Esta entrada tiene un fuerte contenido escatológico. Absténganse reprimidos y princesas.
El baño en mi trabajo no es un baño. Es un jodido agujero. Un pozo de mierda. Los chinos se encuclillan y se alivian. Yo lo miro y tiemblo.
En esa postura tan indecente, uno se pregunta hasta que punto uno controla su esfínter, o su esfínter le controla a el. Además de la incomodidad de la postura, hay muchos otros factores a tener en cuenta. El primero, la gran duda de: me tendría que quitar los pantalones o con bajárselos vale? Nadie quiere, encontrarse el regalo sobre los pantalones bajados. Además luego una vez salvados los pantalones, hay que atinar en el agujero, y si ya le añades el tener que salir de la oficina con el rollo de papel higiénico debajo del brazo, a uno se le quitan las ganas.
Yo desde mi primera Happy hour en la que Luis me puso al corriente de la situación, tuve claro que aquel agujero no iba conmigo. Por si no fueran razones suficientes, cabe añadir, el estado defectuoso de mis rodillas, incapaces de quedarse mas de 3 segundos en esa postura. Si el simple hecho de ponerme de cuclillas es ya de por si, toda una odisea, como para encima preocuparnos de otros menesteres. No. El agujero no es para mi.
Pese a todo por mucho que intentase resistir, el pasar por el baño, era algo que tarde o temprano sabia que iba a ocurrir. Los primeros meses me resistí. Luche contra ello, con valor y determinación. Había días que la vuelta a casa era un duelo contra mis interiores. Un duelo por alargar lo inevitable. El llegar a casa se convirtió en el mejor momento del día, solo por la libertad de ecuación. Si. Hay pocas cosas tan placenteras como el aliviar una necesidad de primer grado. Comer con hambre, follar con ganas, y cagar con gusto son auténticos placeres que demuestran que la felicidad esta mucho mas cerca de lo que la gente se quiere creer. Quien quiere un coche caro, o una casa en la playa. A mi que me pongan un baño a mano.
Si. No tarde en darme cuenta de que esto no podía seguir así, pero fue hasta unas semanas mas tardes, que encontré solución a mis problemas. Yo en mi condición, evitaba cualquier acercamiento a un baño, por miedo a despertar a la bestia que llevaba dentro. Fue Jacob el que me dijo que acababan de reformar los baños del restaurante en el que estábamos comiendo. Sin perder tiempo me acerque impaciente y temeroso para ver si aquello era el final de mis días de suplicio y represión o tan solo una broma de mal gusto.
Por mas que intento ser objetivo, no lo consigo. Probablemente aquel baño, este en la linea de cualquier servicio de un restaurante normal en España, pero para mi fue una manifestación del cielo en la tierra. Recuerdo perfectamente como a mi llegada dos ángeles descendieron del más allá y entonaron una dulce melodía con un arpa. Fue un momento glorioso. Una pena que en ese preciso instante no tuviera necesidad de evacuar.
Desde ese día todo cogió otro cariz. Seguía estando en China. Seguía rodeado de mierda allá donde mirase, pero al menos ahora no tenia que cargar a cuestas con la propia. Rápidamente convertí aquel servicio en mi centro de operaciones. Sin duda fue una liberación, mas por el saber que podía ir, que por el uso que realmente le daba. Era como un niño con una bici nueva.
El servicio contaba con un solo lavabo, tres agujeros en el suelo, y mi inodoro. Lejos de estar compartimentado con contrachapado y puertas a media altura, cada recitáculo contaba con una tabiquería solida y unas puertas macizas. Era a todo mi entender un baño hecho y derecho.
Lo que era algo un poco mas extraño era el trato con los camareros. Los primeros meses que estuve en China, Jacob y yo frecuentábamos ese restaurante, por lo que los camareros me conocían. Al principio me abrían la puerta cordiales y amables (para las maneras del país), y corrían escoltándome para ofrecerme una mesa, yo apretaba el paso y les dejaba detrás, levantando una mano mientras les decía en perfecto castellano: No gracias, hoy solo vengo a usar el baño. Ellos no entendían nada, pero como me mostraba muy seguro de adonde me dirigía desistían de acompañarme. Con el paso del tiempo dejaron de abrirme la puerta con tanta cortesía, y casi podía leer en sus labios decir: Ya esta otra vez el cagón.
La penúltima vez fui, ocurrió un improvisto. Todo iba como de costumbre. Salude a la jefa de sala, y me apresure a la segunda sala del restaurante de donde salia el pasillo a los comedores privados y a los servicios de caballeros. A mi baño.
Entre, y mientras cogía papel higiénico del gran rollo dispensador que había junto al lavabo, percibí una olor conocido. Habían puesto unas varillas de incienso junto al lavabo y todo el baño estaba impregnado de ese aroma tan delicioso. Mientras terminaba de coger el papel, me dije a mi mismo: Ian, eres cruel e injusto. Estos chinos no son tan malos. De veras lo intentan. Con estos pensamientos me dirigí a mi baño.
Abrí la puerta, y busque la luz. Nada. No había interruptor. Mire detrás de la puerta. Meyo. Me acerque al panel de controles de la entrada. Cinco interruptores me esperaban. Eso es me dije. Probé el primero, y la estancia central, se apago. Nop. Probé el segundo, y pude ver como uno de los agujeros se apagaba. Quedan tres. Probé los dos siguientes y los otros dos agujeros quedaron a oscuras. Solo quedaba un interruptor y mi baño. Lo accione, y pude oír como el extractor moría.
Busque un sexto interruptor por todos los sitios posibles. Allí no había nada, Solo yo, mi incontinencia, tres agujeros y mi baño en penumbra. Pues si tiene que ser así, así sería.
Entre en mi baño, me quite mi anorak fines, y lo colgué de un clavo que había en la puerta. Racione el papel higiénico, limpie la taza con la poca luz que entraba por la puerta. Antes de cerrar la puerta, suspire y cogí aire, como si a oscuras no pudiese respirar. Me sentí estúpido.
Mientras me desabrochaba los pantalones prensaba si debería de cerrar la puerta con pestillo o no. Las dos opciones eran terribles. La opción de quedarme encerrado en un baño a oscuras rivalizaba con la de que alguien abriera la puerta y me encontrase haciendo caca a oscuras. Me decanté por la opción del ridículo, frente a la del encerrado. Al fin y al cabo eran chinos. Intentar explicarle al chino del otro lado de la puerta que no podía salir por que no veía el pestillo, podía ser toda una odisea.
De todas las situaciones en las que me he sentido desamparado en China, esa fue el sumun. A oscuras, en el baño de un restaurante musulmán al noreste del tercer anillo de Pekín, me di cuenta de la precariedad de mi existencia. Como si alguien hiciera un "zoom out", me vi a mi a oscuras (valga la redundancia), y luego vi el techo de la casa, y luego los edificios colindantes, y Pekín y sus suburbios, y luego la provincia, y China, y el mundo y la galaxia... Pero no, yo seguía sentadito, en mi baño.
Poco antes de acabar recordé un chiste que me contaron de pequeñito. Como sabe un ciego cuando ha terminado de limpiarse el culo? Esa duda ya me había asaltado en el mismo momento en el que el quinto interruptor no había encendido la luz de mi baño. Recuerdo que en su día lejos de hacerme gracia me hizo plantearme lo dura que era la vida de un ciego. Veinte años después volvió a no hacerme gracia. Ni puta gracia. No solo eso sino que en un acto de estupidez, intenté recordar si veinte años atrás había encontrado respuesta a aquella pregunta.
Afortunadamente, y en previsión a los acontecimientos tenía papel higiénico para limpiar diez culos. De hecho, tanto era mi miedo a dejar algo, que cuando me levante y salí del baño, note el escozor.
Mientras me lavaba las manos, frente al espejo, no pude evitar reírme...
-China, China... ¿Que voy a hacer contigo?
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