Hoy el metro olia especialmente mal. Una mezcla de maiz hervido con sudor rancio. Quiero pensar que era un solo chino el que estaba condenando a todo el vagon con su tufo, pero era mucha peste para un solo responsable. Al cabo de un par de paradas, la peste me ha cambiado, literalmente de vagon.
Suerte la mia, que en el vagon donde he ido a parar, habia un chino haciendo sus lavativas matutinas. El recital ha comenzado con unos elegantes chasquidos con la lengua, que tenian por finalidad quitarse algo de entre los dientes. Al decimocuarto chasquido, la mierda que tenia entre los dientes seguia ahi. Ha parado? No, eso jamas. No solo no ha paradosino que ademas, en una arrebato de genialidad ha decidido annadir sustancia al asunto, por aquello de que cambiando la densidad de la baba, pudiese lubricar mejor. Con un fuerte garraspeo ha regurgitado babas, flema y parte de la cena del dia anterior. He estado tentado a dejar de leer y unirme a el dando palmas.
Al salir del metro y ver el color del cielo uno casi agradece los minutos que pasa bajo tierra. Respirar ese aire saciado, copado de aliento, garraspeos y estornudos, casi parece una bendicion si lo comparas con el aire de la superficie, donde la mierbla se mastica y cada garraspeo va siempre seguido del gargajo. Si. La superficie es una gran circo donde los chinos solidarizan sus intestinos con la acera. Ellos lo hacen. Ellas lo hacen.
De camino al trabajo mi vista solo se fijaba en las bocas con las que comparto el aire cada mannana. Me he puesto vizco, mirando esas comisuras donde brilla una patina de sebo, que relamen a todas horas. Me guste o no, estoy ligado a todos ellos. Compartimos el mismo aire. Me veo obligado a respirar su aliento. No hay mascara ni braga que te salve.
Hoy, no se muy bien porque, pero he llegado al trabajo con el estomago revuelto.
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