martes, 11 de octubre de 2011

LLegada a Pekin...

 Era un vuelo con escala, por lo que el estado de shock, no llego hasta el avión de Frankfurt. Salí con retraso de Madrid, y no tenia mucho tiempo para el enlace, por lo que cuando llegue a la puerta de embarque, ya estaban todos dentro. Todos esperándome. No digo que fuera el único occidental del avión (probablemente los habría), solo digo que yo no los vi.

Quizás fuera mi imanación pero entre las miradas que iba cruzando a medida que avanzaba por el pasillo, había una muy repetida. "Míralo que mono, no sabe donde se mete". Hubo una señora que incluso me agarro del jersey y asintió un par de veces sonriendo. Aun todavía me pregunto que cojones significa eso. 

Otras miradas eran de recelo y desconfianza. Las había de rubor y excitación. Solo a unos pocos les dejaba indiferente mi presencia. A mi todos me parecían iguales. Hay que decir que la etnia mayoritaria de chinos que poblan Pekin, no es la que tenemos en España. Son una versión un tanto mejorada del chino enjuto y esmirriado. Afortunadamente, esto se acentúa aun mas en sector femenino, pudiendo encontrar chinas de 1.80 y todo piernas. Para mi desgracia, ninguna de esas estaba en el avión. Pasillo a un lado y al otro una chinita digna de restaurante 24 horas.

 Pese al vino de la cena y a la ginebra que mi dentista me había recetado junto con orfeidal, el sueno en el avión fue bastante escaso. Disfrazado con unos cascos enormes, el antifaz, la capucha del jersey y la manta hasta las cejas, intente pasar lo mas desapercibido posible. Con casi toda seguridad, puedo decir que conseguí el efecto contrario. Pese al antifaz casi podía notar la mirada inquisidora de la china. Dormí lo que pude, a sabiendas de que mi enlace en Pekin ya me había liado para salir esa misma noche. Lo primero que vi al quitarme todos los bártulos fue una sonrisa socarrona de la china, que me anunciaba, que a partir de ahora, el chino era yo.

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