La distancia de la oficina a los billares es de unos 15 kilómetros. Tardábamos unos 40 minutos de puerta a puerta. Según el cuentakilómetros, nuestras motos alcanzaban los 40 por hora. Dudo mucho que aquello pasase de 30. Eso, sin poner las luces, ni tocar el claxon en exceso. Todo los “extras” diezmaban la limitada potencia de nuestras fierecillas. Si ponías las luces, bien podías bajarte de la moto y empujar.
Pese a que el modelo de
moto de los dos era el mismo, y que ambas estaban compradas en la misma tienda,
mi moto corría ligeramente más que la de Jacob. Me gustaba mi moto. Solo
necesitaba oír aquel alegre zumbido de ventilador a pilas que producía cuando
aceleraba, para que se me dibujara una sonrisa en la cara.
Surcábamos las calles cediéndonos el paso de tanto en cuanto. Cada
moto tenia sus peculiaridades. La moto de Jacob lucia un hermoso agujero en la
carcasa frontal, fruto de la ira de algún borracho. La mía con el eje delantero
ligeramente desviado, gracias a la embestida de la bici de un abuelo chino.
También el muelle de la pata de cabra había pasado a mejor vida, por lo que
esta iba sujeta con dos abrazaderas. Nada importaba. Eramos eternos.
La noche iba cayendo sobre Pekín, sin apenas dar muestra de ello. Las
sombras corrían a esconderse de una gran
mancha anaranjada que descendía en el horizonte. En algún lugar, detrás
de la capa de mierda, el sol se estaba poniendo.
El tráfico era llevadero, la temperatura agradable, y la
contaminación entraba a raudales en los pulmones haciéndote sentir un poco más chino.
Si, iba a ser una gran tarde.
Apenas quedaban 300 metros
para los billares, cuando el sol se termino de poner. La mancha naranja había
dado paso a unos colores ocre, que se
fundían con el marrón del cielo pekinés, mientras que yo ajeno a todo, volaba
sobre mi corcel eléctrico. Todo ocurrió muy deprisa.
Me sorprendí a mi mismo intentando distinguir sombras a mi paso. Comprendí
demasiado tarde, que no se veía tanto como yo creía. A decir verdad, no se veía un coscojo. Mientras mi astigmatismo se
esforzaba por intuir que había al fondo de la calle, un motorista apareció de
entre las sombras. Estaba a escasos 5 metros de mi, y en rumbo de colisión. En un momento de
estupidez, me alivie al oír su grito de sorpresa (por aquello de mal de muchos
consuelo de tontos), pero no tarde en darme cuenta de lo que aquello
significaba. Si tan solo uno de los dos
hubiese visto al otro... Si tan solo hubiésemos intentado esquivarnos en
distintas direcciones...
Fue extraño. Tengo la sensación de haberme despertado en ese
preciso momento. Como si estuviese viviendo dormido . Como si toda la vida la
hubiese dormido, y por fin se desvelase la verdadera percepción de las cosas.
Fueron momentos del más crudo realismo, y sin embargo, todo lo que ocurrió después
se me antoja que fue un sueño.
Apenas frené. De poco habría servido. Los dos íbamos a todo lo que
daban nuestras motos. La única opción era tratar de esquivarnos. Recuerdo que
la histeria del momento despareció, cuando vi que los dos girábamos para el
mismo lado, dando paso a la resignación.
La más absoluta resignación. No había nada ya que pudiese impedir el
choque. Solo quedaba asumirlo. Tal fue mi sangre fría en el momento del choque,
que intente saltar por encima, impulsándome con el manillar.
Con el crujido del hierro y el plástico salí volando. Fue un
sonido seco, pero yo solo oía el grito
de sorpresa del chino. Aquel grito se repetía en mi cabeza una y otra vez, como
una banda sonora que auguraba un siniestro final. Lo estuve escuchando todo el
tiempo que tarde en caer. No debió de ser más de un segundo, pero me pareció
una eternidad.
Mi hombro fue lo primero en tocar el suelo.Lo sé porque fue el que
se llevo la peor parte. Lo siguiente fue el casco de refilón, seguido de
espalda,culo y piernas. La inercia de la voltereta, me incorporó, casi pidiéndome que me levantase, pero mi cuerpo ya no era mío. Cual muñeco me
desplomé de nuevo de espaldas. No fue hasta que mi casco retumbo una vez mas
contra el suelo, que yo recupere mi presencia de ánimo. No son todos los días
que uno se despierta dos veces en menos de 4 segundos.
Consciente de que estaba tirado en algún lugar del carril
bici, hice por levantarme. En el momento
comprendí que algo no estaba bien con mi hombro. No estaba en su sitio. A decir
verdad no estaba. Me levanté sujentándomelo con el brazo sano, y el dolor hizo
que me tuviera que encuclillar. No terminaba de entender como había salido
ileso del accidente. Me acaba de desgraciar el hombro contra el suelo, pero la
moto apenas me había rozado.¿Realmente mi intento de salto, había funcionado?
¿Y donde estaba el chino?
Lleno de cólera, y con un brazo tirando del otro, me dispuse a
matar al chino. Lo encontré más lejos de lo que pensaba, a unos 5 metros de
donde yo había aterrizado. Estaba debajo de lo que había quedado de las dos
motos. Parecía desorientado. Mientras yo soltaba improperios y la tomaba a
patadas con la farola mas cercana el, encontró fuerzas para arrancar a llorar.
Su llanto me trajo a la cabeza el grito de sorpresa que escasos segundos antes
se le había escapado. Ese grito que me
había helado. Viéndole llorar en el suelo, recuperé el juicio.
Era un repartidor. Vestía todo de negro. Pantalones, cazadora,
botas y casco negro. La moto era negra. Así, espectral, se empezó a incorporar,
entre gimoteos. Era mi fantasma. Mi muerte. Y yo era la suya. Mientras el se iba levantando, yo empecé a caer. El dolor del brazo se empezaba a ser
insoportable. Mi cabeza empezó a dar vueltas, y sentí que me iba a caer. Aun, sujetándome el brazo cruce la calle, y me deje caer contra una farola. La muy cabrona
seguía apagada...
Jacob no tardo en llegar. Le intenté tranquilizar. No hizo falta.
Es como si todos los días socorriera a alguien que se ha siniestrado con la
moto. Siempre me ha sorprendido lo bien que se maneja en estas circunstancias. Le
pedí que me ayudase a quitarme la cazadora. Le conté que me había desgraciado
el hombro. Al verlo me dijo que lo tenia fuera. Usamos mi fular a modo de
cabestrillo. Insistió en que me volviese a sentar para que no me marease, pero
al ver que cada vez venía más y más gente de los alrededores, y que la moto
estaba inservible, los dos coincidimos en que lo mejor era irnos y evitar
papeleos. Si puedes evitar a la policía china, hazlo. Mientras nos alejábamos
vi al repartidor viendo lo que quedaba de su moto. Parecía bastante entero.
Quizás no debí de haber saltado.
Jacob fue a aparcar su moto, mientras yo me dirigía a la calle
paralela para coger un taxi. Aquellos
metros fueron los peores. Lejos de remitir, el dolor iba a más. Una vez pasado el nerviosismo del momento, el dolor
se volvió más punzante, más intenso. Intenté en vano encontrar una postura
buena, pero cada movimiento era una agonía. Notaba como músculos y huesos se
montaban unos sobre otros. Sabía que haciendo determinados movimientos un
hombro dislocado puede volver a colocarse. Me acorde de arma letal, y me vi más
que tentado a darme un golpe contra un coche. Afortunadamente el miedo a
terminar de desgraciarme, pudo más que el estado de histeria al que el dolor me
estaba llevando. Otro golpe desacertado era probablemente lo último que
necesitaba en ese momento.
No se lo que tardo Jacob en volver, pero hacía rato que yo ya me
había desquiciado. En mi estado de enajenación mental le pedí que me ayudase a
colocarme el hombro. Lo miro durante un segundo con buen juicio me dijo que me
esperase a llegar al hospital.
Ahí empezó el periplo. Llegamos al hospital pasada las ocho, solo
para que nos dijeran que el técnico de rayos, se acaba de marchar. Mientras
esperábamos a que viniera el de urgencias, conseguí que me dieran un
analgésico. Yo solo quería que me colocaran el brazo en su sitio.
Por fin llego el radiólogo. Me hicieron dos radiografías, y me
dieron el diagnostico. Tenía roto la “AC joint”. Ahora se que es eso, antes no.
Me dijeron que me tenían que operar de emergencias, pero que me tenía que
cambiar de hospital ya que aquello era sola una clínica. No contento con las
buenas noticias, también me adelantaron que en el hospital donde me mandaban a
operarme, no me iban a operar, porque el medico de guardia, al oír el
diagnostico, no consideraba que eso fuera una emergencia. Yo solo quería que
alguien me sacara el hombro del pulmón.
El bueno de Andrés, que había venido nada más enterarse, me
acompaño al hospital, mientras Jacob iba a casa a recoger mi pasaporte y mi
cepillo de dientes. La idea de que me fueran a abrir en canal en China, no era
de las más agradables. Llamé a mis padres para darles las buenas noticias.
El medico de guardia del otro hospital, tardo en atenderme. Cuando lo hizo, me explico que cojones tenía.
Me había roto los ligamentos que unen la caja del hombro al trapecio, por lo
que tenía desplazado hombro, omóplato y demás, para dentro. Le pedí que por
favor me lo sacase. Se rió. A mi no me hizo ni pizca de gracia. Me explico que
ahora que ya no tenia ligamentos, lo único que sujetaba el hombro y el
omóplato, eran los músculos, y con el traumatismo, estos tiraban para adentro.
Si tiraba del hombro para fuera, en el momento que soltase se iba a volver a
meter. Yo seguía sin verle la gracia.
Me dijo que en China eso se opera, pero que en USA y en Canadá no.
La operación (aparte de costar unos 30.000 euros) daba mas problemas que otra
cosa. Lo único malo de no operar era la
estética. El hombro, nunca volvería a estar a su altura. Sería un poquito más
Quasimodo. Asimétrico. Amorfo de por vida.
Mientras tanto, mis padres habían hablado con el jefe de traumatología
de un hospital en España; una amiga me había puesto en contacto con un médico
indio que le había operado la rodilla en Pekín, y otro medico chino del
hospital me estaba dando su diagnóstico. Fue media hora de estrés hasta que
conseguí cierta unanimidad en los diagnósticos. La operación de emergencia ya
estaba descartada.. Todos acordaron que con un cabestrillo decente y
asegurándose que no tuviese ninguna vena o nervio afectado, podía volar.
Esa misma noche salí para España, haciendo escala en Bruselas. De
equipaje llevaba un libro, unos analgésicos, un cepillo de dientes, y unas chanclas. El
cuello de la camiseta estaba cortado hasta la manga, ya que el primer medico no
se había atrevido a quitármela. El fular que había usado de cabestrillo me
servía ahora para tapar el hombro desnudo y el cabestrillo. Para poder pasar el
control de seguridad, Jacob me quito el cinturón, ya que yo solo no podía. Los
vaqueros, rotos del accidente se me caían. Me daba vergüenza ajena. Me sentía un perdedor.
Un perdedor estúpido. China me había ganado. Ahora que las cosas empezaban a
funcionar, ahora que había bajado mínimamente la guardia, China me había dejado
K.O. Y es que todo puede pasar, una tarde en los billares.
Tarde 10 días en volver a Pekín. Los diagnósticos en España,
coincidieron con los del americano, y me libre de la operación. A cambio,
luciría de por vida un hombro caído. Un bonito recuerdo de China. Marca de la
casa. Daba igual lo lejos que me fuera después, mi hombro, contrahecho, me seguiría.
A veces lo miro, y me da pena. Mi hombro no tenía la culpa de mi estupidez. Mi
hombro no es el que sufre astigmatismo, ni de ese retraso mental que va ligado
al amor por la velocidad. Tampoco tiene voz para quejarse y llamarme idiota,
por lo que me lo tengo que llamar yo. Si, yo no me doy pena, pero mi hombro si.
El no se merecía esto.
Aún todavía miro el asfalto y veo en el mucho mas que grava y
alquitrán. Mucho más que una calle. Veo un realismo frío. Veo la dualidad. Luz
y sombras. Me recuerda lo que es una vida.
Su fragilidad. La física que nos rodea. La física que nos conforma. El falso
sentido de seguridad que tenemos bajo el sol.
Y dá gracias que lo puedes contar!!!
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