo a la cena, ya que la susodicha en un arrebato de inseguridad decicido ir a cortarse el pelo antes de quedar. Tras una demora de más de dos horas, me llamo diciendo que estaba en la parada de metro cercana. Me acerqué a recogerla en mi moto eléctrica.
Si, tengo una moto eléctrica. Mientras que una moto suele ir acompañada de unas connotaciones sexys, de rebeldía y de morbo, la mía produce risa. Tampoco os penséis que es la típica bici con una batería incorporada, y pegatinas de margaritas y símbolos de la paz. No. Es una scooter negra, simplona y cutre. Al menos no pretende ostentar. Es lo que es. Una moto eléctrica de fabricación china que me costo unos 250 euros (casco incluido).
rebosante de simpatía navideña, se subió, y con el inconfundible ruido de la batería eléctrica nos dirigimos hacia mi casa.
De camino, nos paramos a comprar comiditas para que ella cocinase. Entre el humor que tenia y viendo lo que quería preparar intente disuadirla para dejar las cocinitas para otro día. Eso, obviamente me costo otro disgusto. Sus enfados, aunque graciosos a primeras, empezaban a hacer mella en mi frágil paciencia. Una vez arriba nos serenamos. Deje que escogiese película, y eligió una de hombres lobo. Podía funcionar o podía ser un desastre.
A lo largo de los años, he experimentado el efecto que tienen las películas con el desenlace de la noche. Llegue a hacer la prueba con una misma chica y películas distintas, para poder descartar incógnitas de la ecuación. El resultado no pudo ser mas claro. El primer día vimos mi película fetiche. Una, con la que nunca ha habido error.No diré el titulo, por temor a que se pierda la magia. Una vez mas, no hubo fallo. A los pocos días repetimos. Mismo escenario, misma hora, misma chica, distinta película. El ambiente, incluso antes de empezar la película, era mas propicio que la noche anterior. Todo apuntaba a ser otra noche para el recuerdo. Película elegida: Holocausto Caníbal. Pues eso. Según acabo la película, los dos, todavía con nauseas, nos miramos bien, y sin necesidad de decir mas, cada uno se fuera a su cama..
La película, de una forma u otra cumplió su cometido. Además, era bastante mala, y a mi no me importo no verla en condiciones. A media película, no recuerdo quien busco a quien, pero de lo que estoy seguro es de que nos encontramos. Toda la mala leche, y toda esa determinación se perdió en un haz de suavidad y parsimonia. Hacia con ella lo que quería, y ella se dejaba llevar de un lado para otro. Estaba entregada. Sin embargo en un momento dado en la película hubo un gran alboroto (un hombre lobo se había comido a alguien, o vete tu a saber que), e hizo que recuperase su presencia de espíritu, se incorporase e intentase seguir viendo la película. Pese a que yo por aquel entonces ya estaba inmerso en otra dinámica muy distinta a la de la puñetera película, le concedi una tregua.
Intente recuperar el hilo, pero aquello era infumable. Afortunadamente, al rato, fue ella la que se me echo encima buscando mimos. Al hacerlo, no solo me encontró a mi. También encontró el resultado del magreo previo.
Uno siempre que lee la palabra pene se escandaliza un poco. Es un termino que además de sobresaltarnos, genera en nosotros un sentimiento de desapego. Pene no es un termino común. No es algo que identifiquemos como algo cotidiano. Suena a algo lejano. A lo que podía tener tu abuelo o Humphrey Boggart. Siempre me he dicho que si alguna vez tuviese que escribir acerca de este tipo de cosas lo haría con determinación, y sin tapujos, pero admito que no sale de una manera tan natural como cabe pensar. Pene, polla, cola, cipote, nardo... Volvamos al punto en cuestión.
-Que es esto? -Dijo mientras pasaba la mano por encima de los vaqueros, palpándome el pene.
-El cinturón- bromee yo.
-Ya claro. Esto no es el cinturón- Apunto ella con una voz seria.
Me dieron ganas de darme una palmada en la frente. De todas las chinas que había ahí fuera, realmente esta era la mas inteligente con la que me había topado? Tendría que haberle dicho: "Tienes razón. No es el cinturón. Es lo que te ha traído Papa Noel". Sabe Dios como habría respondido a eso.
Me serene. Muchas chicas, no captan ironías cuando hay pollas de por medio.
- Claro que lo es. Sino, míralo tu misma- Me apresure a decir riendo.
- Puedo?
-Eh... Si claro - dije titubeante. Realmente no sabía hasta que punto ella lo estaba diciendo en serio o no, hasta que me bajo los pantalones.
Por mucha naturalidad con la que lo cuente, aquel fue un momento extraño. Me reía, pero no puedo decir que estuviese del todo cómodo. Era una risa más bien nerviosa. La jodida película seguía, y yo con los pantalones bajados y la polla fuera, era objeto de inspección de una china curiosa. Me lo intente tomar con normalidad, como si esto me pasase todos los días. No resulto. Pasaron minutos y ella seguía observando y urgando como si intentase descifrar el misterio de la piedra roseta. Lo analizo desde todos los ángulos posible. Al cabo de un buen rato, y sin dejar de mirarme la entrepierna, dijo:
- Es muy grande.
- Bueno, no sé- Dije incomodo. Realmente la situación me estaba desquiciando.
-¿Como que no sabes? Es muy grande. Nunca había visto una así. ¿Esto es normal en Europa?
- Pues... Supongo. Desde luego no es algo descabellado. ¿Pero no me habías dicho que tu exnovio era australiano? - Recordé, mientras intentaba volver a tomar las riendas de la situación - Entendería el asombro si solo hubieras estado con chinos, pero habiendo salido con un extranjero, no acabo de entender de que te sorprendes...
-Si, pero no tenía nada que ver con eso- Dijo señalando casi de forma despectiva mi pene. Hacia tiempo que la situación había dejado de hacerme gracia. El tratar a mi pene como un ente extraño, aunque fuera algo que a la mayoría les hubiese enorgullecido, no me estaba sentado nada bien. Me recompuse como pude, e intente volver a ver la película como si no hubiese pasado nada.
Imposible. No había manera. Mi pene y yo estábamos incómodos. Estábamos molestos por esa inspección digna de un urólogo. Ella parecía haber disfrutado con todo aquello, y yo no me podía sentir mas idiota. Había conseguido incomodarme en mi propia casa. Solo había algo que podía hacer. Vendetta...
De una forma sutil volví al ataque, ganando posiciones centímetro a centímetro. Cada vez que cogía aire, yo ejercía presión con mis manos, solo para dejarlas resbalar cuando lo soltaba. Acompañando cada movimiento hice su cuerpo mio. Exploré cada rincón de este, mientras ella se perdía en murmullos incomprensibles. La vergüenza inicial dejo paso al mayor de los desenfrenos. Estaba poseída. Respondía a cada estimulo con espasmos y sollozos. Además, resultó que mi china era una de las pocas excepciones a la creencia popular de que las asiáticas no tienen pecho. Ella sola levantaba la media del país. Estaba desbordado. Daba igual donde mirase, yo solo veía tetas. Tenia que salir a coger aire entre zambullida y zambullida.
Me vengué del agravio que había sufrido previamente. Empece a urgar, tocar y besar su sexo. Pero a diferencia de ella, yo no la dejé con las ganas. A decir verdad no se quién disfrutaba más si ella sintiendo, o yo viendo como se perdía en el placer. Chilló. Chilló mucho. Nada más irse, me pidió más. Por segunda vez se corrió. Quedó rendida. Tumbada en la cama, apenas podía mantener los ojos abiertos. La miré con malicia. Había llegado el momento de desquitarme.
Fue divertido. Se quejaba, pero era incapaz de decirme que parara. Su propia curiosidad no la dejaba. Estaba descubriendo nuevos limites. Podia ver el miedo en sus ojos. Tan nitido. Tan real.
Me lo pase realmente bien aquella noche. La cena nunca llego, pero creo que a ninguno de los dos nos importó demasiado. Después de una segunda manga, miró la hora y me dijo que quería intentar coger el ultimo metro, porque en los taxis se mareaba. Es la peor excusa que me han puesto nunca para no quedarse a dormir, pero no me importo. Si no se queria quedar, yo tampoco iba a insistir. Había completado uno de mis objetivos en China. Es cierto que distaba mucho de mi concepto de china idílica, pero ese ideal había muerto la primera vez que vi escupir a una. Era momento de valorar la experiencia. Había pasado la tradicional noche de navidades haciendo cochinadas en la otra parte del mundo con una china pechugona. Algo me decía que estas navidades si las recordaría. La noche estaba salvada.
Volví a llevar a mi princesa a la parada de metro con mi raudo corcel. Y allí nos despedimos. Cuando ya estaba llegando a casa, me escribió un mensaje diciendo que había perdido el ultimo metro. Yo, que ya estaba mas dormido que despierto, le contesté con el típico mensaje de rigor. Le dije que sentía que hubiese perdido el ultimo tren; que había pasado una noche fantástica con ella; que esperaba volver a verla, y que durmiera bien. Mandé el mensaje y me metí en mi cama, con la sonrisa de un trabajo bien hecho.
Ella por su parte, nada más llegar a casa, me borro de la lista de contactos. Tanto del móvil, como de Skype. Me retiró la palabra.
No volví a saber de ella en dos semanas, y tardé otra semana más en convencerla para volver a quedar. Todo, porque en el mensaje, no me había preocupado por si llegaba bien a casa.
Cuanto me quedaba por aprender de este país...