Estábamos en Cartagena, esperando en la calle a encuadernar la ultima revisión de diarios del exilio, cuando me propuso el proyecto. Según me hablaba de su idea, sus ojos brillaban con esa ilusión contagiosa que embriaga y empapa. Los dos crecíamos en entusiasmo, yo escuchándole y el viviéndolo. Era una idea sencilla. Consistía en un diario de sensaciones y experiencias que contrastase el choque cultural que sin duda viviría en china. Lo argumentaba como algo muy positivo para mi. Algo que no solo me haría seguir ganando soltura en el mundo de las letras, sino como algo "muy publicable".
Yo, aunque embriagado por ese carácter arrollador, veía que había algo más detrás de las palabras que decía. Veía las que se callaba. Obviamente no por vergüenza, sino midiendo y analizando la mejor forma de vendérmelo sin que yo me asustase. Cuando por fin las palabras Bukowski salieron de su boca, no pude por menos que sonreír. En parte por la satisfacción de estar en lo cierto, y en parte por la idea del proyecto en si.
Para los que desconocen quien es Bukowski, diré que a breves cuentas me pedía ser un corresponsal en la lejana china. Pero no un corresponsal de noticias de carácter formal informativo. Justo lo contrario. Me pedía noticias desde el punto de vista mas humano, perspicaz y crudo. Me pedía una crónica de vivencias, que para mucha gente pasaba de lo vulgar y mórbido. Detalles y carne. Mucha carne.
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