lunes, 7 de noviembre de 2011

Un rincón que me comprende...

 Era sábado, y estaba camino del trabajo. El día era gris. Llovía. Pekín estaba mojado, y yo estaba un poco mas triste. Todo se me hacía extraño. En mitad de esa escena gris, me cruce con dos mujeres cargando cartelones de donde se leía "wet floor". Todo era extraño. Surrealista. No entendía porque hacia las cosas, y aun así me veía hacerlas. Todo era automático, andaba sin saberlo. Sin ser consciente de que mi cuerpo estaba ya encadenado a una rutina que mi cerebro no lograba entender. Un mes en esa ciudad, y no tenia amigos propios. Todo lo que tenia era un par de conquistas, con las q rara vez quedaba. ¿Que hacia andando? No lo sabía. Aún hoy sigo sin saberlo.

El cielo se descargaba lentamente, con un cala bobos. Un cala chinos. A Ian le gusta la lluvia. A Ian, no le gusta la lluvia sucia. ni los charcos, ni la roña que se queda en los bajos de los pantalones. A Ian no le gusta depender de nadie. A Ian no le gusta no sentirse querido. A Ian le gusta la soledad, cuando es una elección. La diferencia entre un desgraciado y un solitario es solo una cuestión de imposición. Pekín estaba un poco más limpio gracias a esa lluvia, y Ian estaba un poco más triste.

Esos pasos autómatas me guiaron inequívocamente a mi tren. Había humedad, incluso allí abajo. Humedad y chinos. Los vendedores de maíz Debian de descansar los sábados, y el hedor de podredumbre, por una vez no reinaba en los pasillos del metro. Me tren llego. Me metí. No había asientos libres. Leía de pie. En la siguiente parada se subieron dos currelas. Se me pusieron al lado. Hablaban entre gritos y se reían de forma ostentosa. Les hizo gracia mi abrigo. Que ilusión. Lo que me faltaba.

 Empezaron a imitarme. Apestaban. Les mire con desprecio. Con una mirada dura. Con arrogancia. Pero sobre todo les miré con rencor, y con rabia contenida. El más joven se amedrento. pero el que tenía lado, seguía pavoneándose. Me llegaban a la altura del sobaco, pero olía mucho peor. En su mofa, el cabecilla, se giro hacia mi e hizo como que vomitaba. Deje de leer. Le mire, de arriba abajo y acto seguido use el libro de abanico para disipar la peste, luciendo una gran cara de asco. Se sosegó. El tren había reanudado su marcha, y el aire del vagón se removía con el meneo. Eso no era bueno. Toda la peste se me vino encima.  Me gire y retome mi lectura. El relato corto que leía, había perdido gran parte de su interés. Pero no para el mamón del chino. Se asomaba casi de puntillas, para ver lo que leía. Me gire lentamente y le cedí el libro, con un gesto. -Desgraciado, si no sabes leer.- El se rió. De un viejo saco, que llevaba, sacó los restos de lo que en su día debía de ser un periódico. Esos que sirven para envolver el pescado. Puso cara de interesante mientras hacia que leía. Que chino más salado. Era hora de poner las cosas en su sitio. Me recline sobre el, e hice un gesto con la nariz como si le oliera. Obviamente solo era un gesto. Todo el vagón le estaba oliendo sin necesidad de hacer grandes esfuerzos.- Pufff- dije alto y claro.  Empecé a abanicarme -Cabrón, apestas...-  No me entendían, pero el mensaje era obvio. El chaval se empezó a reír, al igual que muchos de los chinos que llenaban el vagón. El apestoso sonreía. No le había hecho ni puta gracia. Se miro, y me miro. Se olió, y aproveche para hacer otra vez -Puuuf, no te tortures... Huele suficientemente mal sin que te acerques.- Señale a su cazadora y me abaniqué de nuevo la nariz. Sonrió y se quedo callado. Herido. Ya no le hacia tanta gracia mi libro, ni mi abrigo. ¿Fui cruel? Vente a China, y aguántales tu.

Llegue a la oficina. El ascensor no tardo en llegar. Vacío, sin empujones. Tuve una sensación casi orgásmica. Introduje el código en la puerta, y entre en el estudio. Silencio. Oscuridad y luz. Calma. Paz. Primera sensación de estar solo desde que estoy en esta ciudad de locos. Empecé a reír. A hablar alto. Muy alto. Borracho de ilusión me reencontré con el yo que más quiero. Ese que soy cuando entro en desconexión. Eran las 10 de la mañana de un sábado y era el único pringado que estaba en la oficina. Era feliz. Entendí que no les necesitaba, a ellos, a ellas, a nadie, siempre y cuando no me privasen de esto. De estar en contacto con el más profundo y absoluto YO.

El día discurrió deprisa. Tenía que acabar de concretar un proyecto de dos torres que tenia que presentar el martes a un cliente. El lunes volaría a Wuhan,. Me daba igual. No me cundía nada. No se que hice durante las nueve horas que estuve en la oficina. Supongo que simple y llanamente que disfrutar. El tiempo voló. Todo parecía encajar. Esa soledad impuesta por mis circunstancias pareció disolverse en un momento. Mi última conquista, una universitaria italiana, me había escrito para quedar esa noche, después de varios días de roces. Todo lo que ves negro, se vuelve claridad con la misma rapidez que se puede volver a empañar. Productividad al final del día, prácticamente nula. Era fascinante.

Se me hizo tarde y salí de la oficina ya de noche. Jacob estaba en una barra libre con el resto de spat. Mi día estaba rozando la mas pura ambigüedad como para conformarme con otra tarde tradicional de espat. Me dirigí a casa. En el metro, mientras leía sentado, el chino de al lado daba cabezadas. una tras otras su cuello embutido sufría, hasta que el pobre, todo lo gordo y rechoncho que era se quedo dormido apoyado en mi. Me dieron ganas de abrazarlo. La señora de enfrente se moría de risa. Tanto, que despertó al gordito dormilón, el cual con un perfecto inglés se disculpó. Me pregunto que de donde era. Acabamos intercambiando tarjetas de contacto, tras elogiar la comida española Trabajaba para la media. Todavía conservo su tarjeta como marca hojas en los libros. Nunca se sabe si alguna vez se puede usar un contacto en un periódico o televisión.

El día se había salvado. Había sido un día de esos que merecía la pena vivir. Fuera de la rutina. Fantástico. Para enmarcar. La noche, también fue para el recuerdo. Después de dos malos polvos con la italiana, al día siguiente me dijo que no podía seguir viéndome, porque seguía teniendo sentimientos por su ex. ¿Sentimientos? No sabia que para quedarse quieta con cara de pasmo, hubiese que tener sentimientos hacia el que hace todo el trabajo.  La verdad es que el mensaje no me sorprendió. A mi también me estaba cansando la situación. No me jodía perderla a ella en concreto. Me jodía perder el único contacto real que tenía fuera del grupo de espat. El único que no dependía de Jacob. El único propio. Real. Había perdido mi trocito de Pekín...

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