martes, 26 de marzo de 2013

Entrevistas en Japón (segunda parte)


Con mis pensamientos perdidos entre las propias calles por las que caminaba, me dí cuenta de que no era momento de pensar en mañanas. Era el momento de hacer mio todo aquello. Dos días no eran suficiente para hacer todo lo que querría, pero sin duda eran mejor que nada. Tenía que aprovecharlos. Estrujarlos y sacar de ellos toda la ilusión perdida. Tenía que volver a soñar con Japón.

Andando por Shibuya, te sientes antiguo. Sus gentes, y su maneras te hacen sentir como un animal primitivo que acaba de aprender a andar. Tus ropas quedan obsoletas y probablemente tu manera de pensar también. Aquello es el corazón de una ciudad. Late y circula más rápido de lo que ninguno entiende. Es increíble pararse a pensar que aquello es solo la unión de individuos, que son ajenos al resultado final. Juntos crean algo mucho mayor que todos, y aún así, no es de ninguno. Eso es la sociedad. Eso es Shibuya. Un sito de todos, y lugar de ninguno.

Recorrí sus calles de camino al hotel, y me metí en la cama. Hacía calor y tenía que reponer fuerzas si quería darle una opción a la noche.  Por mucho que me guste más el día, Tokyo es más Tokyo de noche. Aunque parezca que sus ritmo lo marcan el plástico y el plasma, todavía se puede disfrutar a ritmo de Jazz.

Me desperté gracias a la alarma. Diez. La ciudad ya era neón. Suspiré, pero antes de que el miedo pudiese encontrarme, me metí en la ducha. Cogí carrerilla, y en escasos 15 minutos ya estaba recorriendo las calles en una calurosa noche en Tokyo.

Decidí ir a Roppongi, y saltarme los primeros escarceos por Shibuya. Como era de suponer, a mi llegada, Roppongi aún estaba muerto, y tras vagar por media docena de garitos, encontré uno con billar.

No conozco a mucha gente que se hubiese quedado en aquel bar. Aquello estaba desierto salvo por el barman, pero yo no necesitaba más. Me sentí agusto lejos de toda la insinuación de la calle.  Estuve jugando con aquel personaje, cuyo aspecto era de lo más sibilino. Pelo largo y grasiento, cara chupada y blanca. Recorría la mesa completamente encorvado, y con cada bola que metía dejaba escapar un risita hueca, que hacía que se le entornasen los ojos.

Me iba ganando dos a uno cuando llego otro cliente. Me habría gustado poder darle la vuelta a la partida, pero no hubo opción. El barman le cedió el taco al recién llegado y se metió detrás de la barra.  Mientras jugaba,  el sitio se empezó a llenar de una gente de lo más extraña. Ellos iban vestidos, de ejecutivos mafiosos, y ellas apenas iban vestidas. Aquel ambiente de cabaret chocaba con la decoración del local, pero de alguna manera todo respondía a una extraña combinación de estéticas tan dispares como cuidadas. El único que sobraba en aquella ecuación era yo. Aproveché a que un tipo negro con bombín y traje a rallas se acercaba interesado por el resultado,  para cederle el sitio.

Me decidí a ir a una de las discotecas a las que me había llevado Daita, la primera vez que salí por Tokyo, pero el ambiente me pareció mucho más flojo aquella noche. ¿Donde estaban las despampanantes modelos rusas, y las japonesas con glamour? Quizás no estaba tan embriagado de ilusión y de ginebra como la ultima vez. Por si acaso la culpa era de la segunda me encalomé a la barra. Todo puede pasar cuando uno se abraza a las bienaventuranzas de una barra. Lo que pasó aquella noche fue que  acabé bebiendo tequila con dos rusos hasta que el sentido común entró en escena. Una retirada a tiempo siempre vale mucho. ¿Pero a quién quiero engañar? Mi problema suele ser que me retiro demasiado pronto. Si. La paciencia no ha sido nunca mi fuerte. Ni siquiera se si me despedí. Si lo hice no lo recuerdo. 

Con el calor de la noche y del alcohol, decidí andar hasta el hotel. Mientras paseaba en busca de mi hotel, absorto en los típicos pensamientos de borracho, un hilo musical me sacó de mi burbuja . Me guié por el oído hasta encontrar una puerta en un callejón.  Aquello no podía ser más lúgubre  Mi corazón se despertó de la cogorza, ansioso de ver las delicias del agujero que acaba de encontrar. Con la poca luz que entraba por la puerta conseguí abrirme paso entre cajas y bidones. Por encima de todo aquello, una música funky lo envolvía todo con un toque de glamour. Me pareció fántastico. Mi corazón palpitaba al ritmo de la música y yo apenas podía esperar a encontrarme con alguien para compartir mi admiración por aquella discoteca tan peculiar. Me sentía descubridor del garito más estrambótico de toda la noche tokiota. Pero como es bien sabido, las cosas buenas no duran. De la nada apareció un tipo con aspecto de matón, y con un perfecto japonés me dijo que  mi presencia no era grata. Es increíble lo bien que puedes llegar a entender idiomas completamente ajenos, gracias al lenguaje corporal, el sentido común, el alcohol y la imaginación . Aún hoy tengo dudas de si realmente aquello no me lo dijo en castellano. En fin, sea como sea,  todas mis cabalas mentales  sobre lo que ocurría allí dentro y porque me habrían echado, llegaron a su fin, nada más salir y torcer la esquina. Al hacerlo, me di de bruces con lo que sin duda era la entrada principal del club, que al fin y al cabo, no era tan siniestro. Supongo que  todas las discotecas tienen un encanto especial si entras por la salida de emergencia.

Dado el chasco no pude por menos que entrar  y ver como era la discoteca de verdad. Al fin y al cabo la música era buena. Para mi admiración, la planta de arriba, no era muy distinta al cuartucho de fregonas donde hacía unos momentos había estado, salvo por el hecho de que estaba atestado con gente guapa sentada al rededor de mesas bajas. Los cuartos se sucedían.

La planta sótano sin embargo tenía otra estética. Pese a que las salas seguían siendo muy pequeños la decoración era completamente distinta. Había una luz verde criptonita, con un suelo blanco. Recuerdo un DJ en la pista central, y  gente con sombreros de lo mas estrafalarios bailando.

Para aquel entonces, yo había alcanzado ese fantástico estado en el que dejas de ser consciente de nada de lo que te rodea, y toda tu capacidad visual solo se centra en ubicar puntos de apoyo para no acabar en el suelo. Ese momento en el que tienes que irte mientras tu dignidad te lo permita. Como dirían en ingles: with the remainings.

Desperté al día siguiente a eso de las dos y media. Las vueltas que pude dar por el distrito de Shibuya hasta dar con mi hotel, las desconozco. Lo único que recordaba después de la luz verde criptonita era trastabillarme ya en la entrada del hotel e intentar disimularlo haciendo un saludo digno de la corte de Luis XVI a la recepcionista.

Hice un ademán para incorporarme y todas las copas del la noche anterior me golpearon como un martillo. Eso, unido a los 30 grados que hacia en la calle, fue suficiente excusa para tardar mas de una hora en arrastrarme a la ducha. Sentado en la placa de la ducha dejé que el agua hiciera su magia y se llevara consigo el cansancio, vergüenzas y demás molestias. Todo es más llevadero con un chorro de agua en la nuca. Aquella fue, de lejos, la ducha más larga que me he dado en mi vida.

Completamente repuesto me dirigí a Ginza. Sus calles me gustaron casi tanto como la primera vez que las había recorrido. Viendo que los jardines del palacio imperial no quedaban lejos, me dispuse a acercarme.

Paseaba por la calle del Hotel Imperial cuando vi a una muchachita andando hacía mi. La razón por lo que me llamó la atención no fue por su belleza, ni su físico. Ni siquiera fue por su forma de vestir. Me fije porque iba haciendo unas  eses que la llevaban de acera a acera. El chico que la acompañaba, ya harto de intentar ayudarla, retomo el paso, y la dejó ligeramente atrás. Aquel gesto no le sentó nada bien, y afinando las eses, intentó recuperar distancias para pegarle un golpe en la espalda, pero aquello requería mucha mas coordinación de la que  ella tenía en esos momentos, y golpeo el aire. Esto la hizo perder el equilibrio, justo cuando yo pasaba a su lado, cayendo literalmente en mis brazos.  Con el revuelo, el chico se dio la vuelta y rápidamente me la quito de los brazos con múltiples reverencias y perdones. Yo me reí, quitándole importancia al asunto y me aleje pensando en como aquella chica podía ir etílica a las 4:30 de la tarde. La respuesta la encontré una vez más a los pocos metros, en el parque Hibiya.

Unos carteles enormes anunciaban en la entrada del parque: Hibiya Octoberfest. Admito que no faltaba de nada. Había cerveza, perritos calientes, rubias pechugonas con vestidos tradicionales, alemanes gordos soplando la tuba (también ataviados con unos ridículos vestidos tiroleses)  y japoneses dando palmas sin ningún sentido del ritmo. El ambiente era cuanto menos dantesco, pero no pude resistirme a tomarme una cerveza viendo el espectáculo  Los japoneses me miraban y sonreían a modo de “¿a que esto es típico?”, mientras que los alemanes me miraban y sonreían a modo de” estos japoneses no han visto una feria en su vida”. De una forma u otra era un espectáculo digno de ver.

El resto de la tarde estuve andando por los jardines del palacio imperial y por el centro financiero de Tokyo, buscando una papelera para tirar el vaso de cerveza de la feria  Estuve más de dos horas con el dichoso vaso. Consejo para caminantes en Japón: sino te puedes comer o beber la totalidad de lo que te den (eso también incluye el vaso), tómatelo en el sitio y devuelve el envoltorio al cretino del dependiente.

Volví al hotel entorno a las 6 de la tarde, y me desplomé en la cama. Estaba cansado pero me costó dormir. Sabía que el sueño esperaba a la hora de salir para hacerme suyo. Pese a todo lo conseguí engañar y fui capaz de dormir una hora escasa. Tras la ducha de rigor salí para rencontrarme por segundo día consecutivo, con la noche tokyota.

Me acerqué paseando por el primer bar al que fui, la primera vez que estuve en Tokyo. Había sido 9 meses antes, en compañía de Jacob. Fue fácil de localizar, estaba bajo un paso de trenes.  Se podía ver casi todo el interior desde la calle atraves de los grandes ventanales que tenía. La música era la típica bazofia Pop que marcan las modas. Había zona de mesas bajas, zona con mesas altas, zona de taburetes, y entre medias, la gente bailaba. Era un bar normal y corriente. De lo más común. De esos bares que por su propia sencillez son difíciles de encontrar.  Era un bar donde el buen ambiente fluía. No había nada que lo hiciera especial. Simplemente, funcionaba.

Llegue en lo que debía de ser la hora punta de un sábado  Aquello estaba hasta arriba, pero pese a todo conseguí hacerme con una copa. Recorrí el bar como buenamente pude, y por el bien de la copa y el mío propio decidí terminármela fuera. Al salir me fijé en una chiquita rubia que estaba fuera, hablando con un grupo de gente internacional. Tenía pinta de alemana, y me pareció una opción fantástica para empezar a perder la vergüenza. Si se tarda demasiado en elegir a quien pedir indicaciones, las expectativas crecen, y acaban jugando en tu contra. Es de todos conocido que estás cosas hay que hacerlas a mata-caballo.

Trás una brevísima introducción, le pregunte si conocía algún sitio animado donde ir después. Me dijo que ella y sus amigos iban a ir a un club cerca. Había poco que rascar en el grupo con el que iba. Tres franceses con pinta de ingenieros informáticos , y un japonés que parecía que se acababa de acoplar al grupo. Mientras discutían sobre que club estaba mejor a esas horas, yo me aparte discretamente, consciente de que no tenía ni voz ni voto. Me apoyé en la barandilla que separaba la acera de la calle a esperar el veredicto y a disfrutar del momento.

La noche era agradable y el aire me embriagaba. Puede que también fuese la copa. La miré en busca de respuestas, de la manera que solo los borrachos miran  las cosas. Consciente de la imagen tan desalentadora que estaba dando, mire alrededor a ver si alguien se había percatado de aquello. Por suerte o por desgracia encontré unos ojos dignos de comic mirándome.

A mi lado, apoyadas en la barandilla había una muchachita japonesa, de grandes ojos, ataviada con un gorro de lana. También llevaba una especie de minifalda-tutú negro, una camiseta que pretendía dar el aspecto de roída, unas botas de cuero 3 tallas mas grandes, y unos guantes rotos. Su aspecto era fantástico. Era una mezcla de barbie se vuelve rockera en Japón.

-Hola-  dijo ella en un tono infantil y desenfadado.
-Te tienes que estar asando debajo de ese gorro-  dije yo  sin pensar que aquello no era la mejor forma de cortejo.
-Si, bueno... Aqui es muy popular llevar gorro incluso en verano,  y muchas veces la moda no es lo más cómodo... –Su inglés era bastante potable, y en su voz había una mezcla de timidez formal y seguridad, que me desconcertaba.
-Ya veo. Sea como sea te queda muy bien.- dije intentando no soltar mas impertinencias de las mías. No debí de sonar muy convincente, porque se empezó a reir. Le expliqué que había venido a hacer entrevistas, y que muy probablemente volviese a Tokyo en un mes con intención de quedarme. Me observaba en silencio, muy pensativa, y espero a que terminase de hablar para decirme:
-¿Quieres ser mi amigo? –ante mi cara de perplejidad, se apresuró a añadir- Puedo ser tu amiga japonesa- como si eso lo explicase todo.
-Eh... Si... Claro! Suena bien- dije con la más absoluta sorpresa, levantando las manos mientras dejaba escapar una ligera risa.
-Si, conozco a mucha gente internacional y te puedo presentar a gente que hablé inglés para que tengas más amigos.
-De veras? Vaya... Eso sería genial- aquello me estaba pareciendo surrealista por todas partes. Realmente era así de fácil hacer amistades en Japón? Donde estaba el hermetismo nipón de miradas al suelo y cabeza gacha?

Seguimos hablando y me presentó a dos amigas, también japonesas, pero que a diferencia de ella, no hablaban inglés. Una autentica lastima, porque una de ellas me parecía realmente sugerente. No. Sugerente no es la palabra, pero a día de hoy todavía no se como definirla  Como diría una amiga, tenia un halo. Algo que te inspiraba pureza y que te hacia querer ser mejor persona.

Mientras tanto, el grupo de franceses se habían ido ya. De aquel grupo solo quedaba el chico japonés que seguía esperando a otros amigos.  Me dio la sensación de que el grupo anterior le había dado esquinazo, y  que su otro grupo de amigos no iban a aparecer. Le pregunte que que plan tenía, y me volvió a decir que estaba esperando a unos amigos. Sin duda no era el mas listo de su clase, pero parecía buen tipo, y yo estaba necesitado de apoyo logístico. Le invite a que se viniera con nosotros, y le falto tiempo para decir que si. Me presenté, y el hizo lo propio. Su nombre, Takuto, se pronunciaba de tal manera que la “u” apenas se percibía, por lo que se me quedó grabado al momento. Le pregunte si se apellidaba Rectal, pero obviamente no entendio la gracia.

Tras presentarlo a mis nuevas amigas japonesas, nos pusimos en movimiento. Takuto, Yuki ,sus dos amigas y yo. Yuki nos llevo a una discoteca de rap y rN´b. Recuerdo que el ambiente me pareció de broma. Aquello estaba lleno de japos, vestidos como si fueran Eminem. Andaban, se movían, y bailaban como si fueran del guetto mas turbio de Detroit. Yo también tuve una época en la que me dio por escuchar rap, pero elloshabian hecho de eso una forma de vida. Me dieron ganas de gritar que el rap había muerto hacía una década (sino antes), pero me contuve. Bien pensado, tampoco me habrían entendido.

La noche fue divertida. Yuki era graciosa y respondía bien al quite, pero a mi me había hecho gracia su amiga. Pese a todo le seguí el juego, o ella me lo siguió a mi. Aún hoy por hoy sigo sin tener claro quien buscaba a quien. Me jugue con ella una copa a que adivinaba su edad, sabiendo que era una apuesta  perdida. Sabía que iba a fallar, pero nunca pensé que por tanto. Le calculé 23. Tenía 32. La invité a un par de copas, mientras ella me llamaba borracho en un castellano bastante decente. Había tenido un exnovio peruano, y sabía chapurrear algo de castellano. Lo cierto es que me lo estaba pasé muy bien.

En un momento dado, ella siguió bebiendo, mientras yo intentaba hablar con la amiga que me gustaba. Se llamaba Natsuko, y era un imposible en mayúsculas. Aparte de no entender una palabra de inglés, detrás de su sonrisa educada, había un autentico telón de acero.  Tenía aura. Una bondad natural, que te hacía sentir que personas como yo arderíamos en el infierno mil veces, antes de que por aquella cabeza pasase un mal pensamiento. Para cuando me quise dar cuenta, ya estaba completamente prendido de Natsuko, y Yuki iba como las maracas de Machín. Demasiado borracha la una, demasiado sobria de alma la otra.

Quizás sea lo mejor, pensé. Era mi ultima noche en Tokyo, o podía ser la primera. Preferí hacer las cosas bien y asentar unas buenas raíces. Yuki dijo que se iba, y con ella, Natsuko, y la otra pobre desgraciada de la que nunca me acordaré de su nombre. Lo cierto es que yo también estaba cansado. Le dije a Taku que iba a acompañar a las chicas a por un taxi e irme al hotel. El me dijo que también estaba cansado del sitio y que no le apetecía quedarse más. Así pues, salimos todos, igual que entramos. Juntos. Me parecía de lo más curioso que el punto de unión de aquel grupo fuera yo.

Una vez fuera la sin nombre se despidió, entre reverencias y besos y se marcho en un taxi. Apenas había cruzado una sola palabra con ella. No era fea, pero lo cierto es que tanto Yuki como Natsuko tenían mucha mas gracia.

Yuki insistió en irse sola a su casa.  Yo me ofrecí a acompañarla, pero me dijo que no. Miré a Natsuko y a Taku buscando algo de apoyo, pero los dos se mostraron más que conformes con el hecho de que se fuese sola.

Nada más irse Yuki, Natsuko, con las maneras de una geisha, también hizo lo propio y tras una despedida escueta y elegante, despareció en la noche tokyota. Yo miré a Taku de reojo. A aquella escena solo le faltaban los grillos. El ambiente se había quedado de lo mas mermado, y las posibilidades de triunfo,  se habían muerto. Me contó que el tenía que esperar hasta las 5 para el primer tren en dirección a su casa. Eran las 3. Pese a que no me apeteciera nada, le dije que nos acercásemos a comprar unas cervezas a algún seven eleven, para hacer algo de tiempo antes de que yo me fuera para el hotel. El me dijo que le parecía bien, pero para cuando llegamos a la tienda ninguno de los dos tenia ningunas gana de seguir bebiendo. Pese a todo me sabía mal dejarlo tirado.

Me había caído bien. Mirando de cara a mi posible traslado a Tokyo, era un contacto a mantener. Le dije que aunque mi cuarto fuera minúsculo, tenía un sillón, donde podía pasar lo que quedaba de noche. Por lo que tardo en decir que si, creo que le habría servido el suelo.

Y así fue como pasé la última noche de mi segunda visita a Japón. Durmiendo en la habitación de mi hotel, con un japonés que había conocido 5 horas antes en un bar. 

Antes de quedarme dormido hice un breve repaso al viaje y a la noche. Había llegado con nada más que dos entrevistas en el horizonte, y me iba con una oferta de trabajo apalabrada y tres nuevos contactos. 

Una semana más tarde me enteré de que Yuki estaba casada. El bueno de Taku, se convertiría, en  mi mejor amigo en Tokyo. Y Natsuko... Natsuko es otra historia.


1 comentario:

  1. Se ve que lo estás disfrutando, pero repasa el español... por mucho halo que tengan las japos, tus orígenes son tu orígenes joven...

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