Salimos del hotel a la carrera, sintiéndonos auténticos prófugos de la soporífera imposición italiana. La chica en el fondo no estaba tan mal, pero había algo en ella que me sacaba de quicio. No se si era su mirada o su risa. Es la típica persona que te desconcierta cuando la miras a los ojos. Es complicado llegar a saber que está mirando. Es como si todo el esfuerzo se centrase en que los dos ojos mirasen en una misma dirección. Las mentes que hay detrás de esos ojos son mentes peligrosas. Una vez oí que la única diferencia entre el tonto y el malvado, es que el malvado a veces se toma un descanso. En cuanto a la risa es el ejemplo de risa boba por antonomasia. Esas risas que te ponen sobre aviso de que la persona que tienes enfrente es capaz en cualquier momento de atragantarse con la servilleta o meterse un tenedor por la oreja.
Pues eso. Dejamos atrás a la italiana y nos lanzamos a la noche japonesa como Dios lo tenía intencionado. Nos dirigimos hacia el metro. El recorrer las calles con una compañía femenina era muy distinto a hacerlo solo. No por que yo me cortase en presencia de nadie, sino por que ellas si que lo hacían. En un momento nos convertimos en parte del producto de la noche. Todo estaba abierto a la compra venta en ese gran mercado que es la noche.
Según Jacob yo tengo un problema con las japonesas. Alega que me gustan todas. Yo discrepo, y puntualizo. Me encantan casi todas. No se que es lo que tienen pero lo tienen. Se puede llamar clase. Hay gente que lo llama maneras. Yo las llamo mujeres. Si. Saben lo que son, y se gustan, y se encantan, y saben que a ti te gustan. Hacen que te gusten. Hacen que te encanten. La manera de mirar, que incita deseo, lujuria y timidez. Esto último es fundamental. Es lo que hace que no te sientas en un burdel. Es lo que hace que sientas que detrás de todas esas minifaldas y botas altas, hay pequeñas historias deseando ser desveladas. Sin duda es estresante. Tantas historias y una sola vida para liberarlas a todas. Me recuerda al anillo de poder.
El camino al metro no dio opción a mucho. Muchas miradas. Muchos cuellos que se giraban a nuestro paso, entre miradas de reojo, pero nada más. Era viernes y teníamos una ciudad por explorar. Decidimos empezar la noche por el bar donde habíamos conocido al grupo de gente internacional el día anterior. Era un bar normal, con gente normal, y buen ambiente. Nada sofisticado. Lo que se define como buen "flow".
Milagrosamente fuimos capaces de llegar. El milagrosamente ya no es solo por la complejidad del sistema de metro de Tokyo, sino por que la noche anterior nos habíamos recorrido media ciudad en busca de un garito animado. Sea como sea, lo encontramos. Estaba más animado que el día anterior. Nos pedimos una primera ronda, y nos metimos en costuras. Había un par de japonesas muy monas sentadas en una mesa cerca de donde la gente bailaba. De hecho la gente bailaba entre las mesas. Lo dicho, buen flow.
Un japones de traje se nos acercaba. Se veía que necesitaba socializar. Buscaba contacto visual. Debía haber salido de trabajar hacía poco. Olía a cubículo y soledad. Sin duda no era lo que necesitaba esta noche. Haciendo una maniobra de dispersión, Jacob fue a pedir otra ronda mientras yo me escabullía en el grupo que teníamos al lado. Al hacerlo choque contra un tipo bajito con coleta y americana. Habría jurado que era yo el que le empujaba, pero el se dio la vuelta pidiéndome perdón. Aprovechó para presentarse. No se porqué pero recuerdo su nombre. John.
John era de Sao Paulo, y lo que era más importante, John conocía a medio bar. Me presentó a las japonesas y a otro par de amigos que andaban por ahí. Al fondo del bar, vi a un americano del día anterior que también corrió a saludar. Para cuando Jacob volvió con las copas, aquello era una verbena. Al poco tiempo John decidió que era momento de cambiar de bar, y nos invitó a ir con él. Por el rabillo del ojo vi al japonés de traje más hundido aún en su propia miseria. De verás lo sentía. Cualquier otro día me habría tomado una copa con el, y le habría intentado meter en la onda, pero no hoy.
Ya en la calle, listos para migrar a otro bar, John nos presento a un amigo japones. Daíta. Las japonesas venían con nosotros. El japonés se mostro un poco rehacia de primeras, y insistio en volver al bar a tomarse una última copa antes de migrar. Según lo decía me dió la sensación de que lo que quería era perdenos de vista. Las cuentas salían mejor sin nosotros. Dos japonesas, el y John encajaba a la perfeción sin tener que llevar a dos españoles con ansias de noche. Me equivoqué.
Nada más entrar de nuevo al bar, Daita me recomendo invitar a las japonesas a una copa. La imagen global cambio. Por un momento me plantee si Daita era el chulo de las dos japonesitas. Me negué a invitarlas, alegando que apenas había cruzado dos palabras con ellas. El dijo que justamente por eso. Invitándolas a copas, eso se podría remediar. Agradecí la recomendación, pero me negué. Según estaba pidiendo las copas para Jacbo y para mi, Daita se acercó, pidió dos más, y le dijo al camarero que le cobrase las cuatro. Eso me terminó de descolocar. ¿Que clase de chulo te invita a una copa despues de negarte a invitar a sus chicas? Le agradecí el gesto a Daita, y me acerque a Jacob y para decirle que Daita nos había invitado a esa ronda. El tambien se sorprendio. Mientras tanto vi como Daita les daba las dos copas a sendas japonesas. No entendía nada. La única explicación era que Daita era un tío simpático.
Apartir de ese punto todo paso muy deprisa. Recuerdo que invite a Daita a la siguiente ronda, y cuando me quise dar cuenta estábamos ya en la calle. Le pregunte por John, y me dijo que no le esperásemos, que John iba a intentar terminar la noche pronto llevándose a alguna de las japonesas a casa. Un tipo listo el tal John. No se en que momento habíamos decidido cambiar a las dos japonesas, por un par de colombianos. También había una coreana. Tras una breve presentación, nos separamos para coger dos taxis. Jacob con los colombianos, yo con Daita y la coreana. Según me metía en el taxi, miré a Jacb, dudando sobre si nos volveríamos a ver alguna vez más. Otra vez pequé de desconfianza.
La noche fue sencillamente grandiosa. Estuvimos en 4 discotecas distintas. En todas y cada una de ellas, Daita me invito a la entrada. Yo intentaba abastecerle a copas una vez dentro, pero tenía la sensación de que la balanza seguía ostensiblemente vencida a su favor. Las discotecas estaban llenas de mujeres guapísimas. Tanto japonesas como occidentales. El gusto por las formas hacía de la noche japonesa un prontuario de bellezas exóticas. Daita no hacía más que presentarme a amigas. Estaba saturado. La manera de mirar de Daita cada vez que me presentaba a una, me decía que el ya había estado con todas. Le pregunte sobre sus gustos. Sentía curiosidad por conocer las reglas del juego allí. También quería estar seguro de que tanto invitación y tanta copa gratis no fuera dar pie a ningún mal entendido. Entre risas, me dijo que las japonesas ya le aburrían. Que prefería coreanas, por la sencilla razón de que lo tenían más apretado. Me pregunté para mis adentros, con cuantas japonesas habría tenido que estar el muy cabrón para haberse cansado de ellas.
Los colombianos por su parte resultaron ser unos tipos de lo más curiosos. Uno de ellos se sorprendió cuando le dijimos que éramos arquitectos.
-¿Si? Yo siempre tuve la duda de si ser arquitecto o dedicarme al porno. - dijo entre risas. Todos nos reímos- Finalmente me acabé decantando por el porno. Es un negocio donde nunca faltará demanda. Por muy mal que vaya el mundo siempre habrá gente que se la machaque.- Yo no podía parar de reír. Al cabo de un rato, Jacob me contó que no era broma. El jodido colombiano era productor de cine porno en Japón.
Tras varios tanteos con la coreana, vi que no habría pelea. El terreno estaba listo para hacer de ella el colofón de una noche para el recuerdo. Pero llegado el momento de elegir, me decanté por seguir de fiesta con Jacob y Daita. Había sido una gran noche. Recuerdo en el camino de vuelta mirar a las vías del metro sin temor, pensando que lo único malo que había en esa ciudad era lo que pudiese salir de mi cabeza. Nada que no saliese de mi podría hacerme daño.
Llegamos a las 7 al hotel, con unos 10.000 yenes menos. Pese a los numerosos gestos de Daita, lo noche nos había salido por mas de 100 euros por barba.
Sobra decir que al día siguiente no estábamos a las 9 desayunados en recepción. Nos despertamos entorno a la 1, y a las 2 ya estábamos recorriendo las calles de Ginza. Era sábado y las calles de la zona estaban cortadas al tráfico. Algo parecido a la quinta avenida sin coches. Era impresionante la escala que adquiría la ciudad cuando ibas caminando por mitad de la calle. La ciudad era mía. A esas alturas yo ya estaba en pleno ataque de ansiedad. Quería volver, y todavía no me había ido.
Serian ya las 4 y decidimos acercarnos a la bahía andando. A eso de las 6, ya con el atardecer, conseguimos llegar a la bahía. En contraposición con el resto de la ciudad, el paseo marítimo estaba desierto. Recuerdo decir para mis adentros: Nota mental, cuando me mude a Tokyo, si necesito tranquilidad solo tengo que acercarme al paseo marítimo un sábado por la tarde... Ingenuo.
miércoles, 25 de enero de 2012
martes, 24 de enero de 2012
Asobu...
Mis días se convirtieron en un reducto del tiempo que pasaba despierto. Fuera, los fuegos artificiales celebraban mi hundimiento. Con cada petardo me veía mas inmerso en la mierda que me rodeaba. En gran parte porque nuestra Hayi llevaba sin venir a recoger ya una semana. Es increíble la de mierda que se puede acumular en siete días. Y yo, esponja de todo cuanto me rodea, me veía afectado por el estado de mi entorno. Me convertía en un despojo más de la casa.
Intenté sacar fuerzas para limpiar. Conseguí dejar mi cuarto hecho una patena, pero cuando llego el momento de limpiar las áreas comunes, asumí resignado el enorme poder de la entropía. El desorden reina en el universo, y sin duda reinaba en mi salón. Me llegué a plantear que pasaría cuando Jane, nuestra Hayi, por fin apareciese por la puerta. Algo me decía que a sus ojos, yo no sería nada más que desorden, y que no dudaría en cogerme en volandas junto con el resto de la basura y tirarme al contenedor.
Me pasaba los días leyendo o escribiendo o oyendo música. Es increíble la unión casi mística que hay entre la música clásica y una casa sin recoger. El Bolero de Ravel, casi hacía que la mierda circulase frente a mis ojos, marchando para mi. Las Arias de Bach sin embargo la elevaban a un plano casi celestial. Pero quizás lo más asombroso fueran las Estaciones de Vivaldi. Veías pasar un año entero a través de los distintos estados de mierda que te rodeaban. El tiempo volaba, y cuando te querías dar cuenta ya había llegado el verano, solo para volver a dar paso al invierno al mirar por la ventana.
Hay una palabra japonesa fantástica que define mi estado de esparcimiento. Asobu. La definición mas inmediata quiere decir jugar, pero como todo en Japón, Asobu es objeto de una segunda interpretación más profunda. En japonés, cuando uno no trabaja, se le llama Asobu. Pese a todo queda lejos de la palabra ocio, que tanto me irrita.
Dejémoslo claro. Yo no estoy ocioso. Yo estoy en la mierda. Hago auténticos esfuerzos por mimetizarme con cuanto me rodea en mi casa. Jacob, sin embargo, está ocioso. Hoy mismo se ha ido a un lago para patinar con el resto de espats. Eso es ocio, lo mío es una forma de vida. Tengo que estar en sintonía con el casquillo de cerveza que me bebí ayer por la noche, con la chapa que hay en el suelo, con la servilleta llena de mocos que hay sobre la mesa, junto a las migas de pan y la bolsa de cacahuetes. Solo entonces, cuando entre en sintonía con cuanto me rodea, y entienda lo que soy, podré saber que cojones hacer con mi vida. Hasta entonces, seguiré viendo la mierda desfilar al ritmo de los tambores de Ravel.
Me retiro, hoy estoy de asobu...
Uno más...
Eran las 9:30 de la mañana, y yo me preguntaba si sabría encontrar mi paradero en un mapa mundi. Estaba preso en una la sala de conferencias del club social de un complejo de investigación de paneles fotovoltaicos, entre Changzhou y Nanjing. A mi izquierda, sentado en el lado largo de la gran mesa de conferencias, mi jefe. A mi derecha la nada. Enfrente, el director, el jefe de arquitectos, y el encargado del proyecto de la constructora local. A todos los efectos: tres jodidos chinos. Presidiendo la mesa, el dueño del club social, director y presidente del complejo de investigación de desarrollo fotovaltaico. Un tipo bastante feo, pero imponente.
En la habitación también había dos chinos del servicio técnico intentando arreglar el proyector. Todo un clásico de las reuniones en China. Todavía no he estado en una reunión en la que hayamos conectado el ordenador y la cosa haya ido fluida. Cuando se consigue ver la imagen, sale teñida o partida. Es un ritual. Ellos empiezan a traer cables y mas cables. Reinician ordenador y proyector diecisiete veces. Nada.
El yo de antes habría hecho algo por enterarme o ayudar. Ahora solo me limitaba a ver las caras del jefe. Tiene que ser realmente desesperante, ser dueño de un emporio multimillonario que acaba de empezar a cotizar en bolsa, y que en tu centro social, específicamente diseñado para días tan contados como ese, no funcione el puto proyector. Pero eso es China, y el lo sabía. Sabía que es ley de vida. Ley de vida china. Por eso no estaba gritando, ni pidiendo explicaciones. Callado, serio y aburrido, todo lo que podía hacer era resignarse. Era casi orgásmico.
Normalmente estas cosas me entusiasman y me habrían dado ánimo para el resto del día, pero como ya he dicho, eran las 9:30 de la mañana, en un punto perdido de China. Además del sueño, había otro factor importante. Hacía frío. Mucho. El club social lo habían abierto expresamente para esa reunión, y obviamente a nadie se le ocurrió poner la calefacción un ratito antes. Para terminar de rematar la función, tenía la rejilla de la calefacción diametralmente enfrente, escupiéndome aire frío a la cara.
De ahí mi estado de letargo, de ahí que todo me la picase un poco. De ahí que todavía tuviese la bufanda puesta con dos vueltas alrededor del cuello, hasta la nariz. El estado de torpor invernal, me afecta cual mosca. Es algo que me pasa a menudo.
A mi derecha la pantalla seguía luciendo el logotipo del proyector. Ni rastro de la presentación. Quince minutos antes, al menos se podía ver la presentación embebida en un amarillo mostaza. El amarillo le daba un toque de lo más apocalíptico a los fotomontajes de mi proyecto. Solo faltaba Robert Duvall diciendo: Me gusta el olor a napalm por la mañana. Si, pero eso había sido hacía 15 minutos, y eso era China. En 15 minutos había dado tiempo a que llegase otro chino del servicio técnico con otro cable. Otro cable traído con la promesa de quitar el napalm del cielo. El resultado: un fondo negro con el nombre del proyector en rojo. Meiyo napalm, meiyo proyecto. (nota para la gente de bien; Meiyo: trancripción al español de la particula de negación china).
Mentiría si dijera que sé como se arregló el problema. Mi estado no lo permitía. Solo sé que empezó la presentación. Una mirada inquisitiva de mi jefe hizo que me intentase incorporar en la silla. Quiero pensar que lo logré.
Todo a punto, mi jefe empezó a hablar sobre mi proyecto, el primero de las cuatro propuestas que habíamos traído. La segunda era la de Vomitito, la tercera la del indio y la cuarta la había hecho mi jefe, a raíz de lo que le había dicho el director de la constructora local, la noche anterior. Mi cabeza voló a aquel encuentro.
Era medianoche, y mi jefe y yo estábamos repasando la presentación en su habitación del hotel, cuando llego el director de la constructora local. Mi jefe me lo presentó. Cuando abrió la boca para saludar, pude percibir un olor que hasta el momento desconocía. Ahora sé que era Baijo, licor chino. Matarratas con etiqueta.
Entre los tres repasamos la presentación. Bueno, yo me limitaba a ver como pasaban diapositivas. El chino de la constructora interrumpía a mi jefe, en lo que a mis ojos parecía un gran delirio alcohólico. Cogiendo las dos tarjetas del hotel que había en la mesa se enzarzo en una pelea personal por hacerse entender. “Nos” explico lo que el gran magnate le había dicho que quería. Una idea que nada tenía que ver con ninguna de nuestras propuestas. Pese a mi falta de chino pude ver como mi jefe contestaba con evasivas, y hacía por dar por terminada la reunión. Así fue. Cinco minutos más tarde los dos escoltamos al chino de la constructora hasta la puerta de la habitación. Yo me despedí, todo lo educado que pude, y mi jefe hizo lo mismo. Lo que ocurrió después fue lo tengo grabado a cámara lenta en mi cabeza.
Nada más cerrarse la puerta mi jefe se volvió a mi, y acto seguido se volvió a girar hacia la puerta con un gesto violento, haciendo un corte de mangas de lo mas grotesco al chino que acababa de abandonar la habitación. Por un momento me quedé helado, pero al rato no pude evitar empezar a reír. Luego a modo de escusa me dijo que el muy “capullo” le llamaba cada noche, borracho perdido, para hacerle saber lo muy agradecido que estaba de compartir este proyecto con nosotros.
Volvimos a la mesa donde todavía estaban las tarjetas del hotel a modo de edificios, y me explico lo que quería el capullo le había dicho que quería el cliente. Me dijo que haría rápidamente una propuesta de lo que querían, para demostrar que era mucho peor que cualquiera de las nuestra. Le ofrecí mi ayuda, y me dijo que no. Que la haría mal adrede para enfatizar los errores que esta tenía de base. Me dijo que teníamos que intentar disuadir al cliente para que cogiese mi propuesta. Contento y aliviado me despedí y me dirigí a mi cuarto. En cuanto se cerró la puerta a mi espalda, imaginé a mi jefe haciendo lo mismo que unos minutos antes había hecho con el de la constructora. Pese a todo sonreí.
Si, mi jefe me caía bien. Salí del estado de trance y le vi a mi lado, hablando ya sobre el proyecto de Vomitito. Algo me decía que iba a ser el proyecto que iban a elegir. El mío era demasiado complejo. Demasiado ambicioso. Demasiado caro. Empecé a pensar en lo insoportable que podría ser la convivencia con el si eligiesen su proyecto sobre el de cualquiera de los otros. Me resigne, de la misma forma que el gran jefazo se había tenido que resignar con el proyector.
La presentación avanzaba, pero el frío no cesaba. Notaba como poco a poco me iba anquilosando en el gran sillón. Mi cuello desparecía alrededor de la bufanda y el torpor se adueñaba de mi. Los tres chinos de la constructora no habían parado de fumar desde la primera diapostiva, y la masa de humo se iba solidificando en contraste con la luz mortecina que envolvía la gran sala.
En un estado ya de congelación máxima, con el aire gélido soplándome en la cara, de repente lo vi. Entre el humo en suspensión, un dragón sobrevolaba la habitación. Mis ojos se quedaron clavados en él, mientras este se revolvía en su parsimonia. Al cabo de un largo rato entre el miedo y el asombro, conseguí mirar de reojo a los presentes. En efecto. Ninguno lo veía. Yo me rehundí más en el sillón, intentando pasar desapercibido.
Con cada calada de los cigarrillos el humo hacía que el dragón ganase consistencia y peso. Con cada calada, se aproximaba más. Absorto mi jefe se dirigió a mi. Yo me incorporé e incliné la cabeza hacía el sin dejar de mirar a esa serpiente con cabeza de león.
- El proyecto que hice ayer para disuadirles les ha encantado- mascullo- El de la torre -el del indio- no les ha gustado. Y de los otros dos prefieren el tuyo. Voy a intentar disuadirles para que lo escojan sobre el que hice ayer, aunque va a ser complicado. Dicen que es demasiado complejo, y no entienden el concepto de edificio "eco-friendly".
-Aja...- asentí, mientras bajaba la cabeza para evitar que el dragón me tocase.
Miré a mi jefe una vez más, para cerciorarme si el no era consciente de que un dragón sobrevolaba nuestras cabezas. Nada. Ni siquiera me sorprendió como un tío que cotizaba en bolsa gracias a los paneles fotovoltaicos no supiera lo que es un edificio verde. A fin de cuentas, era China. Yo tenía la mente en otras cosas. No lo podía entender. ¿Como no lo podían ver? El humo era ya un solido que volaba en círculos sobre todos nosotros, alimentándose con cada calada que ellos despreciaban. A no ser...
Entonces lo entendí. El humo salia de ellos, no de los cigarrillos. El humo eran ellos, y el dragón era ese espíritu que todos tenían dentro. El dragón era China. No lo veían porque todos pertenecían a él, del mismo modo que el les pertenecía a ellos. Una gota de sudor frío resbalo por mi nuca. Solo faltaba un cabo por atar: ¿Que hacía ahí el dragón? Por mucho que me resistía a contestarme, hacía tiempo que todo encajaba en mi cabeza. El dragón estaba ahí para hacerme uno de ellos. Uno de los suyos.
Con terror vi como el humo cambiaba su recorrido. En vez de trazar círculos, empezó a trazar ochos. Cada vez mas rápido. Se estaba perfilando. Me terminé de hundir en la silla, sabiendo que cualquier grito sería despreciado por todos los presentes. Ellos ya lo tenían dentro, y ahora me tocaba a mi. Sin más aviso, el dragón descendió como una flecha hacia mi. Aprovecho mi exhalación de terror para entrar, todo lo largo que era, por mi boca. Los músculos se agarrotaron mientras un fogonazo dorado salía de mis ojos.
En ese preciso momento, mi jefe se volvió a mi y con una media sonrisa de complicidad me dijo en un perfecto chino:
-Vamos a coger la opción cuatro. ¿Alguna objeción?
-Ninguna – conteste devolviendo la sonrisa mientras que de mis ojos rasgados aún salían hilos de oro...
sábado, 7 de enero de 2012
Domingo de ceniza...
Me levanté sumido en la mierda que envuelve las mañanas en Pekín. El sol se esforzaba por atravesar la seta tóxica , sin ningún éxito. Pese a todo era agradable el intento. Lo aprecié. Recordé la noche anterior. Y la derrota se cernio sobre mi. Odio ese olor. Me incorporé en la cama y al hacerlo vi mi reflejo en el cristal del baño. Solo la cabeza. Una cabeza llena de malos pensamientos. Una cabeza que no tenía un buen día.
Nunca me han gustado los domingos, pero con el tiempo he aprendido a odiarlos de una manera especial. Los aborrezco con cariño. Ese odio que pese a todo dibuja una sonrisa estupida en tu cara. Masoquismo.
Sin duda este domingo presumía ser un domingo de aceptación. Aceptar que me habían chuleado. La cosa no tenía más misterio. Yo había contestado a un mensaje y la réplica nunca llegó. Incluso cuando yo escribí una segunda vez. Nada. El más doloroso de los silencios. Recordé las veces que había mirado el movil la noche anterior, y como cada vez que lo hacía mi ánimo me iba abandonando. Imbécil.
Había mil razones que podrían explicar el porqué no tuve respuesta, pero muy en el fondo yo sabía que solo eran excusas. La razón como siempre suele ser la más obvia. El asesino siempre es el de la pistola humeante, y el tonto el de la baba colgando. Todo lo demás son hipotesis, que nos debilitan. No contesto porque no quiso. Si, hoy iba a ser un domingo largo.
Cuando alguien se tiene en tan alta estima, el simple hecho de no recibir un mensaje, sienta realmente mal. Te planteas si la otra persona es idiota, pero sabes que no lo es. Sino, no te gustaría. Entonces te planteas si es un problema de falta de conociemiento. De si realmente la otra persona supiera más sobre ti, no habría contestado uno, sino tres mensajes. Te vuelves a mentir, y eso es lo que más te molesta. No quieres caer en la trampa de ponerte excusas baratas. Simplemente tienes que entender que no siempre se puede ganar. Menuda mierda.
Un mensaje. Un misero puto mensaje y aquí estoy. Planteandome los principios de mi condición humana. Sin duda el amor propio es una arma de doble filo. Te sientes seguro hasta que las cosas no encajan. Entonces el más estupido de los detalles abre una puerta a la duda, y todo se tambalea. Te das cuenta de que la seguridad en uno mismo no se basa en afrontar los triunfos con la cabeza alta, sino en aceptar la derrota. Estar seguro de uno mismo en la victoria no tiene merito. Cualquier pedazo de mierda se siente grande cuando gana. Si no, mira a los políticos. Lo jodido es seguir sabiendo de la grandeza de uno en la derrota. Se trata en seguir confiando en uno, tras el fracaso. Encajarla y saber que eso no cambia nada, por que tu vales más. Saber, que los agentes externos no demuestran lo que eres, porque lo que eres, lo llevas dentro y solo tu lo sabes.
Un puto mensaje. Patético.
domingo, 1 de enero de 2012
Japon...(1/2)
Este último mes ha sido bastante caótico. Otro viaje a Wuhan, visita de una espinita, mi cumpleannos, nuevo proyecto en el estudio, visita de mis padres, viaje a Japon y navidades. Podria hacer de cada una de ellas un mundo. Explayarme y enredarme con los detalles. Sin duda hay cosas que bien merecen ser contadas, pero no ahora. Sería de lo mas impersonal, al no tener, la cabeza donde la tengo que tener. La cabeza se quedó en Japón.
La vuelta ha sido dura. Prácticamente todo lo que hago y pienso, lo contrasto con como sería una vida ahí. Desde que entré en el avión con rumbo a Tokyo, el mundo cogió unos tintes más amables. Ya en el propio embarque una señora me cedió el paso. Yo no reaccioné. No tenía claro que pasaba. Una vez ya dentro del avión un señor que estaba terminando de meter su chaqueta en el compartimento superior, bloqueando el paso por unos instantes, se giro y me pidió perdon. Yo mire para atrás. No sabía que ocurría. No sabía a quien se lo decía. No entendía que había podido hacer mal. Luego comprendi que no era un reproche, sino una disculpa. Disculpa. Que palabra tan bonita. Todavia no se como se dice perdon en chino. Lo he preguntado en varias ocasiones. Se lo pregunté a Jacob a la semana de estar aquí y después de un año viviendo aquí no me lo supo decir. A los chinos que se lo he preguntado se han reido de mi. Para ellos es como si le preguntases como se dice escafandra. Tiene la misma utilidad.
En el asiento de al lado tenía sentada a una china-americana del estudio. Chica aparentemente simpática, con muchos prejuicios hacia la sociedad china. Muchos, si, pero no tantos como servidor. Pese a sus prejuicios, como buena china, se llevo para el viaje una bolsa llena de tuppers con comida, para paliar el hambre y atufar al vecino (en este caso, por desgracia, yo). Pese a todo, podia haber sido peor.
El grupo de viaje se dividia en dos. Por un lado los del estudio (unos 10 chinos, el jefe, la italiana, Jacob y yo) y por otro, unos 15 chinos que iban por libre. La razon de esto era por que en Japon no dejan entrar a chinos que no viajen en grupo y con guia, por miedo a que se queden. Todos los paises que rodean a China tienen unos extrictos controles de inmigracion para evitar la colonizacion silenciosa de la marea amarilla.
El grupo de viaje se dividia en dos. Por un lado los del estudio (unos 10 chinos, el jefe, la italiana, Jacob y yo) y por otro, unos 15 chinos que iban por libre. La razon de esto era por que en Japon no dejan entrar a chinos que no viajen en grupo y con guia, por miedo a que se queden. Todos los paises que rodean a China tienen unos extrictos controles de inmigracion para evitar la colonizacion silenciosa de la marea amarilla.
Aterrizamos en Narita, uno de los dos aeropuertos de Tokyo. De la puerta de embarque a la recogida de maletas me sonrió y me saludó mas gente que en los casi 3 meses que llevo en China. A Jacob, defensor aférrimo del estilo de vida que un espatriado puede llevar en China, casi se le saltaban las lágrimas. Yo estaba en trance. Todo era demasiado bonito. Una pareja de ancianitos terminaron de coger las maletas de la cinta trasportadora, y empezaron a despedirse del resto de su grupo de viaje. Después de reverenciarse hasta la saciedad entre ellos, siguieron haciendo lo mismo con nosotros, que estábamos al lado. Obviamente, me falto tiempo para devolver el saludo mediante golpes de cabeza. Todo me parecia de lo mas fascinante.
Hacía un día realmente gris. Gris plomo. Gris lluvia. Me gusta llegar a las ciudades en días así, casi tanto como irme de ellas lloviendo. Es como si la ciudad se estuviese preparando para darte su mejor cara, y luego llorase tu marcha.
Había algo extraño en el paisaje. Se veía como real. Demasiado real. Le había quitado esa pátina de mierda invisible que cubre todo Pekín. Incluso en el día gris, se percibía una luz distinta. Una luz no tamizada por el humo.
Tardamos una hora en llegar al hotel. La primera sensación que tuve al entrar en la capital, fue de agobio. La ciudad era un hervidero. No de coches, sino de vida. La autopista está metida con calzador, suspendida sobre el resto de la ciudad, y a escasos metros de los edificios. Todo está congestionado. Todo era distinto. Jacob y yo nos miramos, con una mirada entre el miedo y el asombro.El autobús por fin salió de la vía rápida y encontró su camino al hotel. Los chinos salieron en estampida.
Esperando a que nos dieran una habitación, la italiana se nos acopló. Le dijo a Jacob que contásemos con ella para los planes, y Jacob que es un poco blando y tiene una conciencia traicionera para estas cosas, cedió. Quedamos en llamarla para cenar y subimos a la habitación.
Era una habitación triste. No era solo porque fuera pequeña y apenas tuviera luz. Era una habitación triste en esencia. Sin embargo el baño aunque cutre y raquítico estaba provisto con uno de los grande adelantos de la tecnología nipona: el siempre mítico cagadero japonés. En cuerpo, es un cagadero convencional con un pequeño cuadro de mandos, pero en alma, es un claro ejemplo de la mentalidad japonesa. Lejos de contentarse con un aparato que se traga los deshechos, ¿porqué no terminar de hacer todo el trabajo sucio? Y ya puestos, ¿porqué no de la forma más calida y acogedora posible? En efecto. No solo está provisto de un chorrito con presión regulable, sino que el propio asiento es calefactable. Lo de cagar en caliente es todo una experiencia. Lo del chorrito ya es cuestión de gustos. Yo, pese a que soy reacio a cualquier tipo de contacto en el ojete, reconozco que el resultado es óptimo. A Jacob, obseso hasta límites enfermizos de los bidés, le terminaron de enamorar.
Una vez resueltas las necesidades escatológicas, nos dispusimos a salir. En un acto de buena fé, cometimos el error de llamar a la italiana, como habiamos acordado. Error que pagaríamos el resto de nuestra estancia. Ese día nos limitamos a dar una vuelta por las inmediaciones del hotel buscando un restaurante. Era miercoles, y nos sorprendió la cantidad de gente que recorría las calles. Pese al tamaño descomunal, Tokyo es una ciudad que invita a ser andada. La escala de la calle, y de la acera, eleva al peatón a lo más alto de la jerarquía urbana.
Sin duda lo que más me sorprendió de todo el viaje, y lo que más agradecí, es el respeto por el espacio de cada uno. Es espectacular estar en la primera fila de un semaforo y ver como con la luz verde, se te viene encima una riada de gente, que poco tienen que envidiar a las falanges romanas. La primera vez, instintivamente cerré los ojos, y tensioné los musculos, esperando el contacto. Cuando volví a abrir los ojos, japoneses pasaban raudos a mi lado sin apenas rozarme. Como un banco de peces ante un tiburón, fluian todos alrededor de todos sin un mínimo tropiezo. Me acordé de la escena de Dirty Dancing: "Este es mi espacio, este es el tuyo. Yo no entro en tu espacio, y tu no entras en el mío. Y ahora, bailemos el cha cha cha". Una filosofía a copiar.
Después de pasear calle arriba y calle abajo, nos decantamos por un restaurante bastante concurrido, basándonos en la regla fundamental de supervivencia en un pais extranjero: Ve siempre donde vayan los autóctonos. Hay que reconocer que en Asia eso te puede costar un disgusto. Por eso siempre hay que acompañar la primera regla con una segunda. Nunca preguntes que te estás comiendo. Desde que migre a China, que yo sepa he comido tortuga, anguila y burro. Hago especial hincapié en el "que yo sepa".
Esa noche no hicimos mucho más. Salimos del restaurante entorno a las 11 de la noche, y la ciudad seguía llena de movimiento. No veía claro que hubiera una hora punta. Aquello parecía un movimiento continuo e inagotable. Entramos en un edifico de recreativos. El sonido de monedas y bolas cayendo era ensordecedor. Respiré el mismo ambiente de vidas decadentes que ya había respirado en las Vegas. Pese a todo la estética era distinta. Todo lo era. Desde las operarios de las obras, hasta los que repartían panfletos de publicidad. Demasiado que asimilar.
Al día siguiente habíamos quedado a las 9 para salir a ver el parque Ueno con el jefe. Llegamos a menos cinco, y para mi sorpresa, no había ni un solo chino del estudio. Solo estábamos el sector internacional, y el jefe. A las 9:05 se canso de esperar y nos dispusimos a ver la ciudad. El jefe iba bastante a su bola, y parecía que era él el que tenía más intención de perdernos de vista. Nos separamos pronto.
La arquitectura en Japón sigue los mismos patrones que el resto de su cultura. Minimalismo, sencillez, pureza, respeto, calidad y gusto por el detalle. Cada arbol una elogio a la naturaleza. A la libertad y al pasado. Supongo que la palabra que prima es la de respeto. Respeto a las formas, al gusto y a la vida.
Nos pasamos el día recorriendo la ciudad. Andándola. Haciéndola nuestra. El tiempo nos acompañaba y todo cuanto veíamos acompañaba a nuestro ánimo. Me sorprendió una vez más la complejidad de la escala. Como una ciudad tan grande, podía trasmitir la sensación de pequeño pueblo. Niños de 6 y 8 años volvían del colegio solos, recorriendo la gran urbe. La ciudad más poblada de la tierra.
Después de todo el día fuera, volvimos al hotel a descansar. Era jueves y nos faltaba por conocer la otra mitad de la ciudad. Su faceta nocturna. Tras una siesta en condiciones bajamos al super que había dentro del propio hotel a abastecernos. Compramos hielo y mezcla. Todo dispuesto para unas copas previas en la habitación. La pedorra de la italiana, decidió no comprarse alcohol y gorronear del nuestro, pese a mi mirada reticente. Se me estaba cruzando por momentos.
Salimos por una zona que nos había recomendado un espat de Pekín. La ciudad seguía con su habitual trajín, pero los sitios de fiesta estaban bastante vacíos, en uno de ellos conocimos a un grupo de gente que estaba de paso. Nos unimos (o mejor dicho, se unieron a nosotros)formando un grupo bastante variopinto. Había una irlandesa, un francés, un americano, la italiana y cerrando filas, Jacob y yo. Nadie tenia claro donde ir, así que nos siguieron. Después de un par de fracasos, conseguimos encontrar una discoteca decente.
La discoteca estaba animada. Casi todo japos, salvo un grupo de británicos. Estos últimos, todos con camisa de rayas. Distintos colores, distintos tamaños, pero todos con la misma facha de tontos. Mirándose los unos a otros buscando en su parecido la seguridad que obviamente ninguno tenía. No pude evitar hacer un comentario sobre la pena que me daba la gente que carecía de gusto propio a Jacob. Se ofendió. Se ofendió mucho. Quizás porque entendió mis palabras como una crítica a hacia la gente que se encuentra más cómoda en grandes grupos, entre los cuales el se incluye, o quizás por que los consideró compañeros expatriados. No lo sé. La cuestión es que la mierda empezó a volar entre el y yo. Decidí dejarle con el grupito con el que estábamos, visto que él los valoraba más que yo.
Fui a por otra copa, y me subí al piso de arriba, que era una zona más tranquila. Al poco se me acerco un japonés, gordito y entrañable. Su inglés era paupérrimo, pero lo intentaba con todas sus ansias. Tras ser capaz de decirle que era español, y que no era un loco del fútbol me volví a bajar abajo. Me pedí otra copa y mientras oteaba lo que había de valor en la discoteca noté como alguien me abrazaba suavemente por detrás. Rápidamente, miré a mi tripa, donde las manos se acababan de entrelazar. Afortunadamente eran femeninas. Me intenté dar la vuelta para verle la cara a la criatura. No era fácil. Es como intentar mirarse la mochila sin quitársela. Con un escorzo, entreví a una japonesita con los ojos medio entornados y con una amplia sonrisa. Calculé que llevaba unas 2 o 3 copas de más. Su amiga me miro con cara de angustia e intento hacer que me soltara. La sonreí y le hice un gesto de que no se preocupase. Un poco más aliviada, me devolvió la sonrisa, y inclinó la cabeza a modo de reverencia. Me gustaban las formas. Me volví a girar, aún abrazado por su amiga, y al cabo de un rato sentí como apoyaba su cabeza contra mi espalda. Yo seguí bebiendo y mirando como los japoneses socializaban, mientras una de ellas dormía a mi vera. Si. Sin duda me podía acostumbrar a esto.
Al día siguiente, muy en contra de mis formas, no hablé de nada de lo ocurrido el día anterior con Jacob. Supuse que el lo prefería así. A lo largo del día la situación volvió a la normalidad, mientras seguíamos recorriendo otros barrios de Tokyo. Hoy se nos habían unido dos chinas del estudio, y habíamos perdido a la americana.
La ciudad y su gente me seguía sorprendiendo. En un momento dado, preguntamos por indicaciones sobre un edificio y la mujer se fue corriendo, solo para volver unos minutos mas tarde con un plano impreso en su casa. La gente dice que nunca sabe lo que puede estar pensado un japones detrás de tantas reverencias, y que es gente de la que desconfiar. No estoy de acuerdo, y aunque así lo fuera, benditos sean.
Las maniobras de evasión esa noche para escabullirnos de la italiana fueron dignas de película de espías. Jacob en un alarde de facultades, la lío para que se quedase con las chinas viendo un último edificio mientras nosotros nos íbamos al hotel a dormir la siesta. Más tarde me toco a mi disuadir a Jacob, para que no cogiese el teléfono ni abriera la puerta tras numerosos intentos. No nos quedó mas remedio que acabarnos la botella del día anterior en un silencio mortecino, ya que su habitación estaba contigua a la nuestra. En cuanto desistió de llamarnos más, y se bajo a cenar, nos apresuramos a ducharnos, cambiarnos y salir echando leches. Así empezó la noche del viernes.
(por continuar...)
Había algo extraño en el paisaje. Se veía como real. Demasiado real. Le había quitado esa pátina de mierda invisible que cubre todo Pekín. Incluso en el día gris, se percibía una luz distinta. Una luz no tamizada por el humo.
Tardamos una hora en llegar al hotel. La primera sensación que tuve al entrar en la capital, fue de agobio. La ciudad era un hervidero. No de coches, sino de vida. La autopista está metida con calzador, suspendida sobre el resto de la ciudad, y a escasos metros de los edificios. Todo está congestionado. Todo era distinto. Jacob y yo nos miramos, con una mirada entre el miedo y el asombro.El autobús por fin salió de la vía rápida y encontró su camino al hotel. Los chinos salieron en estampida.
Esperando a que nos dieran una habitación, la italiana se nos acopló. Le dijo a Jacob que contásemos con ella para los planes, y Jacob que es un poco blando y tiene una conciencia traicionera para estas cosas, cedió. Quedamos en llamarla para cenar y subimos a la habitación.
Era una habitación triste. No era solo porque fuera pequeña y apenas tuviera luz. Era una habitación triste en esencia. Sin embargo el baño aunque cutre y raquítico estaba provisto con uno de los grande adelantos de la tecnología nipona: el siempre mítico cagadero japonés. En cuerpo, es un cagadero convencional con un pequeño cuadro de mandos, pero en alma, es un claro ejemplo de la mentalidad japonesa. Lejos de contentarse con un aparato que se traga los deshechos, ¿porqué no terminar de hacer todo el trabajo sucio? Y ya puestos, ¿porqué no de la forma más calida y acogedora posible? En efecto. No solo está provisto de un chorrito con presión regulable, sino que el propio asiento es calefactable. Lo de cagar en caliente es todo una experiencia. Lo del chorrito ya es cuestión de gustos. Yo, pese a que soy reacio a cualquier tipo de contacto en el ojete, reconozco que el resultado es óptimo. A Jacob, obseso hasta límites enfermizos de los bidés, le terminaron de enamorar.
Una vez resueltas las necesidades escatológicas, nos dispusimos a salir. En un acto de buena fé, cometimos el error de llamar a la italiana, como habiamos acordado. Error que pagaríamos el resto de nuestra estancia. Ese día nos limitamos a dar una vuelta por las inmediaciones del hotel buscando un restaurante. Era miercoles, y nos sorprendió la cantidad de gente que recorría las calles. Pese al tamaño descomunal, Tokyo es una ciudad que invita a ser andada. La escala de la calle, y de la acera, eleva al peatón a lo más alto de la jerarquía urbana.
Sin duda lo que más me sorprendió de todo el viaje, y lo que más agradecí, es el respeto por el espacio de cada uno. Es espectacular estar en la primera fila de un semaforo y ver como con la luz verde, se te viene encima una riada de gente, que poco tienen que envidiar a las falanges romanas. La primera vez, instintivamente cerré los ojos, y tensioné los musculos, esperando el contacto. Cuando volví a abrir los ojos, japoneses pasaban raudos a mi lado sin apenas rozarme. Como un banco de peces ante un tiburón, fluian todos alrededor de todos sin un mínimo tropiezo. Me acordé de la escena de Dirty Dancing: "Este es mi espacio, este es el tuyo. Yo no entro en tu espacio, y tu no entras en el mío. Y ahora, bailemos el cha cha cha". Una filosofía a copiar.
Después de pasear calle arriba y calle abajo, nos decantamos por un restaurante bastante concurrido, basándonos en la regla fundamental de supervivencia en un pais extranjero: Ve siempre donde vayan los autóctonos. Hay que reconocer que en Asia eso te puede costar un disgusto. Por eso siempre hay que acompañar la primera regla con una segunda. Nunca preguntes que te estás comiendo. Desde que migre a China, que yo sepa he comido tortuga, anguila y burro. Hago especial hincapié en el "que yo sepa".
Esa noche no hicimos mucho más. Salimos del restaurante entorno a las 11 de la noche, y la ciudad seguía llena de movimiento. No veía claro que hubiera una hora punta. Aquello parecía un movimiento continuo e inagotable. Entramos en un edifico de recreativos. El sonido de monedas y bolas cayendo era ensordecedor. Respiré el mismo ambiente de vidas decadentes que ya había respirado en las Vegas. Pese a todo la estética era distinta. Todo lo era. Desde las operarios de las obras, hasta los que repartían panfletos de publicidad. Demasiado que asimilar.
Al día siguiente habíamos quedado a las 9 para salir a ver el parque Ueno con el jefe. Llegamos a menos cinco, y para mi sorpresa, no había ni un solo chino del estudio. Solo estábamos el sector internacional, y el jefe. A las 9:05 se canso de esperar y nos dispusimos a ver la ciudad. El jefe iba bastante a su bola, y parecía que era él el que tenía más intención de perdernos de vista. Nos separamos pronto.
La arquitectura en Japón sigue los mismos patrones que el resto de su cultura. Minimalismo, sencillez, pureza, respeto, calidad y gusto por el detalle. Cada arbol una elogio a la naturaleza. A la libertad y al pasado. Supongo que la palabra que prima es la de respeto. Respeto a las formas, al gusto y a la vida.
Nos pasamos el día recorriendo la ciudad. Andándola. Haciéndola nuestra. El tiempo nos acompañaba y todo cuanto veíamos acompañaba a nuestro ánimo. Me sorprendió una vez más la complejidad de la escala. Como una ciudad tan grande, podía trasmitir la sensación de pequeño pueblo. Niños de 6 y 8 años volvían del colegio solos, recorriendo la gran urbe. La ciudad más poblada de la tierra.
Después de todo el día fuera, volvimos al hotel a descansar. Era jueves y nos faltaba por conocer la otra mitad de la ciudad. Su faceta nocturna. Tras una siesta en condiciones bajamos al super que había dentro del propio hotel a abastecernos. Compramos hielo y mezcla. Todo dispuesto para unas copas previas en la habitación. La pedorra de la italiana, decidió no comprarse alcohol y gorronear del nuestro, pese a mi mirada reticente. Se me estaba cruzando por momentos.
Salimos por una zona que nos había recomendado un espat de Pekín. La ciudad seguía con su habitual trajín, pero los sitios de fiesta estaban bastante vacíos, en uno de ellos conocimos a un grupo de gente que estaba de paso. Nos unimos (o mejor dicho, se unieron a nosotros)formando un grupo bastante variopinto. Había una irlandesa, un francés, un americano, la italiana y cerrando filas, Jacob y yo. Nadie tenia claro donde ir, así que nos siguieron. Después de un par de fracasos, conseguimos encontrar una discoteca decente.
La discoteca estaba animada. Casi todo japos, salvo un grupo de británicos. Estos últimos, todos con camisa de rayas. Distintos colores, distintos tamaños, pero todos con la misma facha de tontos. Mirándose los unos a otros buscando en su parecido la seguridad que obviamente ninguno tenía. No pude evitar hacer un comentario sobre la pena que me daba la gente que carecía de gusto propio a Jacob. Se ofendió. Se ofendió mucho. Quizás porque entendió mis palabras como una crítica a hacia la gente que se encuentra más cómoda en grandes grupos, entre los cuales el se incluye, o quizás por que los consideró compañeros expatriados. No lo sé. La cuestión es que la mierda empezó a volar entre el y yo. Decidí dejarle con el grupito con el que estábamos, visto que él los valoraba más que yo.
Fui a por otra copa, y me subí al piso de arriba, que era una zona más tranquila. Al poco se me acerco un japonés, gordito y entrañable. Su inglés era paupérrimo, pero lo intentaba con todas sus ansias. Tras ser capaz de decirle que era español, y que no era un loco del fútbol me volví a bajar abajo. Me pedí otra copa y mientras oteaba lo que había de valor en la discoteca noté como alguien me abrazaba suavemente por detrás. Rápidamente, miré a mi tripa, donde las manos se acababan de entrelazar. Afortunadamente eran femeninas. Me intenté dar la vuelta para verle la cara a la criatura. No era fácil. Es como intentar mirarse la mochila sin quitársela. Con un escorzo, entreví a una japonesita con los ojos medio entornados y con una amplia sonrisa. Calculé que llevaba unas 2 o 3 copas de más. Su amiga me miro con cara de angustia e intento hacer que me soltara. La sonreí y le hice un gesto de que no se preocupase. Un poco más aliviada, me devolvió la sonrisa, y inclinó la cabeza a modo de reverencia. Me gustaban las formas. Me volví a girar, aún abrazado por su amiga, y al cabo de un rato sentí como apoyaba su cabeza contra mi espalda. Yo seguí bebiendo y mirando como los japoneses socializaban, mientras una de ellas dormía a mi vera. Si. Sin duda me podía acostumbrar a esto.
Al día siguiente, muy en contra de mis formas, no hablé de nada de lo ocurrido el día anterior con Jacob. Supuse que el lo prefería así. A lo largo del día la situación volvió a la normalidad, mientras seguíamos recorriendo otros barrios de Tokyo. Hoy se nos habían unido dos chinas del estudio, y habíamos perdido a la americana.
La ciudad y su gente me seguía sorprendiendo. En un momento dado, preguntamos por indicaciones sobre un edificio y la mujer se fue corriendo, solo para volver unos minutos mas tarde con un plano impreso en su casa. La gente dice que nunca sabe lo que puede estar pensado un japones detrás de tantas reverencias, y que es gente de la que desconfiar. No estoy de acuerdo, y aunque así lo fuera, benditos sean.
Las maniobras de evasión esa noche para escabullirnos de la italiana fueron dignas de película de espías. Jacob en un alarde de facultades, la lío para que se quedase con las chinas viendo un último edificio mientras nosotros nos íbamos al hotel a dormir la siesta. Más tarde me toco a mi disuadir a Jacob, para que no cogiese el teléfono ni abriera la puerta tras numerosos intentos. No nos quedó mas remedio que acabarnos la botella del día anterior en un silencio mortecino, ya que su habitación estaba contigua a la nuestra. En cuanto desistió de llamarnos más, y se bajo a cenar, nos apresuramos a ducharnos, cambiarnos y salir echando leches. Así empezó la noche del viernes.
(por continuar...)
50 Razones para odiarte...
Otro día en el trabajo, de esos en los que la mente vuela mientras el cuerpo se queda en estado vegetativo. ¿Realmente hay muchas cosas que me saquen de quicio en Pekin, o por el contratio siempre son las mismas? Veamos. Estoy harto de:
- la polucion
- la censura
- la velocidad de internet
- el pollo sin deshuesar
- la gente escupiendo por la calle
- los empujones
- la falta de sensibilidad
- la falta de respeto
- que no hablen ingles
- el agua no potable
- el agua hirviendo en los restaurantes
- el sabor del agua embotellada
- la continua pelea
- que todo se rompa
- las distancias
- la falta de educacion
- la hostilidad
- no entender los carteles
- el ambiente tercer mundista
- la capa de mierda que todo lo cubre
- la tos
- los chinos maltratando a las chinas
- los negros vendiendote droga
- sentirme un extraño
- que no haya canales internacionales en la tv
- la vpn
- lo obtusos que son
- vomitito
- que ponga lima en el gintonic
- la cerveza caliente
- los billetes pequeños
- el olor a maiz en el metro
- la falta de higiene
- la falta de estética
- la falta de calidad
- que no tengan sentido del humor
- los baños de agujero
- el papel higienico en la oficina
- el tener que llevar mascarilla
- el frio
- la nieve sucia
- que no se esfuercen por entenderte
- saber que nadie moveria un dedo por ti
- tener que pegarme por conseguir un taxi
- repetir 5 veces el nombre de las calles
- pagar antes de que te traigan la copa
- saber que te la van a jugar
- chinos vomitando en los restaurantes
- tener que hablar como los indios para que me entiendan
- otra vez vomitito
- jugarte la vida cada vez que cruzas la calle
- el licor chino
Joder, que miedo. Con que facilidad salen...
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