Quizás las palabras estabilidad mental suenen un poco mal. No os asustéis, no iba lamiendo los retrovisores de los coches por la calle. Simplemente no estaba bien. Había días que conseguía engañarme y pensar que todo estaba superado, aún sin entender que había que superar.
Luego estaban los otros días. Días en los que una noticia de un oso panda en un zoo hacía que se me saltaran las lágrimas, y donde la matanza de 200 refugiados me daba risa. Nada estaba sujeto a la lógica, y detrás de la risa y el llanto, era cada vez mas consciente de mi demencia. Aún y con todo, mi demencia era de lo único que conservaba de mi antiguo yo, solo que a un nivel bastante mas alarmante. Así paso, que ciertos arrebatos de locura, se convirtieran en un hábito fijo.
Hablaba con los chinos por la calle y en el metro (en perfecto castellano claro está). Les exponía las razones por las que su cultura me daba pena. Quizás lo que mas me entristeciese, fuera el saber que acabarían dominando el mundo a base de copiar y desvirtuar nuestros valores, mancillando su propia historia. Les argumentaba que su gran nación era una metáfora perfecta del triunfo de los valores modernos sobre la ambivalencia de la diversidad. Sobre como la evolución de este mundo globalizado, les habia llevado a olvidar sus tradiciones y costumbres mas puras, y a malcopiar la estructura exterior de las culturas en alza, perdiendo en el camino cosas tan importantes como el respeto a la vida, la educción o la igualdad. Ellos me respondían con caras de desconcierto. Tampoco creo que de haberlo dicho en chino, su reacción hubiese cambiado mucho.
Luego estaban los otros días. Días en los que una noticia de un oso panda en un zoo hacía que se me saltaran las lágrimas, y donde la matanza de 200 refugiados me daba risa. Nada estaba sujeto a la lógica, y detrás de la risa y el llanto, era cada vez mas consciente de mi demencia. Aún y con todo, mi demencia era de lo único que conservaba de mi antiguo yo, solo que a un nivel bastante mas alarmante. Así paso, que ciertos arrebatos de locura, se convirtieran en un hábito fijo.
Hablaba con los chinos por la calle y en el metro (en perfecto castellano claro está). Les exponía las razones por las que su cultura me daba pena. Quizás lo que mas me entristeciese, fuera el saber que acabarían dominando el mundo a base de copiar y desvirtuar nuestros valores, mancillando su propia historia. Les argumentaba que su gran nación era una metáfora perfecta del triunfo de los valores modernos sobre la ambivalencia de la diversidad. Sobre como la evolución de este mundo globalizado, les habia llevado a olvidar sus tradiciones y costumbres mas puras, y a malcopiar la estructura exterior de las culturas en alza, perdiendo en el camino cosas tan importantes como el respeto a la vida, la educción o la igualdad. Ellos me respondían con caras de desconcierto. Tampoco creo que de haberlo dicho en chino, su reacción hubiese cambiado mucho.
No tenia la menor duda de que el día que me cruzase con un chino que hablase español, me iba a dar de leches, y lo peor de todo es que yo no podría decir nada al respecto. Estaría totalmente justificado, ya que había veces que mis soliloquios no eran tan transcendentales y lejos de hablar de su mala educación o de la falta de principios, les llamaba abiertamente feos. Así dicho puede sonar cruel, pero no lo era. Me salia del corazón. Sin darme cuenta, me encontraba a menudo delante de algún chino, diciéndole cosas como: "Pobrecito mio, que feo eres", o "Eres un dolor". Cada rasgo facial me fascinaba y era motivo de largos estudios, en voz alta. Las orejas por lo general me asombraban, más incluso que los ojos y las narices. Además, la cara de pasmo que ponían al ver que les hablaba, solo agudizaba el nivel de los comentarios.
Desde que vi en mi demencia la vía de escape a mi cárcel de todos los días, las cosas han mejorado notablemente. Todo esto, no ha sido más, que otro paso de la evolución de mi estancia en China. Ya no les odio. Me apiado de ellos con una misericordia que nunca es recíproca. No importa. Eso solo recalca mi compasión. Desde que asumí este enfoque sigo teniendo altibajos, pero todo es más llevadero. No puedo decir que no tenga ganas de estrangularlos a todos de vez en cuando, pero sin duda el índice de chinocidio ha ido a menos.
El otro día sin ir más lejos, al salir del trabajo, me atropelló un chino en el parking de al lado del metro. Estuve atento y gracias a eso salve mis rodillas del parachoques con un ligero salto hacia atrás, no sin antes golpear con ambos puños el capo del coche. Lo golpee con toda mi alma, no tanto para coger el impulso del salto, sino para ver si con un poco de suerte se disparaba el airbag del flamante Cadillac. Por desgracia no salto, pero al menos conseguí que frenase de golpe. Con las manos aún sobre el capo y los ojos inyectados en sangre, me quedé delante del coche, como un rinoceronte antes de cargar. El chino con cara de susto levanto las manos del volante y hundió la cabeza a modo de ruego. Se quedó así el tiempo que yo tarde en serenarme, que no fue poco. Con lentitud me incorpore, mientras le miraba a través del parabrisas, y de la misma manera que Amon Göth habla frente al espejo en La lista de Schindler, alce una mano y susurre: "I pardon you". Desgraciadamente, yo no tenia el fusil a mano.
Desde que vi en mi demencia la vía de escape a mi cárcel de todos los días, las cosas han mejorado notablemente. Todo esto, no ha sido más, que otro paso de la evolución de mi estancia en China. Ya no les odio. Me apiado de ellos con una misericordia que nunca es recíproca. No importa. Eso solo recalca mi compasión. Desde que asumí este enfoque sigo teniendo altibajos, pero todo es más llevadero. No puedo decir que no tenga ganas de estrangularlos a todos de vez en cuando, pero sin duda el índice de chinocidio ha ido a menos.
El otro día sin ir más lejos, al salir del trabajo, me atropelló un chino en el parking de al lado del metro. Estuve atento y gracias a eso salve mis rodillas del parachoques con un ligero salto hacia atrás, no sin antes golpear con ambos puños el capo del coche. Lo golpee con toda mi alma, no tanto para coger el impulso del salto, sino para ver si con un poco de suerte se disparaba el airbag del flamante Cadillac. Por desgracia no salto, pero al menos conseguí que frenase de golpe. Con las manos aún sobre el capo y los ojos inyectados en sangre, me quedé delante del coche, como un rinoceronte antes de cargar. El chino con cara de susto levanto las manos del volante y hundió la cabeza a modo de ruego. Se quedó así el tiempo que yo tarde en serenarme, que no fue poco. Con lentitud me incorpore, mientras le miraba a través del parabrisas, y de la misma manera que Amon Göth habla frente al espejo en La lista de Schindler, alce una mano y susurre: "I pardon you". Desgraciadamente, yo no tenia el fusil a mano.
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