miércoles, 24 de octubre de 2012

Entrevistas en Japón...



Septiembre se acercaba, y mi salida de China era inminente.  Había vuelto de las vacaciones de verano con ansias de cambio. No más escupitajos en el suelo, ni gruñidos de taxistas. No. Pensaba cumplir el año y migrar.

A la vuelta de las vacaciones, había pasado por Singapur con la intención de hacer un par de entrevistas. Todo fue sobre la marcha, improvisado y decepcionante. Quizás falló el margen de tiempo (escribir con tres días de antelación exigiendo audiencia, no es una estrategia muy recomendable). Quizás fue el que no hubiese actualizado el curriculum desde que salí de la carrera, o quizás, simplemente no di la talla. Sea como fuese, me pasé dos días recorriéndome Singapur, sin conseguir una sola entrevista.

Admito que la ciudad me dejó un poco más frío que la primera vez que había estado. Si. Sigue siendo una ciudad que ralla en la utopía, pero le falta carácter  Todo funciona, todo está limpio y todo es... Demasiado snob. Descafeinado. Un tío asocial y borracho, con aspiraciones de poeta no encaja en una ciudad así.

De modo que una vez en Pekín, y rehecho mi portfolio, centré toda mi atención a ese viejo conocido, que tanto me había entusiasmado. Apreté los dientes y me dispuse a enviar. En dos semanas mandé más de cien curriculums a  Japón. Sabía que era complicado. En la mayoría de sitios no contratan a extranjeros, y en los que lo hacen, suelen pedir que hables japonés. Además con la espantada general de arquitectos por el mundo debido a las diversas crisis, estamos en superávit.

Me contestaron unos 15, diciéndome que gracias por el interés mostrado, pero que sin ser fluente en japonés, bien podía peinarme. Algunos incluso me dijeron que si aprendía japones, que les volviese a contactar. Pues gracias.

Afortunadamente, tres me contestaron diciendo que estaban interesados. El primero consistía en 2 semanas de prácticas no pagadas, en base a las cuales, optabas a un puesto en el estudio. Hicieron especial hincapié en que las prácticas no garantizaban un puesto al final de las mismas.

Los otros dos se tomaron en serio la parte de mi mail donde decía que me iba a mudar a Japón a final de mes, y me contestaron, interesados en una entrevista. A la semana siguiente estaba volando rumbo a Japón.

Hay algo mágico en volar de China a Japón. Percibes la hostilidad y la envidia. Percibes como la gente se va volviendo más educada y ves como los chinos se van retrayendo, conscientes de que el suelo que pisan ya no es la madre patria. Se vuelven más callados. Menos grotescos. Disfruto viendo como se encogen.

Llegué al aeropuerto de Haneda pasado el medio día, y mi primera entrevista era a las 4 de la tarde. Quería pasar por el hotel primero, y  para no andar apurado de tiempo decidí coger el taxi. En Japón el transporte es prohibitivo, por lo que aunque me dolió pagar los 56 euros de taxi, por un trayecto de 20 minutos, no me terminó de sorprender.

Tras surtirme de mapas me lancé a la calle en busca de una entrevista. Salvando las dificultades del metro de Tokyo llegué a la entrevista , media hora antes. Aproveché para dar un paseo por el barrio. Era un barrio residencial de casas bajas, con comercios a pie de calle. Parecía agradable, y algo venido a menos. Pero se respiraba autenticidad a borbotones.

El jefe del estudio era un japones de unos cincuenta años. Me pareció un tipo simpático y correcto. La entrevista fue bien. Estuvimos hablando de mi trabajo en China, ya que para mi desgracia, la mitad de los proyectos del estudio eran allá. Mostró gran interés por mis proyectos, y tras media hora de charla, me dijo abiertamente que estaba interesado en contratarme, y que esperaba tener noticias mías la semana siguiente. Antes de despedirse me sugirió que hablase con un arquitecto americano y otro de Singapur, para ver como funcionaban las cosas en el estudio.

No voy mentir. Desde el minuto tres de la conversación me cayó francamente mal el americano.  Parecía esforzarse en pintármelo todo negro. Me dijo que pese a trabajar al lado de un buen amigo suyo, el ritmo en la oficina le impedía verle más de una vez cada dos meses. Me contó numerosas batallitas de días en los que apenas podía comer de la cantidad de trabajo que tenía. Cuanto más hablaba mas jilipollas me parecía.

Mi ceja izquierda se paso toda la conversación levantada como muestra de escepticismo  Me habría gustado poder levantar la derecha para darle descanso a la izquierda, pero tristemente solo lo sé hacer con una. El seguía narrándome batallas de las injusticias del mundo japonés para con los arquitectos. Era increíble lo variedad tan surtida de infortunios que se sabía. Yo con educación y sin el conocimiento suficiente para cuestionarle, escuchaba en silencio.

Su forma de hablar era nerviosa y destartalada, y sus ojos, saltones iban al ritmo de sus palabras, mirándolo todo de una manera frenética. De vez en cuanto echaba las pupilas para atrás, como si el ojo no quisiera seguir en aquella cara, solo para volver a mirar adelante, al tiempo que se arrancaba con alguna frase fuera de lugar.
  
 El tiempo seguía pasando y las historias seguían llegando. Ya cuando intentó convencerme de lo fácil que era la vida en China comparada a lo que me iba a encontrar en Japón, le acabé de hacer la cruz. Le interrumpí. Eso le puso aún más nervioso. Aproveché el espasmo que esto le produjo para empezar a contarle yo mis vivencias en China. El hecho de que no hablase hacía que moviese los ojos aún más. Con cada historia que le contaba, se sentía cada vez más contrariado. Sus ojos entraron en un estado de epilepsia, y decidí que era mejor no seguir. Si explotaban, salpicaría.

Debería haberme quedado con las pocas frases que conseguí enlazar con el singapurense, antes de que ojos locos nos interrumpiara con alguna historia con final fatidico. Debería, pero por más que lo intenté no pude. Salí de la entrevista ya de noche. Chispeaba, y el barrio que antes me habia parecido una zona agradable y autentica ahora tenia un cariz siniestro. Maldije a ojos locos por sembrar dudas donde antes había ilusión.  Aquella noche cai rendido nada más llegar al hotel.

Me desperté al día siguiente aún con sueño. La otra entrevista la tenía a las 3 de la tarde, cerca de la estación de Shibuya, a unos 15 minutos  andando desde mi hotel. Paseé por el barrio hasta que se hizo la hora. 

La segunda entrevista, fue mucho más informal. El estudio era un cuarto de no más de 30 metros cuadrados, regentado por un arquitecto alemán. Cuando le dije que el día anterior había hecho otra entrevista pareció molesto. Me dijo que estaban esperando la aprobación de dos proyectos grandes, y de ser así, necesitaría contratar a alguien. Su mirada inquisidora me sacó de quicio. Me miraba como si no creyera nada de cuanto le decía, y tuviese que urgar en el interior de mi retina para sacar la verdad. 

Me sentí aliviado al salir de ese cuartucho, pero al instante se cernió sobre mi el vacío. Ya había hecho las entrevistas, y estaba en mi mano el venir a trabajar a Tokyo. Me quedé parado en mitad de la acera.  Mil voces susurraban en mi cabeza. Sorprendentemente la más audible de todas era la del miedo.

“Esperabas otra cosa, ¿verdad? ¿Esperabas la voz de la alegría? ¿Tal vez la de la superación? Pues no. Claro que están ahí, pero ahora mismo soy yo la que ocupa tus pensamientos. Esto es solo el principio, y tu lo sabes. Dentro de poco te enfrentarás a lo que más temes. La insatisfacción. Has conseguido lo que tanto querías. Que insensato eras si pensabas que no me ibas a encontrar aquí, esperándote. Ahora es cuando más tienes que perder. Si tus expectativas son más fuertes que tus ilusiones, llegará el vacío...

El hilo de voz se perdió, y me encontré de nuevo, quieto, en la acera. La gente pasaba a mi lado en ambas direcciones. Miré al cielo y su azul me iluminó. Había nubes de viento, de esas que se alargan y se difuminan en los días de calor. Suspiré.

sábado, 6 de octubre de 2012

Viaje a Changchun...

Llegamos al hotel pasada ya la media noche. Mi jefe estaba pidiendo las habitaciones, mientras el coordinador del proyecto analizaba el hall de entrada. Decía que la estructura era muy poco típica para una recepción de hotel. Parecía buscar algún tipo de reafirmación por mi parte. No se la di. Estaba demasiado cansado. Asqueado del vuelo, el taxi y el viaje. No terminaba de entender como había vuelto a esa situación. Perdido en la China profunda, haciendo de arquitecto florero ante unos clientes que no hablaban ni una palabra de inglés.

Mi jefe volvió y tras unas palabras en chino con el coordinador, me dijo que ellos compartirían habitación y que yo tendría la mía propia. Me hice el sorprendido ante la mirada escéptica del coordinador del proyecto. Aún seguía esperando aque yo que dijera algo de la jodida recepción.

De los tres socios de mi estudio, el que había venido a ese viaje es sin duda el mas chino. Es todo lo chino que puede ser alguien de una condición social alta, y que ha estudiado y trabajado en USA. El inglés y algunas maneras se han refinado, pero si rascas, sale todo lo demás. Es tan chino como el que más. No le trago. Uno de esos arquitectos que cree que en el momento que eres arquitecto solo se puede hablar sobre, por y para la arquitectura. Sentí algo de lástima por el coordinador. El también estudio en estados unidos, pero es todo lo contrario a mi jefe. Es la personificación de chino americanizado. Mira a China con la pena y la vergüenza del que ha visto lo que hay mas allá de la gran muralla. Es el primero que esta en contra de como se hacen las cosas en China, pero no le queda otro remedio que aceptarlo. Quizás sea esa resignación lo que le mueve a defender China ante mis criticas. Realmente es un pobrecillo. Esta a caballo entre dos mundos. Inadaptado aquí, inadaptado allá. Su única salida es el trabajo, el cual también le acaba quemando. No es mal tipo. Me da lástima a veces, hasta que le sale su vena de cumplimiento del deber a toda costa, y se convierte en un capullo. Yo le llamo Graimito. A sus 40 y pico abriles, es el estereotipo de trabajador de cubículo amargado. Algún día vendrá a la oficina con 2 kilos de c4 y reducirá el edifico a polvo. Todos al carajo.

La habitación del hotel no estaba mal. Me metí en la cama y dormí como un bebe. Al día siguiente me avisaron para bajar a desayunar cuando estaba en la ducha. Salí rápidamente, y apenas sin secarme me enfunde en una camisa blanca purísima, unos vaqueros y unos zapatos negros. Para eso me habían traído al fin y al cabo. Baje a desayunar.

Intente terminar de tomarme mi yogur, pero los sorbidos de mi jefe comiendo tallarines pudieron más. Graimito consciente de ello, me miraba con una sonrisa malévola, que venia a decía algo así como: "Yo le he tenido que soportar toda la noche".

Nos vinieron a recoger y nos llevaron al solar. Nuestro parte del proyecto era la fase 3 y 4 de un complejo residencial que ya se había empezado a construir. Era enorme. Había restos de antiguas fabricas de la época soviética. Tenia su encanto. Una pena. Sabia que cualquier intento de conservar o intentar integrar nuestro proyecto con aquello iba a ser en vano, y en el hipotético caso de que lo consiguiera, lograrían de alguna forma de quitarle toda la gracia al asunto. Son expertos en eso.

En el solar también había dos hileras de abedules magníficos. Mientras mi jefe hablaba con el encargado de la promotora yo hacia bocetos mentales, intentando situar los arboles en el plan que se había aprobado. No soy ecologista, pero quería salvarlos. Aquellos arboles tenían mas humanidad que los chinos que iban a habitar esas casas.

Recorrimos las fases 1 y 2. Habían tenido el detalle de conservar la estructura de la fabrica central, y reconvertirla en punto de ventas del resto del complejo. Era mejor de lo que cabía esperar. Me sorprendió para bien. Los edificios residenciales sin embargo era una aberración. Haciendo un guiño a la vieja fabrica de ladrillo, habian pintado las monstruosas torres residenciales de granate, con las terrazas en rojo. Yo miraba de reojo a los abedules de nuestro solar con misericordia y resignación.

A la salida del complejo, mientras esperábamos a que mi jefe terminase de hacer fotos, Graimito se acercó a una pared de cemento donde habían pintado unas lineas negras en retícula, con el fin de que aquello de lejos pareciera ladrillo."Fake is the only thing its real. Everything else its fake" dijo mientras dejaba escapar un suspiro. Aquella frase me marco. El se refería al complejo residencial, pero para mi iba mucho más allá. En 11 meses que llevaba en China, intentando explicar lo que allí pasaba, nada había estado tan cerca de la realidad como aquella breve frase. Eso era China. Lo falso es lo único real; todo lo demás es falso.

De ahí fuimos a ver otros proyectos que la promotora había desarrollado en esa misma ciudad, para ver tipologías y calidades. Aquello no podía ser mas absurdo. La primera parada fue a otro complejo en desarrollo. La única diferencia con el nuestro es que este era aún más grande. La maqueta que mostraba la planimetría general daba miedo. Debía de tener unos 7x7 metros. La escala era ínfima. Aquello estaba lleno de torres en miniaturas. Todas parpadeaban con sus bombillas dentro. Era una colmena. No se cuantos chinos podían caber ahí dentro, pero muchos más que almas tiene este mundo. Me sentí pequeño. Enano. Insignificante. Era imposible que dentro de cada una de esas casas hubiera personas de verdad, con sentimientos de verdad. Era imposible que se proyectaran ciudades de nueva planta de ese tamaño en mitad de ningún sitio. No hay trabajo para tantos, ni comida para todos.

Una vez mas volví a ver esa China no humana, imparable y hambrienta de recursos. Esa China parasitaria, que no respeta nada. Esa bestia insaciable que avanza hacia la extinción, consumiendo todo cuanto sale a su paso y dejando tras de si un reguero de muerte.

 En un primer momento sentí pena por su falta de sensibilidad y cultura, pero no duro. No hay nada de humano en sentir lastima por ellos. Da igual que sea desconocimiento o insensibilidad lo que los mueva, son el verdugo del mundo, y yo otro esbirro mas, que les ayuda a sembrar mediocridad.

Me sentí a morir. Me acerque a Graimito que también miraba con horror la maqueta: ¿Acaso se espera un crecimiento tal? ¿Realmente hay demanda como para hacer esto? Encogió los hombros y me dijo con toda sinceridad: "No lo sé". Habría preferido una mentira.


El siguiente complejo que visitamos, estaba basado en poblado canadiense de Whistler. Quizás "basado" no sea la palabra. Lo que quiero decir es que habían copiado la fachada de los 4 edificios mas característicos de Whistler, los habían rodeado con un lago artificial, y en un radio de 4 kilómetros a la redonda, habían sembrado apareados con aspecto de "cabaña canadiense". Allá donde mirases solo veías falsas fachadas de madera.

 Entramos en una de las grandes casas que hacia cerca del lago. Si mal no recuerdo tendría unos 650 m2 y costaba entorno a los 4 millones de dolares. La decoración interior era de quitar el sueño. No le faltaba de nada. La cabeza de alce encima de la chimenea, las perdices disecadas en la mesa, los sillones orejones... Todo el set de lo que un chino rico pensaba que era la vida en occidente, estaba ahí. Mi jefe iba escupiendo fotos a todos los detalles de los acabados. Parecía un niño en una juguetería. Graimito y yo le mirábamos con escepticismo. Podía ver en Graimito el rencor y la pena, que en el despertaban la nueva clase adinerada china. Mi jefe seguía haciendo fotos con una amplia sonrisa de gilipollas.

 A la salida de este último complejo, mientras nos dirigíamos a las oficinas de la promotora para la reunión, vi a un campesino sentado en su carreta. Estaba al lado de la rotonda que unía el complejo con la carretera general. Escéptico, miraba las torres que ya se empezaban a erguir por encima de las plantaciones. Lejos del dinero, lejos de las aspiraciones de crecimiento, y lejos de cualquier pretensión el y su burro dejaban escapar las horas en un bonita tarde de agosto.

Mis pensamientos aún estaba en la carreta cuando el conductor soltó un chillido, y freno en seco. Acostumbrado a la forma de conducir en China, levanté la mirada buscando un taxista atravesado, o algo parecido, pero lo que había esta vez era una señora con un jersey rosa pálido, tumbada en un paso de cebra en la otra dirección. Al lado había un todoterreno blanco de ultimo modelo, del que se estaban bajando sus dos ocupantes. El conductor de nuestro coche también hizo ademán de bajarse, pero nuestro jefe le pidió que siguiéramos. Mientras nos alejabamos vi como el pie de la señora se movía con espasmos, igual que los conejos tras recibir una ráfaga de perdigones. Otro número más para la lista de atropellos en China.

La reunión entera me la pasé mirando por la ventana. El campesino y la frase de Graimito se repetían una y otra vez en mi cabeza. ¿Que demonios hago yo en China?

sábado, 28 de julio de 2012

Una tarde en los billares...

Eran ya las siete cuando Jacob y yo salimos del garaje del trabajo con el rugir de nuestras pequeñas motos eléctricas. Nos dirigíamos a los billares del Yashow, un salón de juego al que van  todos los vendedores después de cerrar sus puestos de imitaciones. Era un antro, pero las mesas estaban bien, y por un módico precio tenias a un par de chinos que te colocaban las bolas (no en el sentido figurado). Iba a ser una gran tarde.


 La distancia de la oficina a los billares es de unos 15 kilómetros. Tardábamos unos 40 minutos de puerta a puerta. Según el cuentakilómetros, nuestras motos alcanzaban los 40 por hora. Dudo mucho que aquello pasase de 30. Eso, sin poner las luces, ni tocar el claxon en exceso. Todo los “extras” diezmaban la  limitada potencia de nuestras fierecillas. Si ponías las luces, bien podías bajarte de la moto y empujar.

 Pese a que el modelo de moto de los dos era el mismo, y que ambas estaban compradas en la misma tienda, mi moto corría ligeramente más que la de Jacob. Me gustaba mi moto. Solo necesitaba oír aquel alegre zumbido de ventilador a pilas que producía cuando aceleraba, para que se me dibujara una sonrisa en la cara.

Surcábamos las calles cediéndonos el paso de tanto en cuanto. Cada moto tenia sus peculiaridades. La moto de Jacob lucia un hermoso agujero en la carcasa frontal, fruto de la ira de algún borracho. La mía con el eje delantero ligeramente desviado, gracias a la embestida de la bici de un abuelo chino. También el muelle de la pata de cabra había pasado a mejor vida, por lo que esta iba sujeta con dos abrazaderas. Nada importaba. Eramos eternos.

La noche iba cayendo sobre Pekín, sin apenas dar muestra de ello. Las sombras corrían a esconderse de una gran  mancha anaranjada que descendía en el horizonte. En algún lugar, detrás de la capa de mierda, el sol se estaba poniendo.

El tráfico era llevadero, la temperatura agradable, y la contaminación entraba a raudales en los pulmones haciéndote sentir un poco más chino. Si, iba a ser una gran tarde.

Apenas quedaban  300 metros para los billares, cuando el sol se termino de poner. La mancha naranja había dado paso a unos colores ocre, que  se fundían con el marrón del cielo pekinés, mientras que yo ajeno a todo, volaba sobre mi corcel eléctrico. Todo ocurrió muy deprisa.

Me sorprendí a mi mismo intentando distinguir sombras a mi paso. Comprendí demasiado tarde, que no se veía tanto como yo creía.  A decir verdad, no se veía  un coscojo. Mientras mi astigmatismo se esforzaba por intuir que había al fondo de la calle, un motorista apareció de entre las sombras. Estaba a escasos 5 metros de mi,  y en rumbo de colisión. En un momento de estupidez, me alivie al oír su grito de sorpresa (por aquello de mal de muchos consuelo de tontos), pero no tarde en darme cuenta de lo que aquello significaba.  Si tan solo uno de los dos hubiese visto al otro... Si tan solo hubiésemos intentado esquivarnos en distintas direcciones...

Fue extraño. Tengo la sensación de haberme despertado en ese preciso momento. Como si estuviese viviendo dormido . Como si toda la vida la hubiese dormido, y por fin se desvelase la verdadera percepción de las cosas. Fueron momentos del más crudo realismo, y sin embargo, todo lo que ocurrió después se me antoja que fue un sueño.

Apenas frené. De poco habría servido. Los dos íbamos a todo lo que daban nuestras motos. La única opción era tratar de esquivarnos. Recuerdo que la histeria del momento despareció, cuando vi que los dos girábamos para el mismo lado,  dando paso a la resignación. La más absoluta resignación.   No había nada ya que pudiese impedir el choque. Solo quedaba asumirlo. Tal fue mi sangre fría en el momento del choque, que intente saltar por encima, impulsándome con el manillar.

Con el crujido del hierro y el plástico salí volando. Fue un sonido seco,  pero yo solo oía el grito de sorpresa del chino. Aquel grito se repetía en mi cabeza una y otra vez, como una banda sonora que auguraba un siniestro final. Lo estuve escuchando todo el tiempo que tarde en caer. No debió de ser más de un segundo, pero me pareció una eternidad. 

Mi hombro fue lo primero en tocar el suelo.Lo sé porque fue el que se llevo la peor parte. Lo siguiente fue el casco de refilón, seguido de espalda,culo y piernas. La inercia de la voltereta, me incorporó, casi pidiéndome que me levantase, pero mi cuerpo ya no era mío. Cual muñeco me desplomé de nuevo de espaldas. No fue hasta que mi casco retumbo una vez mas contra el suelo, que yo recupere mi presencia de ánimo. No son todos los días que uno se despierta dos veces en menos de 4 segundos.

Consciente de que estaba tirado en algún lugar del carril bici,  hice por levantarme. En el momento comprendí que algo no estaba bien con mi hombro. No estaba en su sitio. A decir verdad no estaba. Me levanté sujentándomelo con el brazo sano, y el dolor hizo que me tuviera que encuclillar. No terminaba de entender como había salido ileso del accidente. Me acaba de desgraciar el hombro contra el suelo, pero la moto apenas me había rozado.¿Realmente mi intento de salto, había funcionado? ¿Y donde estaba el chino?

Lleno de cólera, y con un brazo tirando del otro, me dispuse a matar al chino. Lo encontré más lejos de lo que pensaba, a unos 5 metros de donde yo había aterrizado. Estaba debajo de lo que había quedado de las dos motos. Parecía desorientado. Mientras yo soltaba improperios y la tomaba a patadas con la farola mas cercana el, encontró fuerzas para arrancar a llorar. Su llanto me trajo a la cabeza el grito de sorpresa que escasos segundos antes se le había escapado.  Ese grito que me había helado. Viéndole llorar en el suelo, recuperé el juicio.

Era un repartidor. Vestía todo de negro. Pantalones, cazadora, botas y casco negro. La moto era negra. Así, espectral, se empezó a incorporar, entre gimoteos. Era mi fantasma. Mi muerte. Y yo era la suya.  Mientras el se iba levantando, yo empecé  a caer. El dolor del brazo se empezaba a ser insoportable. Mi cabeza empezó a dar vueltas, y sentí que me iba a caer. Aun, sujetándome el brazo cruce la calle, y me deje caer contra una farola. La muy cabrona seguía apagada...

Jacob no tardo en llegar. Le intenté tranquilizar. No hizo falta. Es como si todos los días socorriera a alguien que se ha siniestrado con la moto. Siempre me ha sorprendido lo bien que se maneja en estas circunstancias. Le pedí que me ayudase a quitarme la cazadora. Le conté que me había desgraciado el hombro. Al verlo me dijo que lo tenia fuera. Usamos mi fular a modo de cabestrillo. Insistió en que me volviese a sentar para que no me marease, pero al ver que cada vez venía más y más gente de los alrededores, y que la moto estaba inservible, los dos coincidimos en que lo mejor era irnos y evitar papeleos. Si puedes evitar a la policía china, hazlo. Mientras nos alejábamos vi al repartidor viendo lo que quedaba de su moto. Parecía bastante entero. Quizás no debí de haber saltado.

Jacob fue a aparcar su moto, mientras yo me dirigía a la calle paralela para coger un taxi.  Aquellos metros fueron los peores. Lejos de remitir, el dolor iba a más. Una vez  pasado el nerviosismo del momento, el dolor se volvió más punzante, más intenso. Intenté en vano encontrar una postura buena, pero cada movimiento era una agonía. Notaba como músculos y huesos se montaban unos sobre otros. Sabía que haciendo determinados movimientos un hombro dislocado puede volver a colocarse. Me acorde de arma letal, y me vi más que tentado a darme un golpe contra un coche. Afortunadamente el miedo a terminar de desgraciarme, pudo más que el estado de histeria al que el dolor me estaba llevando. Otro golpe desacertado era probablemente lo último que necesitaba en ese momento.

No se lo que tardo Jacob en volver, pero hacía rato que yo ya me había desquiciado. En mi estado de enajenación mental le pedí que me ayudase a colocarme el hombro. Lo miro durante un segundo con buen juicio me dijo que me esperase a llegar al hospital.

Ahí empezó el periplo. Llegamos al hospital pasada las ocho, solo para que nos dijeran que el técnico de rayos, se acaba de marchar. Mientras esperábamos a que viniera el de urgencias, conseguí que me dieran un analgésico. Yo solo quería que me colocaran el brazo en su sitio.

Por fin llego el radiólogo. Me hicieron dos radiografías, y me dieron el diagnostico. Tenía roto la “AC joint”. Ahora se que es eso, antes no. Me dijeron que me tenían que operar de emergencias, pero que me tenía que cambiar de hospital ya que aquello era sola una clínica. No contento con las buenas noticias, también me adelantaron que en el hospital donde me mandaban a operarme, no me iban a operar, porque el medico de guardia, al oír el diagnostico, no consideraba que eso fuera una emergencia. Yo solo quería que alguien me sacara el hombro del pulmón.

El bueno de Andrés, que había venido nada más enterarse, me acompaño al hospital, mientras Jacob iba a casa a recoger mi pasaporte y mi cepillo de dientes. La idea de que me fueran a abrir en canal en China, no era de las más agradables. Llamé a mis padres para darles las buenas noticias.

El medico de guardia del otro hospital, tardo en atenderme.  Cuando lo hizo, me explico que cojones tenía. Me había roto los ligamentos que unen la caja del hombro al trapecio, por lo que tenía desplazado hombro, omóplato y demás, para dentro. Le pedí que por favor me lo sacase. Se rió. A mi no me hizo ni pizca de gracia. Me explico que ahora que ya no tenia ligamentos, lo único que sujetaba el hombro y el omóplato, eran los músculos, y con el traumatismo, estos tiraban para adentro. Si tiraba del hombro para fuera, en el momento que soltase se iba a volver a meter. Yo seguía sin verle la gracia.

Me dijo que en China eso se opera, pero que en USA y en Canadá no. La operación (aparte de costar unos 30.000 euros) daba mas problemas que otra cosa.  Lo único malo de no operar era la estética. El hombro, nunca volvería a estar a su altura. Sería un poquito más Quasimodo. Asimétrico. Amorfo de por vida.

Mientras tanto, mis padres habían hablado con el jefe de traumatología de un hospital en España; una amiga me había puesto en contacto con un médico indio que le había operado la rodilla en Pekín, y otro medico chino del hospital me estaba dando su diagnóstico. Fue media hora de estrés hasta que conseguí cierta unanimidad en los diagnósticos. La operación de emergencia ya estaba descartada.. Todos acordaron que con un cabestrillo decente y asegurándose que no tuviese ninguna vena o nervio afectado, podía volar.

Esa misma noche salí para España, haciendo escala en Bruselas. De equipaje llevaba un libro, unos analgésicos,  un cepillo de dientes, y unas chanclas. El cuello de la camiseta estaba cortado hasta la manga, ya que el primer medico no se había atrevido a quitármela. El fular que había usado de cabestrillo me servía ahora para tapar el hombro desnudo y el cabestrillo. Para poder pasar el control de seguridad, Jacob me quito el cinturón, ya que yo solo no podía. Los vaqueros, rotos del accidente se me caían.  Me daba vergüenza ajena. Me sentía un perdedor. Un perdedor estúpido. China me había ganado. Ahora que las cosas empezaban a funcionar, ahora que había bajado mínimamente la guardia, China me había dejado K.O. Y es que todo puede pasar, una tarde en los billares.

Tarde 10 días en volver a Pekín. Los diagnósticos en España, coincidieron con los del americano, y me libre de la operación. A cambio, luciría de por vida un hombro caído. Un bonito recuerdo de China. Marca de la casa. Daba igual lo lejos que me fuera después, mi hombro, contrahecho, me seguiría. A veces lo miro, y me da pena. Mi hombro no tenía la culpa de mi estupidez. Mi hombro no es el que sufre astigmatismo, ni de ese retraso mental que va ligado al amor por la velocidad. Tampoco tiene voz para quejarse y llamarme idiota, por lo que me lo tengo que llamar yo. Si, yo no me doy pena, pero mi hombro si. El no se merecía esto.

Aún todavía miro el asfalto y veo en el mucho mas que grava y alquitrán. Mucho más que una calle. Veo un realismo frío. Veo la dualidad. Luz y sombras.  Me recuerda lo que es una vida. Su fragilidad. La física que nos rodea. La física que nos conforma. El falso sentido de seguridad que tenemos bajo el sol.  

jueves, 12 de abril de 2012

Navidad china...

Corría diciembre. Acababa de volver de Japón, y Japón estaba presente en cada acto y pensamiento. Era más real, estaba más vivo, que todo cuanto me rodeaba. Fuera de ese recuerdo, todo era mediocre.

 En un abrir y cerrar de ojos la navidades se me echaron encima. Jacob, como buen expatriado, hijo y nieto, volvió a España. Yo no. Quiero pensar que no soy mal hijo, pero sin duda no soy un buen expatriado.

Al margen de las dificultades que suponía el visado, la opción de quedarme solo en China en navidades, me intrigaba. Una experiencia, que sin duda recordaría a lo largo de los años. La opción de vivir una China fuera de la tutela de Jacob me seducía. Iba a ser la primera vez que tuviese que vérmelas solo frente a la ciudad. Una oportunidad única para medirme, y hacerla un poco más mía. Pese a todo, lo sentía por mis padres, para los que esas fechas son un momento de unión familiar.

Además de todos estos pros y contras, estaba el factor chinas. Iba a hacer tres meses que había llegado a China, y seguía sin haber probado el producto nacional. Después de haber criticado tanto a Jacob por no haber estado nunca con un china la crítica se volvía contra mi. Decidí que era un buen momento para empezar a hacer los deberes.

Los contactos los tenía. Gracias a una web que Jacob me había recomendado un mes antes, me había puesto en contacto con chinas que sabían hablar ingles, o al menos escribirlo. Aquello era una red social de gente que vivía en Pekín. Había expatriados y había chinas. Básicamente un punto de encuentro para salvar las dificultades que se daban a la hora de mezclarte con la gente de aquí. Como en casi todas las redes sociales, tu colgabas una foto de perfil y esperabas a ver si despertaba interés. Aquello era un gran putiferio.

Dentro todas las chinas que dieron señales de vida, me hacía especial gracia, una de 27 años. Me gustaban sus aires prepotentes y su punto irónico (una novedad para ser autóctona). Iba de diva, y no me quedó otro remedio que bajarle los humos. Compensando la indiferencia con las pullas y el mamoneo, se convirtió en una persona casi normal.

La primera vez que nos vimos fue la semana antes de irme a Japón. Vivía cerca de mi trabajo, y quedamos a tomar una copa por la zona, un día entre semana. Cogí un taxi y ella le dijo por teléfono al taxista, como llegar al bar donde habíamos quedado. Esa sensación de dependencia, es una constante en China. No solo dependes de la buena voluntad del taxista en cuestion. Tambien dependes de la persona que le da la dirección. Te la juegas a ser objeto de bromas pesadas y que el taxista, acatando ordenes, te lleve a un descampado en las afueras deVillachinos de Arriba.

De una forma u otra conseguí llegar donde habíamos quedado. Estaba nerviosa, pero intentaba ocultarlo con determinación. Tras una brevisima introducción en la cual, me reprocho no se que, se encamino al bar. Andaba un metro por delante de mi. Yo la seguía con una sonrisa de maldad. Esto iba a ser divertido.

El bar resulto ser un restaurante, donde llovieron las puyas. Cada puya que me tiraba, hacia que me sintiera más cómodo. Dejaban ver más interés que otra cosa. Sin embargo las mías, la desarbolaban. Se paso mas de la mitad del tiempo indignada. Era gracioso ver como pese a sus 27 inviernos, y su aparente seguridad, con solo rascar un poco, salía la niña que nunca había dejado de ser. Demasiado fácil.

Soy un animal de costumbres. Y como toma de contacto aquello me pareció más que suficiente. Insistí en acompañarla a su casa, y una vez allí me despedí. Ella estaba de lo más desconcertada y así tenía que ser.

Como ya he dicho, no fue hasta que Jacob se fue en navidades a España, que no volví a quedar con ella. Recuerdo la fecha, 25 de diciembre, fun fun fun...

El plan era el de cocinar enmi casa, y ver una película. El hecho de pasar el día de navidades con una china, me parecía de lo más apetecible. Compartir un día que para mi normalmente significaba tan poco, con una persona para la que no significaba absolutamente nada, albergaba una sutileza de lo más morbosa para mi. Había caído sobre mi la responsabilidad de hacer que aquel día tuviese alguna reminiscencia de lo navidad debería de ser. Fue un fracaso. Ni siquiera lo intenté. Me pareció mas interesante el ver como son las navidades en un mundo no cristiano. Como era de suponer, el día no contó con ningún cariz distinto a cualquier otro, en cuanto a celebraciones se refiere.

La supuesta comida, se aplazo a la cena, ya que la susodicha en un arrebato de inseguridad decicido ir a cortarse el pelo antes de quedar. Tras una demora de más de dos horas, me llamo diciendo que estaba en la parada de metro cercana. Me acerqué a recogerla en mi moto eléctrica.

Si, tengo una moto eléctrica. Mientras que una moto suele ir acompañada de unas connotaciones sexys, de rebeldía y de morbo, la mía produce risa. Tampoco os penséis que es la típica bici con una batería incorporada, y pegatinas de margaritas y símbolos de la paz. No. Es una scooter negra, simplona y cutre. Al menos no pretende ostentar. Es lo que es. Una moto eléctrica de fabricación china que me costo unos 250 euros (casco incluido).

rebosante de simpatía navideña, se subió, y con el inconfundible ruido de la batería eléctrica nos dirigimos hacia mi casa.

De camino, nos paramos a comprar comiditas para que ella cocinase. Entre el humor que tenia y viendo lo que quería preparar intente disuadirla para dejar las cocinitas para otro día. Eso, obviamente me costo otro disgusto. Sus enfados, aunque graciosos a primeras, empezaban a hacer mella en mi frágil paciencia. Una vez arriba nos serenamos. Deje que escogiese película, y eligió una de hombres lobo. Podía funcionar o podía ser un desastre.

A lo largo de los años, he experimentado el efecto que tienen las películas con el desenlace de la noche. Llegue a hacer la prueba con una misma chica y películas distintas, para poder descartar incógnitas de la ecuación. El resultado no pudo ser mas claro. El primer día vimos mi película fetiche. Una, con la que nunca ha habido error.No diré el titulo, por temor a que se pierda la magia. Una vez mas, no hubo fallo. A los pocos días repetimos. Mismo escenario, misma hora, misma chica, distinta película. El ambiente, incluso antes de empezar la película, era mas propicio que la noche anterior. Todo apuntaba a ser otra noche para el recuerdo. Película elegida: Holocausto Caníbal. Pues eso. Según acabo la película, los dos, todavía con nauseas, nos miramos bien, y sin necesidad de decir mas, cada uno se fuera a su cama..

 La película, de una forma u otra cumplió su cometido. Además, era bastante mala, y a mi no me importo no verla en condiciones. A media película, no recuerdo quien busco a quien, pero de lo que estoy seguro es de que nos encontramos. Toda la mala leche, y toda esa determinación se perdió en un haz de suavidad y parsimonia. Hacia con ella lo que quería, y ella se dejaba llevar de un lado para otro. Estaba entregada. Sin embargo en un momento dado en la película hubo un gran alboroto (un hombre lobo se había comido a alguien, o vete tu a saber que), e hizo que recuperase su presencia de espíritu, se incorporase e intentase seguir viendo la película. Pese a que yo por aquel entonces ya estaba inmerso en otra dinámica muy distinta a la de la puñetera película, le concedi una tregua.

Intente recuperar el hilo, pero aquello era infumable. Afortunadamente, al rato, fue ella la que se me echo encima buscando mimos. Al hacerlo, no solo me encontró a mi. También encontró el resultado del magreo previo.

Uno siempre que lee la palabra pene se escandaliza un poco. Es un termino que además de sobresaltarnos, genera en nosotros un sentimiento de desapego. Pene no es un termino común. No es algo que identifiquemos como algo cotidiano. Suena a algo lejano. A lo que podía tener tu abuelo o Humphrey Boggart. Siempre me he dicho que si alguna vez tuviese que escribir acerca de este tipo de cosas lo haría con determinación, y sin tapujos, pero admito que no sale de una manera tan natural como cabe pensar. Pene, polla, cola, cipote, nardo... Volvamos al punto en cuestión.

-Que es esto? -Dijo mientras pasaba la mano por encima de los vaqueros, palpándome el pene.
-El cinturón- bromee yo.
-Ya claro. Esto no es el cinturón- Apunto ella con una voz seria.
Me dieron ganas de darme una palmada en la frente. De todas las chinas que había ahí fuera, realmente esta era la mas inteligente con la que me había topado? Tendría que haberle dicho: "Tienes razón. No es el cinturón. Es lo que te ha traído Papa Noel". Sabe Dios como habría respondido a eso.

Me serene. Muchas chicas, no captan ironías cuando hay pollas de por medio.
- Claro que lo es. Sino, míralo tu misma- Me apresure a decir riendo.
- Puedo?
-Eh... Si claro - dije titubeante. Realmente no sabía hasta que punto ella lo estaba diciendo en serio o no, hasta que me bajo los pantalones.

Por mucha naturalidad con la que lo cuente, aquel fue un momento extraño. Me reía, pero no puedo decir que estuviese del todo cómodo. Era una risa más bien nerviosa. La jodida película seguía, y yo con los pantalones bajados y la polla fuera, era objeto de inspección de una china curiosa. Me lo intente tomar con normalidad, como si esto me pasase todos los días. No resulto. Pasaron minutos y ella seguía observando y urgando como si intentase descifrar el misterio de la piedra roseta. Lo analizo desde todos los ángulos posible. Al cabo de un buen rato, y sin dejar de mirarme la entrepierna, dijo:
- Es muy grande.
- Bueno, no sé- Dije incomodo. Realmente la situación me estaba desquiciando.
-¿Como que no sabes? Es muy grande. Nunca había visto una así. ¿Esto es normal en Europa?
- Pues... Supongo. Desde luego no es algo descabellado. ¿Pero no me habías dicho que tu exnovio era australiano? - Recordé, mientras intentaba volver a tomar las riendas de la situación - Entendería el asombro si solo hubieras estado con chinos, pero habiendo salido con un extranjero, no acabo de entender de que te sorprendes...
-Si, pero no tenía nada que ver con eso- Dijo señalando casi de forma despectiva mi pene. Hacia tiempo que la situación había dejado de hacerme gracia. El tratar a mi pene como un ente extraño, aunque fuera algo que a la mayoría les hubiese enorgullecido, no me estaba sentado nada bien. Me recompuse como pude, e intente volver a ver la película como si no hubiese pasado nada.

Imposible. No había manera. Mi pene y yo estábamos incómodos. Estábamos molestos por esa inspección digna de un urólogo. Ella parecía haber disfrutado con todo aquello, y yo no me podía sentir mas idiota. Había conseguido incomodarme en mi propia casa. Solo había algo que podía hacer. Vendetta...

 De una forma sutil volví al ataque, ganando posiciones centímetro a centímetro. Cada vez que cogía aire, yo ejercía presión con mis manos, solo para dejarlas resbalar cuando lo soltaba. Acompañando cada movimiento hice su cuerpo mio. Exploré cada rincón de este, mientras ella se perdía en murmullos incomprensibles. La vergüenza inicial dejo paso al mayor de los desenfrenos. Estaba poseída. Respondía a cada estimulo con espasmos y sollozos. Además, resultó que mi china era una de las pocas excepciones a la creencia popular de que las asiáticas no tienen pecho. Ella sola levantaba la media del país. Estaba desbordado. Daba igual donde mirase, yo solo veía tetas. Tenia que salir a coger aire entre zambullida y zambullida.

Me vengué del agravio que había sufrido previamente. Empece a urgar, tocar y besar su sexo. Pero a diferencia de ella, yo no la dejé con las ganas. A decir verdad no se quién disfrutaba más si ella sintiendo, o yo viendo como se perdía en el placer. Chilló. Chilló mucho. Nada más irse, me pidió más. Por segunda vez se corrió. Quedó rendida. Tumbada en la cama, apenas podía mantener los ojos abiertos. La miré con malicia. Había llegado el momento de desquitarme.

Fue divertido. Se quejaba, pero era incapaz de decirme que parara. Su propia curiosidad no la dejaba. Estaba descubriendo nuevos limites. Podia ver el miedo en sus ojos. Tan nitido. Tan real.

 Me lo pase realmente bien aquella noche. La cena nunca llego, pero creo que a ninguno de los dos nos importó demasiado. Después de una segunda manga, miró la hora y me dijo que quería intentar coger el ultimo metro, porque en los taxis se mareaba. Es la peor excusa que me han puesto nunca para no quedarse a dormir, pero no me importo. Si no se queria quedar, yo tampoco iba a insistir. Había completado uno de mis objetivos en China. Es cierto que distaba mucho de mi concepto de china idílica, pero ese ideal había muerto la primera vez que vi escupir a una. Era momento de valorar la experiencia. Había pasado la tradicional noche de navidades haciendo cochinadas en la otra parte del mundo con una china pechugona. Algo me decía que estas navidades si las recordaría. La noche estaba salvada.

Volví a llevar a mi princesa a la parada de metro con mi raudo corcel. Y allí nos despedimos. Cuando ya estaba llegando a casa, me escribió un mensaje diciendo que había perdido el ultimo metro. Yo, que ya estaba mas dormido que despierto, le contesté con el típico mensaje de rigor. Le dije que sentía que hubiese perdido el ultimo tren; que había pasado una noche fantástica con ella; que esperaba volver a verla, y que durmiera bien. Mandé el mensaje y me metí en mi cama, con la sonrisa de un trabajo bien hecho.

 Ella por su parte, nada más llegar a casa, me borro de la lista de contactos. Tanto del móvil, como de Skype. Me retiró la palabra.

No volví a saber de ella en dos semanas, y tardé otra semana más en convencerla para volver a quedar. Todo, porque en el mensaje, no me había preocupado por si llegaba bien a casa.

Cuanto me quedaba por aprender de este país...

viernes, 16 de marzo de 2012

Una familia que se cura...

Da igual como se haya dado en el fin de semana, todos tienen un factor común. Los domingos. Ya haya sido un fin de semana de trabajo, uno de fiesta o uno de sexo salvaje, todos acaban con domingos de reflexión.

Mis domingos son sagrados. Son para mi, y para nadie más. Son mis días. Es todo lo que me ha quedado. En Ginebra cada día era un domingo. Ahora los tengo que valorar, mientras los esparzo en el tiempo. De domingo en domingo.

La jornada de reflexión no se trata de Ian sentado en el sofá, resolviendo el mundo, copa en mano (a veces ocurre, pero ya entrada la noche). Suelo empezar, disfrutando con alguna película, o algún libro. A poder ser algo con fundamento, que me permita enlazar hechos de mi vida con el tema que se aborda. Así pues, después de un fin de semana de lo más completo, solo quedaba por elegir con que rematar el domingo. He decidido ver  The Descendants, con Geroge Clooney. Toda la película gira entorno a una mujer en coma, y como una familia rota se articula entorno a ella. Sin duda ha ido de menos a más, y al final, ha tenido momentos que me han conmovido. Ha terminado tocándome. Que mal suena eso.

El tema de la familia (el tema de los recuerdos) es algo que siempre me sobrecoge. Quizás porque es donde más se puede apreciar el paso del tiempo. La decadencia. Ese estado lacónico donde la futilidad del ser se hace patente (esta frase se la dedico a los que me llaman pedante). Te das cuenta de que todo lo que nos quedan son los recuerdos de momentos puntuales, y lo en uno producen.

Echo de menos mi infancia. Echo de menos, todo lo perdido. El concepto que tenia de las cosas, cuando miraba con ojos de niño. Echo de menos a mi familia. Echo de menos las cosas que se nos quedan grabadas. No tanto el momento en si, como la idea que el tiempo deja. El recuerdo. El poso.

Estoy en China. Ayer lo pensaba de camino a casa. Estoy en China. Creo que ha sido la primera vez que he tenido plena consciencia de ello. Pese a todos las quejas, pese a todos los lamentos, no habia llegado a entender que este es mi presente. Mi vida está aquí. Pertenezco a esto. Esto es real, el resto son recuerdos. Salgo de mi casa y es China. Abro los ojos y es China.

Supongo que echo de menos todo aquello de lo que huyo. La normalidad. El tener un sitio fijo. Un corazón quieto. Unos pilares donde agarrarme e impulsarme. Algo que me permita ser fuerte. No depender solo de mi fortaleza interior. Unas raíces que me aten, que me acoten. Que hagan de mi mundo un lugar más fácil. Echo de menos ser mediocre. Aspirar a cosas sencillas. Si. Echo de menos ser feliz en mi sencillez. Esa sencillez contra la que tanto arremeto y tanto aborrezco. Esa que tanto miedo me da. Tanto tanto.

Mañana me despertaré y volveré a soñar. Volveré a aspirar a un algo que todavía no alcanzo a entender. Mañana volverá la eterna búsqueda. Mañana seré el de siempre. Mañana sera mañana. Pero hoy... Hoy tengo morriña.

Una de caca...

Esta entrada tiene un fuerte contenido escatológico. Absténganse reprimidos y princesas.

El baño en mi trabajo no es un baño. Es un jodido agujero. Un pozo de mierda. Los chinos se encuclillan y se alivian. Yo lo miro y tiemblo.

En esa postura tan indecente, uno se pregunta hasta que punto uno controla su esfínter, o su esfínter le controla a el. Además de la incomodidad de la postura, hay muchos otros factores a tener en cuenta. El primero, la gran duda de: me tendría que quitar los pantalones o con bajárselos vale? Nadie quiere, encontrarse el regalo sobre los pantalones bajados. Además luego una vez salvados los pantalones, hay que atinar en el agujero, y si ya le añades el tener que salir de la oficina con el rollo de papel higiénico debajo del brazo, a uno se le quitan las ganas.

Yo desde mi primera Happy hour en la que Luis me puso al corriente de la situación, tuve claro que aquel agujero no iba conmigo. Por si no fueran razones suficientes, cabe añadir, el estado defectuoso de mis rodillas, incapaces de quedarse mas de 3 segundos en esa postura. Si el simple hecho de ponerme de cuclillas es ya de por si,  toda una odisea, como para encima preocuparnos de otros menesteres. No. El agujero no es para mi.

Pese a todo por mucho que intentase resistir, el pasar por el baño, era algo que tarde o temprano sabia que iba a ocurrir. Los primeros meses me resistí. Luche contra ello, con valor y determinación. Había días que la vuelta a casa era un duelo contra mis interiores. Un duelo por alargar lo inevitable. El llegar a casa se convirtió en el mejor momento del día, solo por la libertad de ecuación. Si. Hay pocas cosas tan placenteras como el aliviar una necesidad de primer grado. Comer con hambre, follar con ganas, y cagar con gusto son auténticos placeres que demuestran que la felicidad esta mucho mas cerca de lo que la gente se quiere creer. Quien quiere un coche caro, o una casa en la playa. A mi que me pongan un baño a mano.

Si. No tarde en darme cuenta de que esto no podía seguir así, pero fue hasta unas semanas mas tardes, que encontré solución a mis problemas. Yo en mi condición, evitaba cualquier acercamiento a un baño, por miedo a despertar a la bestia que llevaba dentro. Fue Jacob el que me dijo que acababan de reformar los baños del restaurante en el que estábamos comiendo. Sin perder tiempo me acerque impaciente y temeroso para ver si aquello era el final de mis días de suplicio y represión o tan solo una broma de mal gusto.

Por mas que intento ser objetivo, no lo consigo. Probablemente aquel baño, este en la linea de cualquier servicio de un restaurante normal en España, pero para mi fue una manifestación del cielo en la tierra. Recuerdo perfectamente como a mi llegada dos ángeles descendieron del más allá y entonaron una dulce melodía con un arpa. Fue un momento glorioso. Una pena que en ese preciso instante no tuviera necesidad de evacuar.

Desde ese día todo cogió otro cariz. Seguía estando en China. Seguía rodeado de mierda allá donde mirase, pero al menos ahora no tenia que cargar a cuestas con la propia. Rápidamente convertí aquel servicio en mi centro de operaciones. Sin duda fue una liberación, mas por el saber que podía ir, que por el uso que realmente le daba. Era como un niño con una bici nueva.

El servicio contaba con un solo lavabo, tres agujeros en el suelo, y mi inodoro. Lejos de estar compartimentado con contrachapado y puertas a media altura, cada recitáculo contaba con una tabiquería solida y unas puertas macizas. Era a todo mi entender un baño hecho y derecho.

Lo que era algo un poco mas extraño era el trato con los camareros. Los primeros meses que estuve en China, Jacob y yo frecuentábamos ese restaurante, por lo que los camareros me conocían. Al principio me abrían la puerta cordiales y amables (para las maneras del país), y corrían escoltándome para ofrecerme una mesa, yo apretaba el paso y les dejaba detrás, levantando una mano mientras les decía en perfecto castellano: No gracias, hoy solo vengo a usar el baño. Ellos no entendían nada, pero como me mostraba muy seguro de adonde me dirigía desistían de acompañarme. Con el paso del tiempo dejaron de abrirme la puerta con tanta cortesía, y casi podía leer en sus labios decir: Ya esta otra vez el cagón.

La penúltima vez fui, ocurrió un improvisto. Todo iba como de costumbre. Salude a la jefa de sala, y me apresure a la segunda sala del restaurante de donde salia el pasillo a los comedores privados y a los servicios de caballeros. A mi baño.

Entre, y mientras cogía papel higiénico del gran rollo dispensador que había junto al lavabo, percibí una olor conocido. Habían puesto unas varillas de incienso junto al lavabo y todo el baño estaba impregnado de ese aroma tan delicioso. Mientras terminaba de coger el papel, me dije a mi mismo: Ian, eres cruel e injusto. Estos chinos no son tan malos. De veras lo intentan. Con estos pensamientos me dirigí a mi baño.

Abrí la puerta, y busque la luz. Nada. No había interruptor. Mire detrás de la puerta. Meyo. Me acerque al panel de controles de la entrada. Cinco interruptores me esperaban. Eso es me dije. Probé el primero, y la estancia central, se apago. Nop. Probé el segundo, y pude ver como uno de los agujeros se apagaba. Quedan tres. Probé los dos siguientes y los otros dos agujeros quedaron a oscuras. Solo quedaba un interruptor y mi baño. Lo accione, y pude oír como el extractor moría.

Busque un sexto interruptor por todos los sitios posibles. Allí no había nada, Solo yo, mi incontinencia, tres agujeros y mi baño en penumbra. Pues si tiene que ser así, así sería.

Entre en mi baño, me quite mi anorak fines, y lo colgué de un clavo que había en la puerta. Racione el papel higiénico, limpie la taza con la poca luz que entraba por la puerta. Antes de cerrar la puerta, suspire y cogí aire, como si a oscuras no pudiese respirar. Me sentí estúpido.

Mientras me desabrochaba los pantalones prensaba si debería de cerrar la puerta con pestillo o no. Las dos opciones eran terribles. La opción de quedarme encerrado en un baño a oscuras rivalizaba con la de que alguien abriera la puerta y me encontrase haciendo caca a oscuras. Me decanté por la opción del ridículo, frente a la del encerrado. Al fin y al cabo eran chinos. Intentar explicarle al chino del otro lado de la puerta que no podía salir por que no veía el pestillo, podía ser toda una odisea.

De todas las situaciones en las que me he sentido desamparado en China, esa fue el sumun. A oscuras, en el baño de un restaurante musulmán al noreste del tercer anillo de Pekín, me di cuenta de la precariedad de mi existencia. Como si alguien hiciera un "zoom out", me vi a mi a oscuras (valga la redundancia), y luego vi el techo de la casa, y luego los edificios colindantes, y Pekín y sus suburbios, y luego la provincia, y China, y el mundo y la galaxia... Pero no, yo seguía sentadito, en mi baño.

Poco antes de acabar recordé un chiste que me contaron de pequeñito. Como sabe un ciego cuando ha terminado de limpiarse el culo? Esa duda ya me había asaltado en el mismo momento en el que el quinto interruptor no había encendido la luz de mi baño. Recuerdo que en su día lejos de hacerme gracia me hizo plantearme lo dura que era la vida de un ciego. Veinte años después volvió a no hacerme gracia. Ni puta gracia. No solo eso sino que en un acto de estupidez, intenté recordar si veinte años atrás había encontrado respuesta a aquella pregunta.

Afortunadamente, y en previsión a los acontecimientos tenía papel higiénico para limpiar diez culos. De hecho, tanto era mi miedo a dejar algo, que cuando me levante y salí del baño, note el escozor.

Mientras me lavaba las manos, frente al espejo, no pude evitar reírme...

-China, China... ¿Que voy a hacer contigo?

domingo, 26 de febrero de 2012

Gargajos y otras exquisiteces...

Hoy el metro olia especialmente mal. Una mezcla de maiz hervido con sudor rancio. Quiero pensar que era un solo chino el que estaba condenando a todo el vagon con su tufo, pero era mucha peste para un solo responsable. Al cabo de un par de paradas, la peste me ha cambiado, literalmente de vagon.

Suerte la mia, que en el vagon donde he ido a parar, habia un chino haciendo sus lavativas matutinas. El recital ha comenzado con unos elegantes chasquidos con la lengua, que tenian por finalidad quitarse algo de entre los dientes. Al decimocuarto chasquido, la mierda que tenia entre los dientes seguia ahi. Ha parado? No, eso jamas. No solo no ha paradosino que ademas, en una arrebato de genialidad ha decidido annadir sustancia al asunto, por aquello de que cambiando la densidad de la baba, pudiese lubricar mejor. Con un fuerte garraspeo ha regurgitado babas, flema y parte de la cena del dia anterior. He estado tentado a dejar de leer y unirme a el dando palmas.

Al salir del metro y ver el color del cielo uno casi agradece los minutos que pasa bajo tierra. Respirar ese aire saciado, copado de aliento, garraspeos y estornudos, casi parece una bendicion si lo comparas con el aire de la superficie, donde la mierbla se mastica y cada garraspeo va siempre seguido del gargajo. Si. La superficie es una gran circo donde los chinos solidarizan sus intestinos con la acera. Ellos lo hacen. Ellas lo hacen.

De camino al trabajo mi vista solo se fijaba en las bocas con las que comparto el aire cada mannana. Me he puesto vizco, mirando esas comisuras donde brilla una patina de sebo, que relamen a todas horas. Me guste o no, estoy ligado a todos ellos. Compartimos el mismo aire. Me veo obligado a respirar su aliento. No hay mascara ni braga que te salve.

Hoy, no se muy bien porque, pero he llegado al trabajo con el estomago revuelto.

Primavera prematura...

Pekín ha empezado a deshelarse. Después de tres largos meses, el termómetro vuelve a marcar positivos en algunos momentos del día, y los gorros y guantes se muestran como accesorios adecuados, pero no imprescindibles. En el calor que el sol arroja a media mañana, ya se intuye el advenimiento de la primavera. Advenimiento... Realmente tengo que dejar de usar palabras tan rocambolescas. Rocambolescas. Joder, como estamos.

Pues eso, que el frio dice adios y llega el buen tiempo. El buen timepo y la luz. Es increible el efecto que tiene en mi la penumbra desde aquel invierno que pasé en Finlandia. Creo que es algo que me persigará de por vida. El solo hecho de salir de trabajar y percibir como los últimos rayos de sol, luchan por atravesar la mierda, es motivo suficiente para hacerme sonreír. Pese a todo mi blanco lechoso, me acompañará mientras siga aquí. Ni sol, ni luz, ni leches. No hay nada que traspase la mierda. Los americanos tienen escudos antimisiles. Los chinos tienen la mierda en suspensión. Mucho más práctica.

Llevo semanas soñando con pantalones cortos y chanclas (no todo iban a ser ranas en cocción). Semanas deseando enterrar el jodido anorak finés, que lejos de parecer un abrigo, parece una casa portátil. Y sobretodo, llevo semanas esperando a ver los primeros escotes. La primavera me altera. Me altera muchisimo. Me vuelve más bipolar, si cabe.

Sea como sea la llegada de la primavera, me hace ser positivo. Me hace tener ilusion por el futuro más inmediato. Los chinos, seguirán siendo chinos, pero el verano los hará ser chinos de verano. La diferencia de un chino de verano a un chino de invierno, la desconozco. Probablemente no la haya. Quien sabe. Puede que huelan peor, o que estén un poco más pegajosos, pero de lo que no me cabe duda es de que mi percepción cambiará, porque el Ian de verano poco tiene que ver con el Ian de invierno, y si algo he aprendido es que una misma realidad alberga distintos mundos, en función del cristal con el que se mire.

China se abre a mi, o yo me abro a ella. ¿Que más da? Tendremos que volver a hablar de tetas...

jueves, 16 de febrero de 2012

Historia de una rana...

Hace días que sueño con una rana. Es una rana simpática, de dibujos animados. Aparecía en el documental de Al Gore sobre el calentamiento global (ahora mismo no recuerdo como se llamaba). La rana era solo una ilustración para mostrar de una forma gráfica y sencilla, el poder de adecuación del ser humano. En mi caso, la adecuación a la mierda. 


En la película metían a la rana en una olla con agua hirviendo. Según la rana entraba, saltaba fuera (algo lógico). Ante un estimulo desagradable el acto reflejo entra en acción  A continuación repetían el experimento metiendo a la rana en agua fría, y la ponían la olla al fuego. La rana se mostraba placida en al agua, y aunque notaba que la temperatura iba aumentando, se quedaba dentro. Con esto intentaban explicar que aunque el resultado final fuera el mismo, al hacerlo de una forma mas espaciada en el tiempo, no respondemos igual ante un mismo estimulo. Obviamente eran dibujos animados. Nadie quiere ver como una rana se cuece viva.

De alguna forma u otra me he dado cuenta de que tengo que excusar a China. Apenas hago otra cosa que arremeter contra ella, y contra los principios de su sociedad. Es momento de asumir gran parte de la culpa. Mi vida en China es mierda porque yo, cual rana, me he dejado comer por ella, lenta y gradualmente. He dejado que la vida me arropase con ese manto de comodidad que tanto desprecio, y en vez de saltar de la cazuela de primeras, me he ido acostumbrándome a el calorcito, a la mierda. 


 China es un pais dificil. Nadie lo niega. Pero hacer lo mismo que el resto de expatriados no me está aportando ningún consuelo. Cada uno saca fuerzas a su manera, y lo que he hecho hasta ahora solo me ha debilitado. Salí de España huyendo de la comodidad y me he refugiado en algo mucho peor. Una comodidad que ni siquiera me pertenece. Que no es mía. No me complementa y me hace sentir un extraño de mi propia vida. Una comodidad que nada me aporta. Solo hay facilidad. Barata y sucia. Es momento de excusar a China, porque la he criticado sin llegar a hacerla mía. La he visto con ojos prestados. La he vivido sin ser yo.


Es momento de hacerme mi propio hueco. Es momento de saltar de la cazuela...

miércoles, 15 de febrero de 2012

Yo te perdono...

Cerca ya del quinto mes en China, los días iban cogiendo inercia. No me atrevería a hablar de rutina ya que mi estado mental impedía mantener algo constante en el tiempo. Si, cada día mi animo salía disparado en cualquier dirección, solo para caer y rebotar de nuevo. Había días que parecía volver el antiguo yo, pero solo era un espejismo, porque sin las pautas y la seguridad que da una estabilidad mental, solo queda fachada.

Quizás las palabras estabilidad mental suenen un poco mal. No os asustéis, no iba lamiendo los retrovisores de los coches por la calle. Simplemente no estaba bien. Había días que conseguía engañarme y pensar que todo estaba superado, aún sin entender que había que superar.


Luego estaban los otros días. Días en los que una noticia de un oso panda en un zoo hacía que se me saltaran las lágrimas, y donde la matanza de 200 refugiados me daba risa. Nada estaba sujeto a la lógica, y detrás de la risa y el llanto, era cada vez mas consciente de mi demencia. Aún y con todo, mi demencia era de lo único que conservaba de mi antiguo yo, solo que a un nivel bastante mas alarmante. Así paso, que ciertos arrebatos de locura, se convirtieran en un hábito fijo.


Hablaba con los chinos por la calle y en el metro (en perfecto castellano claro está). Les exponía las razones por las que su cultura me daba pena. Quizás lo que mas me entristeciese, fuera el saber que acabarían dominando el mundo a base de copiar y desvirtuar nuestros valores,  mancillando su propia historia. Les argumentaba que su gran nación era una metáfora perfecta del triunfo de los valores modernos sobre la ambivalencia de la diversidad. Sobre como la evolución de este mundo globalizado, les habia llevado a olvidar sus tradiciones y costumbres mas puras, y a malcopiar la estructura exterior de las culturas en alza, perdiendo en el camino cosas tan importantes como el respeto a la vida, la educción o la igualdad. Ellos me respondían con caras de desconcierto. Tampoco creo que de haberlo dicho en chino, su reacción hubiese cambiado mucho.


No tenia la menor duda de que el día que me cruzase con un chino que hablase español, me iba a dar de leches, y lo peor de todo es que yo no podría decir nada al respecto. Estaría totalmente justificado, ya que había veces que mis soliloquios no eran tan transcendentales y lejos de hablar de su mala educación o de la falta de principios, les llamaba abiertamente feos. Así dicho puede sonar cruel, pero no lo era. Me salia del corazón. Sin darme cuenta, me encontraba a menudo delante de algún chino, diciéndole cosas como: "Pobrecito mio, que feo eres", o "Eres un dolor". Cada rasgo facial me fascinaba y era motivo de largos estudios, en voz alta. Las orejas por lo general me asombraban, más incluso que los ojos y las narices. Además, la cara de pasmo que ponían al ver que les hablaba, solo agudizaba el nivel de los comentarios.


Desde que vi en mi demencia la vía de escape a mi cárcel de todos los días, las cosas han mejorado notablemente. Todo esto, no ha sido más, que otro paso de la evolución de mi estancia en China. Ya no les odio. Me apiado de ellos con una misericordia que nunca es recíproca. No importa. Eso solo recalca mi compasión. Desde que asumí este enfoque sigo teniendo altibajos, pero todo es más llevadero. No puedo decir que no tenga ganas de estrangularlos a todos de vez en cuando, pero sin duda el índice de chinocidio ha ido a menos.


El otro día sin ir más lejos, al salir del trabajo, me atropelló un chino en el parking de al lado del metro. Estuve atento y gracias a eso salve mis rodillas del parachoques con un ligero salto hacia atrás, no sin antes golpear con ambos puños el capo del coche. Lo golpee con toda mi alma, no tanto para coger el impulso del salto, sino para ver si con un poco de suerte se disparaba el airbag del flamante Cadillac. Por desgracia no salto, pero al menos conseguí que frenase de golpe. Con las manos aún sobre el capo y  los ojos inyectados en sangre, me quedé delante del coche, como un rinoceronte antes de cargar. El chino con cara de susto levanto las manos del volante y hundió la cabeza a modo de ruego. Se quedó así el tiempo que yo tarde en serenarme, que no fue poco. Con lentitud me incorpore, mientras le miraba a través del parabrisas, y de la misma manera que Amon Göth habla frente al espejo en La lista de Schindler, alce una mano y susurre: "I pardon you". Desgraciadamente, yo no tenia el fusil a mano.

miércoles, 25 de enero de 2012

Japón...(2/2)

Salimos del hotel a la carrera, sintiéndonos auténticos prófugos de la soporífera imposición italiana. La chica en el fondo no estaba tan mal, pero había algo en ella que me sacaba de quicio. No se si era su mirada o su risa. Es la típica persona que te desconcierta cuando la miras a los ojos. Es complicado llegar a saber que está mirando. Es como si todo el esfuerzo se centrase en que los dos ojos mirasen en una misma dirección. Las mentes que hay detrás de esos ojos son mentes peligrosas. Una vez oí que la única diferencia entre el tonto y el malvado, es que el malvado a veces se toma un descanso. En cuanto a la risa es el ejemplo de risa boba por antonomasia. Esas risas que te ponen sobre aviso de que la persona que tienes enfrente es capaz en cualquier momento de atragantarse con la servilleta o meterse un tenedor por la oreja.  


Pues eso. Dejamos atrás a la italiana y nos lanzamos a la noche japonesa como Dios lo tenía intencionado. Nos dirigimos hacia el metro. El recorrer las calles con una compañía femenina era muy distinto a hacerlo solo. No por que yo me cortase en presencia de nadie, sino por que ellas si que lo hacían. En un momento nos convertimos en parte del producto de la noche. Todo estaba abierto a la compra venta en ese gran mercado que es la noche.


Según Jacob yo tengo un problema con las japonesas. Alega que me gustan todas. Yo discrepo, y puntualizo. Me encantan casi todas. No se que es lo que tienen pero lo tienen. Se puede llamar clase. Hay gente que lo llama maneras. Yo las llamo mujeres. Si. Saben lo que son, y se gustan, y se encantan, y saben que a ti te gustan. Hacen que te gusten. Hacen que te encanten. La manera de mirar, que incita deseo, lujuria y timidez. Esto último es fundamental. Es lo que hace que no te sientas en un burdel. Es lo que hace que sientas que detrás de todas esas minifaldas y botas altas, hay pequeñas historias deseando ser desveladas. Sin duda es estresante. Tantas historias y una sola vida para liberarlas a todas. Me recuerda al anillo de poder. 


El camino al metro no dio opción a mucho. Muchas miradas. Muchos cuellos que se giraban a nuestro paso, entre miradas de reojo, pero nada más. Era viernes y teníamos una ciudad por explorar. Decidimos empezar la noche por el bar donde habíamos conocido al grupo de gente internacional el día anterior. Era un bar normal, con gente normal, y buen ambiente. Nada sofisticado. Lo que se define como buen "flow".


Milagrosamente fuimos capaces de llegar. El milagrosamente ya no es solo por la complejidad del sistema de metro de Tokyo, sino por que la noche anterior nos habíamos recorrido media ciudad en busca de un garito animado. Sea como sea, lo encontramos. Estaba más animado que el día anterior. Nos pedimos una primera ronda, y nos metimos en costuras. Había un par de japonesas muy monas sentadas en una mesa cerca de donde la gente bailaba. De hecho la gente bailaba entre las mesas. Lo dicho, buen flow.


Un japones de traje se nos acercaba. Se veía que necesitaba socializar. Buscaba contacto visual. Debía haber salido de trabajar hacía poco. Olía a cubículo y soledad. Sin duda no era lo que necesitaba esta noche. Haciendo una maniobra de dispersión, Jacob fue a pedir otra ronda mientras yo me escabullía en el grupo que teníamos al lado. Al hacerlo choque contra un tipo bajito con coleta y americana. Habría jurado que era yo el que le empujaba, pero el se dio la vuelta pidiéndome perdón. Aprovechó para presentarse. No se porqué pero recuerdo su nombre. John.

John era de Sao Paulo, y lo que era más importante, John conocía a medio bar. Me presentó a las japonesas y a otro par de amigos que andaban por ahí. Al fondo del bar, vi a un americano del día anterior que también corrió a saludar. Para cuando Jacob volvió con las copas, aquello era una verbena. Al poco tiempo John decidió que era momento de cambiar de bar, y nos invitó a ir con él. Por el rabillo del ojo vi al japonés de traje más hundido aún en su propia miseria. De verás lo sentía. Cualquier otro día me habría tomado una copa con el, y le habría intentado meter en la onda, pero no hoy.

Ya en la calle, listos para migrar a otro bar, John nos presento a un amigo japones. Daíta. Las japonesas venían con nosotros. El japonés se mostro un poco rehacia de primeras, y insistio en volver al bar a tomarse una última copa antes de migrar. Según lo decía me dió la sensación de que lo que quería era perdenos de vista. Las cuentas salían mejor sin nosotros. Dos japonesas, el y John encajaba a la perfeción sin tener que llevar a dos españoles con ansias de noche. Me equivoqué.

Nada más entrar de nuevo al bar, Daita me recomendo invitar a las japonesas a una copa. La imagen global cambio. Por un momento me plantee si Daita era el chulo de las dos japonesitas. Me negué a invitarlas, alegando que apenas había cruzado dos palabras con ellas. El dijo que justamente por eso. Invitándolas a copas, eso se podría remediar. Agradecí la recomendación, pero me negué. Según estaba pidiendo las copas para Jacbo y para mi, Daita se acercó, pidió dos más, y le dijo al camarero que le cobrase las cuatro. Eso me terminó de descolocar. ¿Que clase de chulo te invita a una copa despues de negarte a invitar a sus chicas? Le agradecí el gesto a Daita, y me acerque a Jacob y para decirle que Daita nos había invitado a esa ronda. El tambien se sorprendio. Mientras tanto vi como Daita les daba las dos copas a sendas japonesas. No entendía nada. La única explicación era que Daita era un tío simpático.

Apartir de ese punto todo paso muy deprisa. Recuerdo que invite a Daita a la siguiente ronda, y cuando me quise dar cuenta estábamos ya en la calle. Le pregunte por John, y me dijo que no le esperásemos, que John iba a intentar terminar la noche pronto llevándose a alguna de las japonesas a casa. Un tipo listo el tal John. No se en que momento habíamos decidido cambiar a las dos japonesas, por un par de colombianos. También había una coreana. Tras una breve presentación, nos separamos para coger dos taxis. Jacob con los colombianos, yo con Daita y la coreana. Según me metía en el taxi, miré a Jacb, dudando sobre si nos volveríamos a ver alguna vez más. Otra vez pequé de desconfianza.

La noche fue sencillamente grandiosa. Estuvimos en 4 discotecas distintas. En todas y cada una de ellas, Daita me invito a la entrada. Yo intentaba abastecerle a copas una vez dentro, pero tenía la sensación de que la balanza seguía ostensiblemente vencida a su favor. Las discotecas estaban llenas de mujeres guapísimas. Tanto japonesas como occidentales. El gusto por las formas hacía de la noche japonesa un prontuario de bellezas exóticas. Daita no hacía más que presentarme a amigas. Estaba saturado. La manera de mirar de Daita cada vez que me presentaba a una, me decía que el ya había estado con todas. Le pregunte sobre sus gustos. Sentía curiosidad por conocer las reglas del juego allí. También quería estar seguro de que tanto invitación y tanta copa gratis no fuera dar pie a ningún mal entendido. Entre risas, me dijo que las japonesas ya le aburrían. Que prefería coreanas, por la sencilla razón de que lo tenían más apretado. Me pregunté para mis adentros, con cuantas japonesas habría tenido que estar el muy cabrón para haberse cansado de ellas.

Los colombianos por su parte resultaron ser unos tipos de lo más curiosos. Uno de ellos se sorprendió cuando le dijimos que éramos arquitectos.

-¿Si? Yo siempre tuve la duda de si ser arquitecto  o dedicarme al porno. - dijo entre risas. Todos nos reímos- Finalmente me acabé decantando por el porno. Es un negocio donde nunca faltará demanda. Por muy mal que vaya el mundo siempre habrá gente que se la machaque.- Yo no podía parar de reír. Al cabo de un rato, Jacob me contó que no era broma. El jodido colombiano era productor de cine porno en Japón.

Tras varios tanteos con la coreana, vi que no habría pelea. El terreno estaba listo para hacer de ella el colofón de una noche para el recuerdo. Pero llegado el momento de elegir, me decanté por seguir de fiesta con Jacob y Daita. Había sido una gran noche. Recuerdo en el camino de vuelta mirar a las vías del metro sin temor, pensando que lo único malo que había en esa ciudad era lo que pudiese salir de mi cabeza. Nada que no saliese de mi podría hacerme daño.

Llegamos a las 7 al hotel, con unos 10.000 yenes menos. Pese a los numerosos gestos de Daita, lo noche nos había salido por mas de 100 euros por barba.

Sobra decir que al día siguiente no estábamos a las 9 desayunados en recepción. Nos despertamos entorno a la 1, y a las 2 ya estábamos recorriendo las calles de Ginza. Era sábado y las calles de la zona estaban cortadas al tráfico. Algo parecido a la quinta avenida sin coches. Era impresionante la escala que adquiría la ciudad cuando ibas caminando por mitad de la calle. La ciudad era mía. A esas alturas yo ya estaba en pleno ataque de ansiedad. Quería volver, y todavía no me había ido.

Serian ya las 4 y decidimos acercarnos a la bahía andando. A eso de las 6, ya con el atardecer, conseguimos llegar a la bahía. En contraposición con el resto de la ciudad, el paseo marítimo estaba desierto. Recuerdo decir para mis adentros: Nota mental, cuando me mude a Tokyo, si necesito tranquilidad solo tengo que acercarme al paseo marítimo un sábado por la tarde...  Ingenuo.

martes, 24 de enero de 2012

Asobu...

Mis días se convirtieron en un reducto del tiempo que pasaba despierto. Fuera, los fuegos artificiales celebraban mi hundimiento. Con cada petardo me veía mas inmerso en la mierda que me rodeaba. En gran parte porque nuestra Hayi llevaba sin venir a recoger ya una semana. Es increíble la de mierda que se puede acumular en siete días. Y yo, esponja de todo cuanto me rodea, me veía afectado por el estado de mi entorno. Me convertía en un despojo más de la casa.

Intenté sacar fuerzas para limpiar. Conseguí dejar mi cuarto hecho una patena, pero cuando llego el momento de limpiar las áreas comunes, asumí resignado el enorme poder de la entropía. El desorden reina en el universo, y sin duda reinaba en mi salón. Me llegué a plantear que pasaría cuando Jane, nuestra Hayi, por fin apareciese por la puerta. Algo me decía que a sus ojos, yo no sería nada más que desorden, y que no dudaría en cogerme en volandas junto con el resto de la basura y tirarme al contenedor.

Me pasaba los días leyendo o escribiendo o oyendo música. Es increíble la unión casi mística que hay entre la música clásica y una casa sin recoger. El Bolero de Ravel, casi hacía que la mierda circulase frente a mis ojos, marchando para mi. Las Arias de Bach sin embargo la elevaban a un plano casi celestial. Pero quizás lo más asombroso fueran las Estaciones de Vivaldi. Veías pasar un año entero a través de los distintos estados de mierda que te rodeaban. El tiempo volaba, y cuando te querías dar cuenta ya había llegado el verano, solo para volver a dar paso al invierno al mirar por la ventana.

 Hay una palabra japonesa fantástica que define mi estado de esparcimiento. Asobu. La definición mas inmediata quiere decir jugar, pero como todo en Japón, Asobu es objeto de una segunda interpretación más profunda. En japonés, cuando uno no trabaja, se le llama Asobu. Pese a todo queda lejos de la palabra ocio, que tanto me irrita.

Dejémoslo claro. Yo no estoy ocioso. Yo estoy en la mierda. Hago auténticos esfuerzos por mimetizarme con cuanto me rodea en mi casa. Jacob, sin embargo, está ocioso. Hoy mismo se ha ido a un lago para patinar con el resto de espats. Eso es ocio, lo mío es una forma de vida. Tengo que estar en sintonía con el casquillo de cerveza que me bebí ayer por la noche, con la chapa que hay en el suelo, con la servilleta llena de mocos que hay sobre la mesa, junto a las migas de pan y la bolsa de cacahuetes. Solo entonces, cuando entre en sintonía con cuanto me rodea, y entienda lo que soy, podré saber que cojones hacer con mi vida. Hasta entonces, seguiré viendo la mierda desfilar al ritmo de los tambores de Ravel.

Me retiro, hoy estoy de asobu...

Uno más...

Eran las 9:30 de la mañana, y yo me preguntaba si sabría encontrar mi paradero en un mapa mundi. Estaba preso en una la sala de conferencias del club social de  un complejo de investigación de paneles fotovoltaicos, entre Changzhou y Nanjing. A mi izquierda, sentado en el lado largo de la gran mesa de conferencias, mi jefe. A mi derecha la nada. Enfrente, el director, el jefe de arquitectos, y el encargado del proyecto de la constructora local. A todos los efectos: tres jodidos chinos. Presidiendo la mesa, el dueño del club social, director y presidente del complejo de investigación de desarrollo fotovaltaico. Un tipo bastante feo, pero imponente.

En la habitación también había dos chinos del servicio técnico intentando arreglar el proyector. Todo un clásico de las reuniones en China. Todavía no he estado en una reunión en la que hayamos conectado el ordenador  y la cosa haya ido fluida. Cuando se consigue ver la imagen, sale teñida o partida. Es un ritual. Ellos empiezan a traer cables y mas cables. Reinician ordenador y proyector diecisiete veces. Nada.

 El yo de antes habría hecho algo por enterarme o ayudar. Ahora solo me limitaba a ver las caras del jefe. Tiene que ser realmente desesperante, ser dueño de un emporio multimillonario que acaba de empezar a cotizar en bolsa, y que en tu centro social, específicamente diseñado para días tan contados como ese, no funcione el puto proyector. Pero eso es China, y el lo sabía. Sabía que es ley de vida. Ley de vida china. Por eso no estaba gritando, ni pidiendo explicaciones. Callado, serio y aburrido, todo lo que podía hacer era resignarse. Era casi orgásmico.

Normalmente estas cosas me entusiasman y me habrían dado ánimo para el resto del día, pero como ya he dicho, eran las 9:30 de la mañana, en un punto perdido de China. Además del sueño, había otro factor importante. Hacía frío. Mucho. El club social lo habían abierto expresamente para esa reunión, y obviamente a nadie se le ocurrió poner la calefacción un ratito antes. Para terminar de rematar la función, tenía la rejilla de la calefacción diametralmente enfrente, escupiéndome aire frío a la cara.

De ahí mi estado de letargo, de ahí que todo me la picase un poco. De ahí que todavía tuviese la bufanda puesta con dos vueltas alrededor del cuello, hasta la nariz. El estado de torpor invernal, me afecta cual mosca. Es algo que me pasa a menudo.

A mi derecha la pantalla seguía luciendo el logotipo del proyector. Ni rastro de la presentación. Quince minutos antes, al menos se podía ver la presentación embebida en un amarillo mostaza. El amarillo le daba un toque de lo más apocalíptico a los fotomontajes de mi proyecto. Solo faltaba Robert Duvall diciendo: Me gusta el olor a napalm por la mañana. Si, pero eso había sido hacía 15 minutos, y eso era China. En 15 minutos había dado  tiempo a que llegase otro chino del servicio técnico con otro cable. Otro cable traído con la promesa de quitar el napalm del cielo. El resultado: un fondo negro con el nombre del proyector en rojo. Meiyo napalm, meiyo proyecto. (nota para la gente de bien; Meiyo: trancripción al español de la particula de negación china).

Mentiría si dijera que sé como se arregló el problema. Mi estado no lo permitía. Solo sé que empezó la presentación. Una mirada inquisitiva de mi jefe hizo que me intentase incorporar en la silla. Quiero pensar que lo logré.

Todo a punto, mi jefe empezó a hablar sobre mi proyecto, el primero de las cuatro propuestas que habíamos traído. La segunda era la de Vomitito, la tercera la del indio y la cuarta la había hecho mi jefe, a raíz de lo que le había dicho el director de la constructora local, la noche anterior. Mi cabeza voló a aquel encuentro.

Era medianoche, y mi jefe y yo estábamos repasando la presentación en su habitación del hotel, cuando llego el director de la constructora local. Mi jefe me lo presentó. Cuando abrió la boca para saludar, pude percibir un olor que hasta el momento desconocía. Ahora sé que era Baijo, licor chino. Matarratas con etiqueta.

Entre los tres repasamos la presentación. Bueno, yo me limitaba a ver como pasaban diapositivas. El chino de la constructora interrumpía a mi jefe, en lo que a mis ojos parecía un gran delirio alcohólico. Cogiendo las dos tarjetas del hotel que había en la mesa se enzarzo en una pelea personal por hacerse entender. “Nos” explico lo que el gran magnate le había dicho que quería. Una idea que nada tenía que ver con ninguna de nuestras propuestas. Pese a mi falta de chino pude ver como mi jefe contestaba con evasivas, y hacía por dar por terminada la reunión. Así fue. Cinco minutos más tarde los dos escoltamos al chino de la constructora hasta la puerta de la habitación. Yo me despedí, todo lo educado que pude, y mi jefe hizo lo mismo. Lo que ocurrió después fue lo tengo grabado a cámara lenta en mi cabeza. 

Nada más cerrarse la puerta mi jefe se volvió a mi, y acto seguido se volvió a girar hacia la puerta con un gesto violento, haciendo un corte de mangas de lo mas grotesco al chino que acababa de abandonar la habitación. Por un momento me quedé helado, pero al rato no pude evitar empezar a reír. Luego a modo de escusa me dijo que el muy “capullo” le llamaba cada noche, borracho perdido, para hacerle saber lo muy agradecido que estaba de compartir este proyecto con nosotros.

Volvimos a la mesa donde todavía estaban las tarjetas del hotel a modo de edificios, y me explico lo que quería el capullo le había dicho que quería el cliente. Me dijo que haría rápidamente una propuesta de lo que querían, para demostrar que era mucho peor que cualquiera de las nuestra. Le ofrecí mi ayuda, y me dijo que no. Que la haría mal adrede para enfatizar los errores que esta tenía de base. Me dijo que teníamos que intentar disuadir al cliente para que cogiese mi propuesta. Contento y aliviado me despedí y me dirigí a mi cuarto. En cuanto se cerró la puerta a mi espalda, imaginé a mi jefe haciendo lo mismo que unos minutos antes había hecho con el de la constructora. Pese a todo sonreí.

Si, mi jefe me caía bien. Salí del estado de trance y le vi a mi lado, hablando ya sobre el proyecto de Vomitito. Algo me decía que iba a ser el proyecto que iban a elegir. El mío era demasiado complejo. Demasiado ambicioso. Demasiado caro. Empecé a pensar en lo insoportable que podría ser la convivencia con el si eligiesen su proyecto sobre el de cualquiera de los otros. Me resigne, de la misma forma que el gran jefazo se había tenido que resignar con el proyector.

La presentación avanzaba, pero el frío no cesaba. Notaba como poco a poco me iba anquilosando en el gran sillón. Mi cuello desparecía alrededor de la bufanda y el torpor se adueñaba de mi. Los tres chinos de la constructora no habían parado de fumar desde la primera diapostiva, y la masa de humo se iba solidificando en contraste con la luz mortecina que envolvía la gran sala.

En un estado ya de congelación máxima, con el aire gélido soplándome en la cara, de repente lo vi. Entre el humo en suspensión, un dragón sobrevolaba la habitación. Mis ojos se quedaron clavados en él, mientras este se revolvía en su parsimonia. Al cabo de un largo rato entre el miedo y el asombro, conseguí mirar de reojo a los presentes. En efecto. Ninguno lo veía. Yo me rehundí más en el sillón, intentando pasar desapercibido.

Con cada calada de los cigarrillos el humo hacía que el dragón ganase consistencia y peso. Con cada calada, se aproximaba más. Absorto mi jefe se dirigió a mi. Yo me incorporé e incliné la cabeza hacía el sin dejar de mirar a esa serpiente con cabeza de león.
- El proyecto que hice ayer para disuadirles les ha encantado- mascullo- El de la torre -el del indio- no les ha gustado. Y de los otros dos prefieren el tuyo. Voy a intentar disuadirles para que lo escojan sobre el que hice ayer, aunque va a ser complicado. Dicen que es demasiado complejo, y no entienden el concepto de edificio "eco-friendly".
-Aja...- asentí, mientras bajaba la cabeza para evitar que el dragón me tocase. 

 Miré a mi jefe una vez más, para cerciorarme si el no era consciente de que un dragón sobrevolaba nuestras cabezas. Nada. Ni siquiera me sorprendió como un tío que cotizaba en bolsa gracias a los paneles fotovoltaicos no supiera lo que es un edificio verde. A fin de cuentas, era China. Yo tenía la mente en otras cosas. No lo podía entender. ¿Como no lo podían ver? El humo era ya un solido que volaba en círculos sobre todos nosotros, alimentándose con cada calada que ellos despreciaban. A no ser...

Entonces lo entendí. El humo salia de ellos, no de los cigarrillos. El humo eran ellos, y el dragón era ese espíritu que todos tenían dentro. El dragón era China. No lo veían porque todos pertenecían a él, del mismo modo que el les pertenecía a ellos. Una gota de sudor frío resbalo por mi nuca. Solo faltaba un cabo por atar: ¿Que hacía ahí el dragón? Por mucho que me resistía a contestarme, hacía tiempo que todo encajaba en mi cabeza. El dragón estaba ahí para hacerme uno de ellos. Uno de los suyos.

 Con terror vi como el humo cambiaba su recorrido. En vez de trazar círculos, empezó a trazar ochos. Cada vez mas rápido. Se estaba perfilando. Me terminé de hundir en la silla, sabiendo que cualquier grito sería despreciado por todos los presentes. Ellos ya lo tenían dentro, y ahora me tocaba a mi. Sin más aviso, el dragón descendió como una flecha hacia mi. Aprovecho mi exhalación de terror para entrar, todo lo largo que era, por mi boca. Los músculos se agarrotaron mientras un fogonazo dorado salía de mis ojos.

En ese preciso momento, mi jefe se volvió a mi y con una media sonrisa de complicidad me dijo en un perfecto chino:
 -Vamos a coger la opción cuatro. ¿Alguna objeción?
-Ninguna – conteste devolviendo la sonrisa mientras que de mis ojos rasgados aún salían hilos de oro...