Con mis pensamientos
perdidos entre las propias calles por las que caminaba, me dí cuenta de que no
era momento de pensar en mañanas. Era el momento de hacer mio todo aquello. Dos días no eran suficiente para hacer todo lo que querría, pero sin duda eran
mejor que nada. Tenía que aprovecharlos. Estrujarlos y sacar de ellos toda la
ilusión perdida. Tenía que volver a soñar con Japón.
Andando por Shibuya, te
sientes antiguo. Sus gentes, y su maneras te hacen sentir como un animal
primitivo que acaba de aprender a andar. Tus ropas quedan obsoletas y
probablemente tu manera de pensar también. Aquello es el corazón de una ciudad.
Late y circula más rápido de lo que ninguno entiende. Es increíble pararse a
pensar que aquello es solo la unión de individuos, que son ajenos al resultado
final. Juntos crean algo mucho mayor que todos, y aún así, no es de ninguno.
Eso es la sociedad. Eso es Shibuya. Un sito de todos, y lugar de ninguno.
Recorrí sus calles de
camino al hotel, y me metí en la cama. Hacía calor y tenía que reponer fuerzas
si quería darle una opción a la noche.
Por mucho que me guste más el día, Tokyo es más Tokyo de noche. Aunque
parezca que sus ritmo lo marcan el plástico y el plasma, todavía se puede
disfrutar a ritmo de Jazz.
Me desperté gracias a la
alarma. Diez. La ciudad ya era neón. Suspiré, pero antes de que el miedo
pudiese encontrarme, me metí en la ducha. Cogí carrerilla, y en escasos 15
minutos ya estaba recorriendo las calles en una calurosa noche en Tokyo.
Decidí ir a Roppongi, y
saltarme los primeros escarceos por Shibuya. Como era de suponer, a mi llegada,
Roppongi aún estaba muerto, y tras vagar por media docena de garitos, encontré
uno con billar.
No conozco a mucha gente
que se hubiese quedado en aquel bar. Aquello estaba desierto salvo por el barman,
pero yo no necesitaba más. Me sentí agusto lejos de toda la insinuación de la
calle. Estuve jugando con
aquel personaje, cuyo aspecto era de lo más sibilino. Pelo largo y grasiento, cara chupada
y blanca. Recorría la mesa completamente encorvado, y con cada bola que metía
dejaba escapar un risita hueca, que hacía que se le entornasen los ojos.
Me iba ganando dos a uno
cuando llego otro cliente. Me habría gustado poder darle la vuelta a la
partida, pero no hubo opción. El barman le cedió el taco al recién llegado y se
metió detrás de la barra. Mientras
jugaba, el sitio se empezó a llenar de
una gente de lo más extraña. Ellos iban vestidos, de ejecutivos mafiosos, y
ellas apenas iban vestidas. Aquel ambiente de cabaret chocaba con la decoración
del local, pero de alguna manera todo respondía a una extraña combinación de estéticas tan dispares como cuidadas. El único que sobraba en aquella ecuación
era yo. Aproveché a que un tipo negro con bombín y traje a rallas se acercaba
interesado por el resultado, para cederle el sitio.
Me decidí a ir a una de las
discotecas a las que me había llevado Daita, la primera vez que salí por Tokyo,
pero el ambiente me pareció mucho más flojo aquella noche. ¿Donde estaban las despampanantes modelos rusas, y las japonesas con glamour? Quizás no estaba tan
embriagado de ilusión y de ginebra como la ultima vez. Por si acaso la culpa era de la
segunda me encalomé a la barra. Todo puede pasar cuando uno se abraza a las
bienaventuranzas de una barra. Lo que pasó aquella noche fue que acabé bebiendo tequila con dos rusos hasta que
el sentido común entró en escena. Una retirada a tiempo siempre vale mucho. ¿Pero a quién quiero engañar? Mi problema suele ser que me retiro demasiado pronto. Si. La paciencia no ha sido nunca mi fuerte. Ni siquiera se si me despedí. Si lo hice no
lo recuerdo.
Con el calor de la noche y del alcohol, decidí andar hasta el
hotel. Mientras paseaba en busca
de mi hotel, absorto en los típicos pensamientos de borracho, un hilo musical
me sacó de mi burbuja . Me guié por el oído hasta encontrar una puerta en un
callejón. Aquello no podía ser más lúgubre Mi corazón se despertó de la cogorza, ansioso de ver las delicias del agujero que acaba de encontrar. Con la poca luz que entraba por la puerta conseguí abrirme paso entre
cajas y bidones. Por encima de todo aquello, una música funky lo envolvía todo
con un toque de glamour. Me pareció fántastico. Mi corazón palpitaba al ritmo
de la música y yo apenas podía esperar a encontrarme con alguien para compartir mi
admiración por aquella discoteca tan peculiar. Me sentía descubridor del garito
más estrambótico de toda la noche tokiota. Pero como es bien sabido, las cosas
buenas no duran. De la nada apareció un tipo con aspecto de matón, y con un
perfecto japonés me dijo que mi
presencia no era grata. Es increíble lo bien que puedes llegar a entender idiomas completamente ajenos, gracias al lenguaje corporal, el sentido común, el alcohol y la imaginación . Aún hoy tengo dudas de si realmente aquello no me lo dijo en castellano. En fin, sea como sea, todas mis cabalas mentales sobre lo que ocurría allí dentro y porque me
habrían echado, llegaron a su fin, nada más salir y torcer la esquina. Al hacerlo, me di de
bruces con lo que sin duda era la entrada principal del club, que al fin y al
cabo, no era tan siniestro. Supongo que todas
las discotecas tienen un encanto especial si entras por la salida de
emergencia.
Dado el chasco no pude por
menos que entrar y ver como era la
discoteca de verdad. Al fin y al cabo la música era buena. Para mi admiración,
la planta de arriba, no era muy distinta al cuartucho de fregonas donde hacía
unos momentos había estado, salvo por el hecho de que estaba atestado con gente
guapa sentada al rededor de mesas bajas. Los cuartos se sucedían.
La planta sótano sin
embargo tenía otra estética. Pese a que las salas seguían siendo muy pequeños
la decoración era completamente distinta. Había una luz verde criptonita, con
un suelo blanco. Recuerdo un DJ en la pista central, y gente con sombreros de lo mas estrafalarios
bailando.
Para aquel entonces, yo había alcanzado ese fantástico estado en el que
dejas de ser consciente de nada de lo que te rodea, y toda tu capacidad visual
solo se centra en ubicar puntos de apoyo para no acabar en el suelo. Ese momento
en el que tienes que irte mientras tu dignidad te lo permita. Como dirían en ingles: with the remainings.
Desperté al día siguiente a
eso de las dos y media. Las vueltas que pude dar por el distrito de Shibuya
hasta dar con mi hotel, las desconozco. Lo único que recordaba después de la
luz verde criptonita era trastabillarme ya en la entrada del hotel e intentar
disimularlo haciendo un saludo digno de la corte de Luis XVI a la
recepcionista.
Hice un ademán para
incorporarme y todas las copas del la noche anterior me golpearon como un
martillo. Eso, unido a los 30 grados que hacia en la calle, fue suficiente
excusa para tardar mas de una hora en arrastrarme a la ducha. Sentado en la placa de la ducha dejé que
el agua hiciera su magia y se llevara consigo el cansancio, vergüenzas y demás molestias.
Todo es más llevadero con un chorro de agua en la nuca. Aquella fue, de lejos, la ducha
más larga que me he dado en mi vida.
Completamente repuesto me
dirigí a Ginza. Sus calles me gustaron casi tanto como la primera vez que las había recorrido. Viendo que los jardines del palacio imperial no quedaban
lejos, me dispuse a acercarme.
Paseaba por la calle del
Hotel Imperial cuando vi a una muchachita andando hacía mi. La razón por lo que
me llamó la atención no fue por su belleza, ni su físico. Ni siquiera fue por
su forma de vestir. Me fije porque iba haciendo unas eses que la llevaban de acera a acera. El
chico que la acompañaba, ya harto de intentar ayudarla, retomo el paso, y la
dejó ligeramente atrás. Aquel gesto no le sentó nada bien, y afinando las eses,
intentó recuperar distancias para pegarle un golpe en la espalda, pero aquello
requería mucha mas coordinación de la que ella tenía en esos momentos, y golpeo el aire.
Esto la hizo perder el equilibrio, justo cuando yo pasaba a su lado, cayendo
literalmente en mis brazos. Con el
revuelo, el chico se dio la vuelta y rápidamente me la quito de los brazos con múltiples reverencias y perdones. Yo me reí, quitándole importancia al asunto y
me aleje pensando en como aquella chica podía ir etílica a las 4:30 de la
tarde. La respuesta la encontré una vez más a los pocos metros, en el parque
Hibiya.
Unos carteles enormes anunciaban
en la entrada del parque: Hibiya Octoberfest. Admito que no faltaba de nada.
Había cerveza, perritos calientes, rubias pechugonas con vestidos
tradicionales, alemanes gordos soplando la tuba (también ataviados con unos ridículos vestidos tiroleses) y
japoneses dando palmas sin ningún sentido del ritmo. El ambiente era cuanto
menos dantesco, pero no pude resistirme a tomarme una cerveza viendo el espectáculo Los japoneses me miraban y sonreían a modo de “¿a que esto es
típico?”, mientras que los alemanes me miraban y sonreían a modo de” estos
japoneses no han visto una feria en su vida”. De una forma u otra era un espectáculo digno de ver.
El resto de la tarde estuve
andando por los jardines del palacio imperial y por el centro financiero de
Tokyo, buscando una papelera para tirar el vaso de cerveza de la feria Estuve
más de dos horas con el dichoso vaso. Consejo para caminantes en Japón: sino te puedes comer o beber la
totalidad de lo que te den (eso también incluye el vaso), tómatelo en el sitio y devuelve el envoltorio al
cretino del dependiente.
Volví al hotel entorno a
las 6 de la tarde, y me desplomé en la cama. Estaba cansado pero me costó
dormir. Sabía que el sueño esperaba a la hora de salir para hacerme suyo. Pese
a todo lo conseguí engañar y fui capaz de dormir una hora escasa. Tras la ducha
de rigor salí para rencontrarme por segundo día consecutivo, con la noche tokyota.
Me acerqué paseando por el
primer bar al que fui, la primera vez que estuve en Tokyo. Había sido 9 meses
antes, en compañía de Jacob. Fue fácil de localizar, estaba bajo un paso de
trenes. Se podía ver casi todo el
interior desde la calle atraves de los grandes ventanales que tenía. La música era
la típica bazofia Pop que marcan las modas. Había zona de mesas bajas, zona con
mesas altas, zona de taburetes, y entre medias, la gente bailaba. Era un bar
normal y corriente. De lo más común. De esos bares que por su propia sencillez
son difíciles de encontrar. Era un bar
donde el buen ambiente fluía. No había nada que lo hiciera especial.
Simplemente, funcionaba.
Llegue en lo que debía de
ser la hora punta de un sábado Aquello estaba hasta arriba, pero pese a todo
conseguí hacerme con una copa. Recorrí el bar como buenamente pude, y por el
bien de la copa y el mío propio decidí terminármela fuera. Al salir me fijé en
una chiquita rubia que estaba fuera, hablando con un grupo de gente
internacional. Tenía pinta de alemana, y me pareció una opción fantástica para
empezar a perder la vergüenza. Si se tarda demasiado en elegir a quien pedir
indicaciones, las expectativas crecen, y acaban jugando en tu contra. Es de
todos conocido que estás cosas hay que hacerlas a mata-caballo.
Trás una brevísima
introducción, le pregunte si conocía algún sitio animado donde ir después. Me
dijo que ella y sus amigos iban a ir a un club cerca. Había poco que rascar en
el grupo con el que iba. Tres franceses con pinta de ingenieros informáticos ,
y un japonés que parecía que se acababa de acoplar al grupo. Mientras discutían
sobre que club estaba mejor a esas horas, yo me aparte discretamente,
consciente de que no tenía ni voz ni voto. Me apoyé en la barandilla que
separaba la acera de la calle a esperar el veredicto y a disfrutar del momento.
La noche era agradable y el
aire me embriagaba. Puede que también fuese la copa. La miré en busca de
respuestas, de la manera que solo los borrachos miran las cosas. Consciente de la imagen tan
desalentadora que estaba dando, mire alrededor a ver si alguien se había percatado
de aquello. Por suerte o por desgracia encontré unos ojos dignos de comic
mirándome.
A mi lado, apoyadas en la
barandilla había una muchachita japonesa, de grandes ojos, ataviada con un
gorro de lana. También llevaba una especie de minifalda-tutú negro, una
camiseta que pretendía dar el aspecto de roída, unas botas de cuero 3 tallas
mas grandes, y unos guantes rotos. Su aspecto era fantástico. Era una mezcla de
barbie se vuelve rockera en Japón.
-Hola- dijo ella en un tono infantil y desenfadado.
-Te tienes que estar asando
debajo de ese gorro- dije yo sin pensar que aquello no era la
mejor forma de cortejo.
-Si, bueno... Aqui es muy
popular llevar gorro incluso en verano,
y muchas veces la moda no es lo más cómodo... –Su inglés era bastante
potable, y en su voz había una mezcla de timidez formal y seguridad, que me
desconcertaba.
-Ya veo. Sea como sea te
queda muy bien.- dije intentando no soltar mas impertinencias de las mías. No
debí de sonar muy convincente, porque se empezó a reir. Le expliqué que había
venido a hacer entrevistas, y que muy probablemente volviese a Tokyo en un mes
con intención de quedarme. Me observaba en silencio, muy pensativa, y espero a
que terminase de hablar para decirme:
-¿Quieres ser mi amigo? –ante
mi cara de perplejidad, se apresuró a añadir- Puedo ser tu amiga japonesa- como
si eso lo explicase todo.
-Eh... Si... Claro! Suena
bien- dije con la más absoluta sorpresa, levantando las manos mientras dejaba
escapar una ligera risa.
-Si, conozco a mucha gente
internacional y te puedo presentar a gente que hablé inglés para que tengas más
amigos.
-De veras? Vaya... Eso
sería genial- aquello me estaba pareciendo surrealista por todas partes.
Realmente era así de fácil hacer amistades en Japón? Donde estaba el hermetismo
nipón de miradas al suelo y cabeza gacha?
Seguimos hablando y me
presentó a dos amigas, también japonesas, pero que a diferencia de ella, no
hablaban inglés. Una autentica lastima, porque una de ellas me parecía
realmente sugerente. No. Sugerente no es la palabra, pero a día de hoy todavía
no se como definirla Como diría una amiga, tenia un halo. Algo que te inspiraba pureza y que te hacia querer ser mejor persona.
Mientras tanto,
el grupo de franceses se habían ido ya. De aquel grupo solo quedaba el chico
japonés que seguía esperando a otros amigos. Me dio la sensación de que el grupo anterior
le había dado esquinazo, y que su otro
grupo de amigos no iban a aparecer. Le pregunte que que plan tenía, y me
volvió a decir que estaba esperando a unos amigos. Sin duda no era el mas listo
de su clase, pero parecía buen tipo, y yo estaba necesitado de apoyo logístico.
Le invite a que se viniera con nosotros, y le falto tiempo para decir que si.
Me presenté, y el hizo lo propio. Su nombre, Takuto, se pronunciaba de tal
manera que la “u” apenas se percibía, por lo que se me quedó grabado al
momento. Le pregunte si se apellidaba Rectal, pero obviamente no entendio la gracia.
Tras presentarlo
a mis nuevas amigas japonesas, nos pusimos en movimiento. Takuto, Yuki ,sus dos
amigas y yo. Yuki nos llevo a una discoteca de rap y rN´b. Recuerdo que el
ambiente me pareció de broma. Aquello estaba lleno de japos, vestidos como si
fueran Eminem. Andaban, se movían, y bailaban como si fueran del guetto mas
turbio de Detroit. Yo también tuve una época en la que me dio por escuchar rap,
pero elloshabian hecho de eso una forma de vida. Me dieron ganas de gritar que el rap
había muerto hacía una década (sino antes), pero me contuve. Bien pensado,
tampoco me habrían entendido.
La noche fue
divertida. Yuki era graciosa y respondía bien al quite, pero a mi me había
hecho gracia su amiga. Pese a todo le seguí el juego, o ella me lo siguió a mi.
Aún hoy por hoy sigo sin tener claro quien buscaba a quien. Me jugue con ella
una copa a que adivinaba su edad, sabiendo que era una apuesta perdida. Sabía que iba a fallar, pero nunca
pensé que por tanto. Le calculé 23. Tenía 32. La invité a un par de copas,
mientras ella me llamaba borracho en un castellano bastante decente. Había tenido
un exnovio peruano, y sabía chapurrear algo de castellano. Lo cierto es que me
lo estaba pasé muy bien.
En un momento
dado, ella siguió bebiendo, mientras yo intentaba hablar con la amiga que me
gustaba. Se llamaba Natsuko, y era un imposible en mayúsculas. Aparte de no
entender una palabra de inglés, detrás de su sonrisa educada, había un
autentico telón de acero. Tenía aura.
Una bondad natural, que te hacía sentir que personas como yo arderíamos en el
infierno mil veces, antes de que por aquella cabeza pasase un mal pensamiento.
Para cuando me quise dar cuenta, ya estaba completamente prendido de Natsuko, y
Yuki iba como las maracas de Machín. Demasiado borracha la una, demasiado
sobria de alma la otra.
Quizás sea lo
mejor, pensé. Era mi ultima noche en Tokyo, o podía ser la primera. Preferí
hacer las cosas bien y asentar unas buenas raíces. Yuki dijo que se iba, y con
ella, Natsuko, y la otra pobre desgraciada de la que nunca me acordaré de su
nombre. Lo cierto es que yo también estaba cansado. Le dije a Taku que iba a acompañar a las chicas a por un taxi e irme al hotel. El
me dijo que también estaba cansado del sitio y que no le apetecía quedarse más.
Así pues, salimos todos, igual que entramos. Juntos. Me parecía de lo más
curioso que el punto de unión de aquel grupo fuera yo.
Una vez fuera la
sin nombre se despidió, entre reverencias y besos y se marcho en un taxi. Apenas
había cruzado una sola palabra con ella. No era fea, pero lo cierto es que
tanto Yuki como Natsuko tenían mucha mas gracia.
Yuki insistió en
irse sola a su casa. Yo me ofrecí a acompañarla,
pero me dijo que no. Miré a Natsuko y a Taku buscando algo de apoyo, pero los dos se mostraron más que conformes con el hecho de
que se fuese sola.
Nada más irse
Yuki, Natsuko, con las maneras de una geisha, también hizo lo propio y tras una
despedida escueta y elegante, despareció en la noche tokyota. Yo miré a Taku de
reojo. A aquella escena solo le faltaban los grillos. El ambiente se había quedado de lo mas mermado, y las posibilidades de
triunfo, se habían muerto. Me contó
que el tenía que esperar hasta las 5 para el primer tren en dirección a su
casa. Eran las 3. Pese a que no me apeteciera nada, le dije que nos acercásemos a comprar unas cervezas a
algún seven eleven, para hacer algo de tiempo antes de que yo me fuera para el
hotel. El me dijo que le parecía bien, pero para cuando llegamos a
la tienda ninguno de los dos tenia ningunas gana de seguir bebiendo. Pese a todo
me sabía mal dejarlo tirado.
Me había caído
bien. Mirando de cara a mi posible traslado a Tokyo, era un contacto a
mantener. Le dije que aunque mi cuarto fuera minúsculo, tenía un sillón, donde
podía pasar lo que quedaba de noche. Por lo que tardo en decir que si, creo que
le habría servido el suelo.
Y así fue como
pasé la última noche de mi segunda visita a Japón. Durmiendo en la habitación de mi hotel, con un japonés que había conocido 5 horas antes en un
bar.
Antes de quedarme
dormido hice un breve repaso al viaje y a la noche. Había llegado con nada más
que dos entrevistas en el horizonte, y me iba con una oferta de
trabajo apalabrada y tres nuevos contactos.
Una semana más tarde me enteré de que Yuki estaba casada. El bueno de Taku, se convertiría, en mi mejor amigo en Tokyo. Y Natsuko... Natsuko es otra historia.
Una semana más tarde me enteré de que Yuki estaba casada. El bueno de Taku, se convertiría, en mi mejor amigo en Tokyo. Y Natsuko... Natsuko es otra historia.
Se ve que lo estás disfrutando, pero repasa el español... por mucho halo que tengan las japos, tus orígenes son tu orígenes joven...
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