jueves, 10 de noviembre de 2011

Viaje a Wuhan...

Y después de un sábado para el recuerdo, llego un domingo de reflexión y pereza. De esos en los que asignas la importancia que crees que cada cosa se merece. Me encantan. No hice mas que agonizar en el sofá, aullándole a la noche, por un mañana mejor. Era mentira. Necesitaba esos días como un veterano necesita sus pesadillas. Me imbuí de música y todo cedió al ritmo de mi escritura.

Así llego el lunes. Esa noche partía para Wuhan a presentar un proyecto. Una ciudad desconocida fuera de los limites de China, como tantas otras cosas. El día transcurrió como tantos otros, sin pena ni gloria. A eso de las 5 de la tarde mi compañero de proyecto y yo cogimos un taxi hacia el aeropuerto. Mi compañero era un tío extraño. Según Jacob era majo. A mi me parecía un gilipollas importante. La semana pasada, hablando con uno de mis jefes, me vino a decir que  teniendo en cuenta el emplazamiento donde estaban las torres que me habían pedido hacer, seria mejor no hacerlas. El diseño del parque que rodeaba las torres era suyo, y no valió un cero a la izquierdo. Pese a todo, intentando fomentar un ambiente de trabajo agradable le dije que intentaría reforzar el parque con mis edificios. Error. Nunca hay que ceder ante estos cabrones enjutos. Hay que comérselos en el desayuno, y cagarlos antes de irse a la cama.

De camino al aeropuerto se soltó con el ingles, y empezó a hablar. Me seguía pareciendo un capullo, pero al menos se le veía hacer un esfuerzo. Estuvimos hablando de arquitectura. Solo sabia hablar de eso. Leía sobre arquitectura, soñaba con ella, y probablemente pensase en ella mientras jodía con su mujer. Lo cierto es que no era ninguna joya de arquitecto. Después de darle la razón en que la arquitectura en china no era buena, el siguió preguntando y preguntando. Me sorprendió mi paciencia. Sin duda me estaba ablandando. En un pasado le habría parado los pies con una respuesta tajante, a modo de: "Lo siento, pero la gente monotema me parece muy limitada". No lo hice. Le seguí su juego. No había hablado tanto sobre arquitectura en mi vida. Me aburría sobremanera. Ni siquiera  creo que sea bueno hablar tanto sobre eso. Si eres pintor no te puedes pasar la vida hablando de los colores, las ticónicas y las gamas cromáticas que usas. No puedes ser bueno en algo si no sales de eso. Si no tienes vida, tu obra sera un cerote que no se lo tragara ni el retrete.

En un momento de la conversión, se creo un silencio. Esos silencios que atormentan a la mayoría de la gente, y en los que yo suelo disfrutar viendo como la gente se esfuerza por ponerle fin. Nuestro chino protagonista de hoy, no era exactamente de estos. Era de una casta aún peor. Era de los que intentan disimular que el silencio no les incomoda. No colaba. Sudaba y sus manos se movían nerviosas. Irreconociblemente, le saqué de su miseria, dándole un hueso que morder. Me estuvo hablando los arquitectos que se han vendido a grandes proyectos en vez de recrearse en detalles. Hablaba con la ilusión que solo puede tener alguien que se ha leído docenas de libros al respecto para darse cuenta de que no le han servido de nada. Este era su momento de gloria. Yo seguía fascinado por esta nueva faceta de bondad desconocida para mi.

Afotunadamente en el vuelo nos separaba un pasillo. Mientras yo leía a Proust, no pude dejar de ver como durante las 2 horas de vuelo, el solo veía artículos de arquitectura en su tableta electrónica. Como se podía ser tan cansino y tan malo? A veces el mundo manifiesta toda su crueldad en pequeños individuos. Son recordatorios vivientes de la suerte que tenemos el resto. Y encima chino, feo, y enjuto. Debía ser realmente frustrante ser el. Aun todavía le compadezco un poco.

Llegamos a Wuhan. Nada mas bajarse del avión me pregunto muy serio:
-¿Como llevas lo de compartir habitación? ¿Algún problema?
-Ehm... Supongo que no...
-Son dos camas.
Mi ceja izquierda se disparo, alargando el silencio. No tenia muy claro si era una broma. Sonaba como tal, pero aquí en China, no están provistos de un sentido del humor adulto, ni remotamente inteligente. Aquí se ríen por los pedos o por los payasos. Ironías y perspicacias están fuera de la orden del día.
-Con eso contaba- concluí. El sonrió. Tuve miedo.
Continuamos andando en busca de un taxi. Pese a que era su ciudad natal, nos perdimos 2 veces de camino a la parada. El guiaba. Iba partiendo la pana. Andaba por el aeropuerto como si le perteneciera. Si. Sus andares me entusiasmaban. Todo lo bajito que era, iba tirando patadas a cada paso. Muy espatarrado. Sus piernas se disparaban a diestro y siniestro, siguiendo el compás que marcaban sus golpes de cabeza. Le faltaba un sombrero y unas cartucheras, para ser el chico mas malo de toda la comarca.

Nos montamos en un taxi, y como no podía ser de otra forma, el se puso de copiloto. Tenia que mostrar sus galones. LLevaba en el estudio 6 meses más que yo, lo que a sus ojos le hacía claramente merecedor de todo tipo de privilegios. Yo iba atrás, embutido en mi gabardina y tiritando. No paraba de decir que subieran la ventanilla, y ellos no paraban de bajarla. Era una noche lluviosa, y el taxista volaba sobre la autopista de Wuhan.
-¿Cuantos millones de habitantes tiene Wuhan? - Pregunte mientras me recorrían escalofríos por el cuerpo.
-Hmmm.- Se hizo el silencio, y acto seguido le pregunto al taxista. Después de una contestaciónde mas de 2 minutos y de un rato en silencio contando con los dedos. Se giro y me dijo-100.000.- Me recordó a la escena de "Lost in translation", en la que tras un soliloquio de más de medio minuto en japones, el traductor lo traduce en tres palabras.
-100.000? No puede ser.- Llevabamos 40 minutos en una autopista con edificios a ambos lados.
-Hmmm. Cuanto son seis ceros?
-Eh...-No termianaba de entender la pregunta- ¿Un millón?
-Si, eso, un millón. Un uno y seis ceros.-Volvió a sacar los dedos y a contar.
-Sigue sin poder ser. No sera mas bien 10 millones?- Ante su silencio, añadí rápidamente- Un uno, y 7 ceros...
-Ehhh...-Volvió a contarse los dedos. No me lo podía creer. Llevaba meneando esos dedillos en el aire 3 minutos.- Si, si, 10 millones.
-Vale. Gracias- Había cosas que me superaban. Luego comprendí los limites de su mundo. Obviamente en sus libros de arquitectura, no decía cuanto son 1 uno y 6 ceros, y obviamente en sus libros de arquitectura no decía los habitantes de la ciudad en la que había nacido y estudiado. Me pregunte cuantas otras cosas no sabría.

Con estos pensamientos, por fin llegamos al hotel. La habitación era mucho mejor de lo que me esperaba. En un derroche de generosidad, mi chino, me dejo elegir cama. Al decir que me daba igual el rápidamente escogió la de la ventana. Quien era yo para privar a un chino de una ventana? Después de preguntarle 5 veces que a que hora habíamos quedado con los jefes para desayunar y obtener 4 respuestas diferentes, decidí encomendarme a la suerte, y esperar a que fuera la opción que había contestado 2 veces. Programe la alarma para las 7 (habíamos quedado a las 7:30, o eso creía), me lave los dientes y me metí en la cama, con calzoncillos, por respeto al chino. El tardo mas en acostarse.

Cuando a la mañana siguiente el jodido chino se levanto a las 6, tuve la impresión de que algo fallaba en el timing. Me daba igual, estaba demasiado dormido para que nada me importase. Seguí durmiendo. Cuando salio de la ducha, allá sobre las 6:20, se vistió y se volvió a meter en la cama. Vaqueros, sudadera, calcetines... Todo menos zapatos. Eso, antes me habría impresionado, pero ya estaba curado de espanto. A las 7 me levante, me duche y me disfrace. Camisa, chaqueta, gabardina y zapatitos de vestir. Al fina y al cabo me habían traído para aparentar ser una firma de altura, así que mi única función era la de lucir bien.

Después de un copioso desayuno nos dirigimos hacia la oficina del cliente. El grupo había crecido, mi jefe, una compañera italiana, y otro chino, habían llegado de madrugada al hotel. Seguía lloviendo y en vez de esperar bajo la marquesina del hotel que llegase un taxi, fuimos a buscarlo a la calle. Decidí no preguntar. Hace tiempo que entendí que la lógica china se escapa a mi comprension. Ahí estábamos, los cinco, con nuestras maletas, calándonos hasta los tuétanos. Por fin a mi jefe se le ocurrió, que a lo mejor era mas sencillo pedir un taxi en el hotel (que maravillosa idea, sin duda hay que ser jefe para tener esas ocurrencias), pero antes de que le diese tiempo a hacerlo, paso uno.Mi jefe, la italiana y yo, entramos. Los dos chinitos decidieron ir andando.

La reunión como cabía esperar fue absurda. 3 horas discutiendo en Chino sobre los mismos detalles constructivos, de unas tipologías de edificios idénticos. Para amenizar la charla, nos pusieron agua caliente con lo que al principio pensé que eran alcaparras flotando. Ojala hubiesen sido alcaparras. Eran algas echas pelotillas. El sabor que daban al agua era de ciénaga. El agua de cualquier charco sabe mejor que eso.

Después de acabar la reunión, que no había servido para nada, (por que el mega jefe que toma las decisiones no estaba presente) la italiana y el otro chino se fueron a otra planta a presentar ellos su proyecto. Mi jefe, mi chino y yo, nos fuimos a presentar al gobierno, el plan general de lo que acabábamos de exponer al cliente.

Al bajarnos del taxi que nos llevo al imponente edificio del gobierno, no pude por menos que pensar en las grandes construcciones soviéticas. Para subir a una de las múltiples salas de conferencias tuvimos que subir unas escaleras, luego un ascensor, bajar unos escalones y luego subir otras escaleras. Si. Sin duda tenia la misma lógica que los edificios soviéticos. En la gran sala de reunion estaban reunidos 5 jueces, y otras 25 personas, de las que desconozco su función. Tarde un rato en percatarme que de las mas de 30 personas que había ahí, yo era el único occidental. Ya me sentía como pez en el agua.

Tuvimos que esperar a la presentación de otro chino para que nos tocase a nosotros. La exposición de mi jefe ante las 5 eminencias llamadas por el gobierno para darse su opinión, fue mas amena de lo esperada. Sobretodo por que había muchas caras que poder analizar en la sala. Uno de los jueces empezó a roncar a pierna suelta. Era igualito que Maradona, pero en chino. Igual de gordo, y repugnante. Había otro miembro del jurado que me recordaba a un malo de alguna película de James Bond. Es curioso como una vez que te acostumbras a los rasgos chinos, puedes ver semejanzas entre estos y gente de otras razas.

Acabada la presentación, empezó la ronda de criticas del jurado. El villano de James Bond, y otro que se parecía a Jerry Louis, estuvieron haciendo bastantes preguntas. Luego le llego el turno a "el pelusa", que acaba de despertarse. Menudo personaje. Empezó a hablar buscando las risas y la admiración de los presentes. Según me contó luego mi jefe, dijo que el proyecto era un proyecto perfecto para Europa o América, pero que le faltaba un carácter chino. Y de ahí, todo se volvió política. Se había dormido toda la presentación y acaba hablando de las tradiciones chinas. Puto pelusa.

Cuando salimos de la reunión, Recogimos a los dos que habíamos perdido por el camino y fuimos a cenar. Cuando ya has ido a cenar alguna vez con chinos, sabes que si piden ellos, probablemente pases hambre. No tanto por la cantidad, como por el picante y la repulsión. Mi jefe pregunto a la italiana si tenia algún problema con la comida. Ella mintió de forma descarada diciendo que no. Yo puse mi cara de escepticismo, mas forzada aun que de costumbre, asegurándome de que la veía. Mi jefe se apresuro a decirme que no me preocupase, que no pediría cosas extrañas. Cumplió su promesa. Todo lo que probé estaba bueno, hasta que perdí el sentido del gusto. Ya no sabia si la lengua me ardía por el picante o por el calor, pero la cerveza no consiguió calmarlo. Acabada la cena salimos del restaurante y cogimos 2 taxis al aeropuerto.
La italiana hizo un intento de venir conmigo en el taxi, pero mi chino por alguna extraña razón la mando al otro coche. Así, una vez mas el se puso en el asiento del copiloto  dejándome a mi solo atrás. Iniciamos la marcha.

Ataviado esta vez solo con la chaqueta, le pedí a ambos que cerraran las ventanillas. A los cinco minutos, mi chino volvió a dar por saco:
-Tengo que bajar la ventanilla. No me encuentro muy bien. Te importa?
-Pues... La verdad es que si, Me estoy quedando helado aquí atrás.
-Solo un poco- y abrió medio palmo.
-Oye, si quieres que te de el aire, dile al taxista que pare, te pones tu atrás y abres tu ventanilla todo lo que quieras.
-Vale vale.
El taxista paro, el se bajo, yo me baje. Me puse de copiloto, y el se pudo justo detrás. La idea no me seducía, pero no dije nada. Estaba contento de estar en un sitio con cinturón de seguridad como para poner mas quejas. De todos modos algo no olía bien. Me sorprendió con que facilidad había renunciado a su sitio de poder. Todo un estandarte para el. Reanudamos la marcha.

Todo transcurría con normalidad. El taxista iba esquivando coches, y dándole las largas a modo metralleta a todos los coches que adelantaba, estuviesen en su carril o no. Atrás, mi chino debía de ir volado.El taxista había abierto su ventanilla, y el llevaba la suya a medio abrir también. De pronto se oyó una explosión. Mi chino dejo escapar un grito de terror. Al camión que estaba delante de nosotros le había estallado el tubo de escape, y por muy poco no nos habíamos tragado los restos. Nada grave. Seguíamos vivos.

Inmerso en los pensamientos sobre todo lo que me había deparado el viaje, no preste atención a lo que mi chino le decía al taxista. Solo oí una arcada. Me gire a tiempo solo para ver como una manguera de vomito regaba ventanilla puerta y cinturón. Ahí estaba todo. El pato, el pescado, la ternera, los espárragos, las setas, el pollo, los dumplings, y la cerveza. El taxi se apresuro a la cuneta. El puto chino se bajo y empezó a vomitar por encima del guardarail, lo poco que le debía de quedar dentro. Yo tarde en reaccionar, me movía lentamente, con miedo a no pringarme con toda la plasta que recubría parte me mi puerta. Me quite el cinturón para poder apartarme de la zona siniestrada. Por fin ya no pude mas, y explote.
-JODER! Maldito malnacido incontinente de mierda! Por poco me vomitas en la nuca!
El seguía regurgitando y escupiendo. El taxista, muy calmado lo miraba a traves de la ventanilla, por donde resbalaba trozos semimasticados de comida. Yo seguía, intercalando los gritos, con murmuros y pensamientos:
-Jodido  inútil, tenias un palmo de ventanilla abierta y le das al puto cristal!. JODER! Ya era difícil fallar! Tus padres debían de ser mellizos. Puto enjuto de mierda. SHIT! Que peste...- No me atrevía ni a salir del coche. Un poco de mi asiento estaba manchado, y tenia un trozo de regurgitado en mi chaqueta. Me puse negro. El borde de la puerta tenia tropezones y por el cinturón de seguridad escurría baba. Saque una klinnex y quite el tropezón de mi chaqueta. El olor era insoportable. Me dio una arcada. Me aseguré de que el botón de la ventanilla no estuviese pringado y lo pulse. Quite otro tropezón del asiento, pero me dio otra arcada. A la mierda. Tire el klinnex por la ventanilla y agarrándome los bajos de la chaqueta para que no entrasen en contacto con la plasta, me moví a la izquierda. Vomitito,l mientras tanto, se limito a ponerse la capucha, pasar un klinnex por la parte mas afectada de la ventanilla, y subir al taxi por la puerta no afectada. Miré para atrás, con odio y rabia contenida. Que ganas de matarle. Levantó una mano a modo de disculpa, y bajo la gran peluca que tenia por cabeza, para seguir garraspeando bilis.

El resto del trayecto, me lo pase con medio culo sobre la caja de cambios, por miedo a que una curva me pudiese apoyar contra la pota. El olor era insoportable y abrí la ventanilla por completo. Esperaba que se helase su culo chino ahí detrás. Afortunadamente  estábamos cerca ya del aeropuerto. Nada mas llegar abrí la puerta con mucho asco, y salí de aquella pocilga, diciendo: -Tu pagas.

Después de eso, supe que mi compañero de proyecto y yo nunca seriamos íntimos.

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